Aprovecho que esta próxima semana estarán tocando en Madrid para recordar su último y excelente álbum:
Definitivamente,
en otra galaxia
No me extraña que una
de las bandas más asombrosas y excitantes del panorama musical del siglo XXI
haya ido ampliando su zona de residencia artística hasta terminar extendiéndose
por la galaxia. Con el precedente de su segundo álbum, que ya apuntaba hacia el
cielo, los dos siguientes se han instalado definitivamente en espacios de
extensión infinita en sus títulos, lugares en los que no existe límite para su
talento. Sometimes the world ain’t enough.
Entiendo que necesiten lugares más amplios porque es cierto que el mundo se ha
empequeñecido, ha encogido o, mejor dicho, los que habitamos este mundo estamos
reduciéndonos, minimizando nuestra vida a lo imprescindible para existir pero
sin lo necesario para vivir.
Así pues The
Night Fligt Orchestra se va al espacio, a la galaxia, donde puede que nadie
pueda escuchar sus gritos pero, si ponemos atención, su eco retumba en toda la
vía láctea, y al regresar a la Tierra observamos atónitos cómo una banda
musical ha reventado las costuras de las fronteras que delimitan los géneros
para ofrecer una obra que podemos calificar, más apropiadamente que nunca, como
universal. Seguir leyendo
Una de las
consecuencias de todos los “avances” ˗no sé realmente en qué avanzamos˗ que
estamos viviendo/sufriendo es que hemos perdido la perspectiva. El poder de las
masas es cada vez mayor; sacar los pies del tiesto lo convierte a uno en un
estirado, un raro en el peor sentido de la palabra. Y con ello las
mediocridades han alcanzado la categoría de grandeza por el simple hecho de que
son admiradas por las mayorías tiránicas que no dejan espacio para que otras
realidades tengan lugar. Como consecuencia, hechos de gran dimensión pasan a
ser anecdóticos, migajas para esas minorías inadaptadas o directamente
vanidosas que por una ridícula cuestión de impostura (postureo hay que decir ahora, porque lo dicen todos), prefieren lo
que no quiere nadie. No hablo ya de trascendencia, sino de sensibilidad y no de
sensiblería.
Rik
Emmett. ¿Quién es ese tío y a quién le importa lo que
haga? ¿Lo conoce La Gente? ¿Entonces cómo va a ser relevante lo que haga?
Lamentablemente puede que sea cierto y a nadie le importe; en realidad a nadie
le importa. Aunque haya compuesto un disco digno de figurar entre lo más admirable
del último año, un disco lleno de humanidad, sentimiento, autenticidad, tacto y
espiritualidad. Poseedor de una voz peculiar, indudablemente reconocible, y una
capacidad para interpretar cada nota de un modo conmovedor. Quedan pocos así,
me temo. Pocos que no necesitan gritar para que sus admiradores se estremezcan
por sus aptitudes vocales, y así ellos puedan demostrarte lo bien que cantan.
Aunque sé que mi
digresión puede alcanzar la categoría de panfleto quejoso, me resulta
inevitable, pues cada vez más siento que el arte es, más que injusto, cruel,
ingrato, y que los artistas que de verdad merecerían ese tratamiento no lo
tienen y se lo llevan aquellos que aún no saben ni la mitad de lo que saben
éstos, y que confunden las sensaciones con el sensacionalismo.
Aun así, unos pocos
raros tenemos la fortuna de poder disfrutar, de sentir como verdaderas las
emociones que nos regala Emmett y sus RESolution9
en este disco maravilloso, que comienza como un álbum de rock & roll que
recuerda a sus Triumph, continúa
como uno de hard rock que sigue la línea de algunos de sus trabajos en solitario,
para pasar a ser un disco de blues melódico, rebosante de momentos mágicos y
conmovedores que lleva a un estado de plenitud momentánea a quien lo escuche
(es difícil que la plenitud dure mucho). Durante esos momentos deja de importar
casi todo lo que nos rodea, y eso en estos tiempos no tiene precio. La parte
final del trabajo recupera el tono más rock-pop con la impagable “Heads up” y
“Rest of my life” para cerrar definitivamente con “End of the line”, a dúo con Alex Lifeson y James LaBrie. Con ellos completa una construcción con sentido total,
pues Lifeson colabora en la anterior “Human Race” y LaBrie en la bellísima “I
sing”, una de las mejores canciones del disco. “I sing” muestra la solución
catártica que supone la música, con unos coros femeninos casi góspel y unas
melodías sobrecogedoras. A ésta le sigue “My cathedral”, de evidentes
resonancias religiosas, y a continuación “The ghost of shadow town” mantiene
maravillosamente el tono vestido de blues. No es extraño, ya que los músicos
que acompañan a Emmett están curtidos en el blues y el jazz. Dave Dunlop, inseparable en los últimos
años de Emmett, hace una labor espectacular a las guitarras, Steve Skingley está fantástico al bajo
y lo mismo se puede decir de la batería de Paul
Delong. Como el mismo Rik dice, “no se puede llevar a cabo este tipo de
proyectos al cien por cien por una única persona”.
Y hablando de
compañías, la esperada canción con sus compañeros de Triumph, Gil Moore y Mike Levine no es lo que muchos esperan: es mejor. “Grand parade”,
que aparece como bonus track, algo muy significativo, es una canción
semiacústica magistral, que le remueve a uno por dentro, emotiva y dolorosa.
RES
9
es una especie de recorrido por la historia musical de Rik Emmett en el que
están muchos de los períodos musicales por los que ha pasado. Desprende un
envidiable optimismo pero, lejos de contagiarme, no puedo evitar sentir una
extraña melancolía.
Los norteamericanos Coheed & Cambria
publican su octavo disco. Éste es el primero que no continúa la temática de las
Amory wars. Muy al contrario, The color before the sun es un disco más
personal y, por otro lado, luminoso; más accesible y, por momentos, menos
complejo; más melódico y menos agresivo. Las primeras escuchas del álbum
resultan algo desconcertantes, quizás por lo heterogéneo de sus composiciones,
por la sencillez de algunas estructuras y las melodías tan pegadizas, que
invitan a las continuas escuchas pero que dejan una sensación de desconcertante
insatisfacción.
Sin embargo debe de ser que el sol, la luz,
no nos permiten ver más, y sólo cuando nos acostumbramos a ella empezamos a
descubrir los colores, la riqueza. Es entonces cuando nos contagia el
entusiasmo, la emoción, la vitalidad de un disco que empieza a apoderarse del
tiempo y el espacio que nos rodea, y que ocupa cada momento de nuestro
pensamiento repitiéndonos sus melodías, sus voces, sus acordes.
Algunos han criticado este viraje hacia
estructuras y planteamientos más accesibles. Lo siento por los que no disfruten
de esta obra por ese motivo, pues esa sencillez sólo aparente es, más que un
inconveniente, una invitación.
Europe han encontrado a Europe después de una búsqueda que nos ha
dejado, tras el proceso de descubrimiento, una colección de discos
extraordinarios. Hemos asistido a un interesantísimo proceso de búsqueda de la
identidad de una banda con éxito, de universal popularidad (aunque limitada en
el conocimiento verdadero de la misma), y que ha tenido la posibilidad, la
incomparable oportunidad de forzar sus límites y encontrarse en su auténtica
personalidad, sus naturales inquietudes artísticas, y descubrir así que aquello
que siempre fueron no es lo que son, que lo que creíamos que eran ahora era sólo
el camino a recorrer, y que lo que son en realidad es más brillante, asombroso,
valiente y hermoso de lo que nunca llegamos
a imaginar, algo que ellos mismos posiblemente sólo sospechaban o intuían.
Como decía, el camino no ha sido estéril,
pues hemos podido ser testigos de ese proceso de creación que nos ha llevado
por momentos maravillosos y emocionantes marcados en cuatro excelentes trabajos
que, estoy convencido, van a quedar en el tiempo y cuyos futuros descubridores
disfrutarán dentro de algunos años. De las vertientes más actuales al clasicismo
más descarado, al final con War of Kings
han alcanzado el equilibrio más sabio, elegante y personal que puede ofrecer
actualmente la banda sueca, con todos sus miembros en un momento de, y esto es
lo que más atractivo me parece, absoluta, total e indiscutible inspiración. Joey Tempest ha logrado ese punto
necesario que buscaba para cantar canciones a las que parecía no terminar de
adaptarse por su natural registro y estilo. Ahora, con la voz un poco quebrada
y más sabiduría, canta como nunca sin perder nada de su reconocibles rasgos. John Norum se luce particularmente en
este álbum: sus solos son todos antológicos, con unas entradas extraordinarias,
repletos de melodías y cambios que beben tanto de sus intocables ídolos
clásicos como de su ADN formado en los 80. El teclado de Mic Michaeli está por fin donde le corresponde, pues en los
anteriores discos había quedado excesivamente en segundo plano, demasiado atrás
en la mezcla; ahora enriquece y perfila cada canción aportando ese indiscutible
aire 70’s. El discreto John Levén se
despeina en más de una ocasión dibujando líneas originales y diferentes, muchas
veces durante los solos. Y la batería de Ian
Haugland suena más cruda y directa que antes.
Con todo esto y una producción
muy cálida se han creado unas canciones sobresalientes. Cada una de ellas da un
paso más en la historia de la banda con respecto a lo escuchado hasta ahora, y
alcanzan la excelencia en muchas de ellas. Ya la canción de presentación y que
abre el disco dando título al álbum es lo suficientemente reveladora: riqueza
cromática, cambios en la ejecución, arpegios luminosos, un estribillo que
funciona como un trampolín emocional… “California 405” parece una versión
depurada de “Start from the dark” y se han atrevido a componer su propio
“Doctor Doctor” con “Days of rock ‘n’ Roll”, que es casi una canción metamusical. Así como “Praise you”
evidencia (y no es la única) una clara influencia de bandas como Deep Purple. “Hole in my pocket”
muestra restos de su magistral Secret
society, aquí con un sonido menos contemporáneo, más clásico; igual que la
melancólica balada “Angels (with broken hearts)”. Y tocan la gloria con “The
second day”, una composición excelente de un gusto bestial y una gran intensidad,
con todos los instrumentos brillando y con un John Norum inspiradísimo, igual
que Michaeli, que aquí hace que la canción se eleve mucho más.
Para descubrimiento y gozo de los
aficionados dejo el resto, como la maravillosa instrumental “Vasastan”, la canción
detrás de la que sospecho llevaban mucho tiempo, compuesta por Michaeli y
Norum.
Posiblemente War of kings sea el mejor
disco que han grabado Europe hasta la fecha, y muestra lo que es ser un
clásico: no se trata de sonar antiguo, sino que supone, por encima de todo, ser
intemporal.
Existen acontecimientos en el
mundo que han hecho que éste sea como es para muchas personas. La existencia
del mundo que conocemos consecuencia de nuestra experiencia es como es por las
cosas que han pasado, a cada uno de nosotros y como sociedad. Una vez que ha
sido así, somos reacios a cambiarlo, especialmente si esos acontecimientos nos
han proporcionado una vida mejor, o nos han regalado momentos particularmente
felices. Quizás las cosas son así porque así deben ser, y aquello que hace bien
a las personas debe permanecer. Posiblemente esa sea su esencia.
Por ello, tengo la sensación de
tener esta reseña escrita desde hace tiempo, desde hace años, antes de que los
propios músicos de Thunder
volviesen, antes incluso de que lo supiesen, porque sabía que iba a ocurrir
(¿acaso ellos no?), pues era necesario. El universo busca su equilibrio, como
se decía en esa fantástica novela de Stephen
King, 22/11/63. Sin Thunder en el
planeta el universo pierde equilibrio.
Es difícil valorar un disco de
los británicos porque su música está más allá de cualquier valoración. Pueden
estar más o menos inspirados, haber acertado más o menos, pero sus discos son
siempre una satisfacción, un placer artístico que hace nuestros días mejores
durante una buena temporada. Su sonido único, sus interpretaciones tan
personales, sus composiciones reconocibles entre millones, la voz de Danny Bowes llena de matices, la
imprescindible base rítmica de Chris Childs
al bajo y la batería de Harry James,
repleta de dinamismo, energía e intensidad; el sonido incomparable de las
guitarras de Luke Morley y Ben Matthews (a pesar de que todas las
guitarras del disco las ha grabado Morley, no hay una sola alusión a ello en el
disco y ahí aparece Matthews, que se recuperaba de su enfermedad, junto a sus
compañeros: guitarra y teclados. Toma amistad).
El disco se presenta como una
mirada hacia el pasado, a esos wonder
days de la juventud (representados en la mejor portada de la banda en
muchos años) cuyos recuerdos nostálgicos impregnan el disco en todos los tonos,
tanto en las letras como en la música: melancolía, alegría, emoción, tristeza. Todo
esto se puede apreciar y resumir en los seis minutos de la fantástica “When the
music played”: los recuerdos de comienzos de los 70, cuando un chico se
compraba un disco, memorizaba todas las letras y pensaba que cada portada era
una ventana a otro mundo. A la mitad de la canción hay un puente en el que se
reproduce el dibujo con las guitarras de muchas de las canciones a las que se
podrían estar refiriendo. Y unos delicadísimos coros que elevan la canción a un
nivel superior. ‘Cause it’s been so long and it’s still so
strong / that nothing else can get to me the same / So I close my eyes and I
turn back time / and go back, back when the music played.
Quizás sea el disco más Led Zeppelin que han grabado, aunque no
sólo es esta banda la que sirve de inspiración a Wonder days. Son los propios Thunder los que se homenajean a sí
mismos en esta especie de autobiografía musical, y lo mejor es empezar por el
principio: la canción que abre el disco, “Wonder days”, comienza prácticamente
igual que lo hacía su primer trabajo Backstreet
symphony con “She’s so fine”. Ésta es una pieza que incluye todos los
registros de la banda: el rock & roll clásico, el hard rock, la
contundencia y las melodías, enriquecido con un solo de Morley que ha
encontrado una idea feliz en un sonido casi psicodélico. Los Zeppelin se
aparecen en varias pistas del disco, o en muchas, como en “The rain”, con
mandolina incluida, o en el rock & roll final “I love the weekend” (donde puede
reconocerse a media historia del rock); el ritmo cabalgante de “Aquiles last
stand” se materializa en “The prophet” mezclado con las estructuras de “The
song remains the same”. De ahí podemos llegar a “Serpentine”, que recuerda un
montón a “La grange” de ZZ Top.
En cuanto a heterogeneidad del
álbum, podría ser un disco cercano al tan maravilloso como incomprendido Giving the game away: medios tiempos,
rock & roll, baladas selladas en el pentagrama con la combinación de
notas marca registrada Thunder (“Broken
again”) y canciones semiacústicas.
Quizás alguno pueda pensar que no
hay nada original en Wonder days, y
quizás, en su propia visión de la vida y de la música tenga razón. Pero
permítaseme decir que eso es sólo lo que se observa en la superficie. Este
disco es más que un conjunto de canciones de rock, más que el nuevo disco de
una banda clásica, más que el regreso de una excelente formación de hard rock.
Sé lo que es pero no lo puedo explicar, al menos no mejor de lo que ellos lo
han hecho en este disco. El universo vuelve a estar en equilibrio.
Siento ahora no haber sido más
comprensivo. Quizás alguna vez haya pensado, a causa de la distancia, que ciega
la empatía, que aquellos que sufren o han sufrido algún tipo de adicción deberían
hacer algo para solucionarlo, un esfuerzo de la voluntad para superar esa atracción
incontrolable, sin haber sido consciente del poder que tiene el objeto de su
obsesión. Sin comprender que uno pierde la capacidad para controlar su
voluntad.
Por las mañanas suelo escuchar la
radio en el coche, camino al trabajo, para ponerme al día de las desgracias que
nos asolan, enterarme de qué político ha sido, por casualidad casi siempre,
trincado con algún billete que no es suyo o haciendo cualquier cosa que no
tiene que ver con su cargo con cargo a la cuenta de todos. Llevo mi ejemplar
(grabado porque no me gusta llevar los originales en el coche) de Quien tenga algo que decir… que calle para
siempre, no con la intención de ponerlo, sino porque pienso que a la vuelta
sí que lo pondré. Llega la publicidad, excusa perfecta para poner una canción,
cinco minutos mientras terminan esas recomendaciones altruistas, luego
conectaré otra vez. Me engaño, ya no voy a quitarlo. Además, no hago nada malo:
las noticias me envenenan; Dry River
me alegran el día. Es una adicción feliz.
Me pregunto si sospecharon
aquellos que escucharon por primera vez Volumen
brutal que estaban ante un disco que se convertiría en un imprescindible de
la música rock en español, si sabían que iba a ser un referente obligatorio de
nuestra historia musical. Pues tengo la sensación de que Quien tenga algo que decir… que calle para siempre es de esa
estirpe, cosa que no me ocurría desde Los
poetas han muerto de Avalanch en
2003, un disco ya irrenunciable, o más recientemente con la última obra maestra
de Shy de 2011, si no nos limitamos
al ámbito hispano.
Desde la presentación del disco,
un digipack con un libreto chulo y
una pequeña broma en su interior, todo está muy cuidado. Pensaba que me estaba
despistando cuando al ponerlo tras leer por encima la nota de prensa, que
clasifica a la banda como una mezcla de rock sinfónico, metal progresivo y jazz,
yo sin embargo tenía la sensación de estar escuchando a Barón Rojo pasado por una traslación progresivo-sinfónica. Volví a
mirar la hoja y nombraba como referencias a bandas que, una vez escuchado el
álbum en su totalidad, resultaban evidentes: Queen, Rush, Deep Purple, Dream Theater y… Barón Rojo.
No estaba tan perdido entonces. De hecho me atrevo a decir que Dry River
son los herederos de los barones en el siglo XXI. Sus puntos en común no son
estrictamente musicales: no había vuelto a escuchar unas letras tan
envenenadas, cargadas de denuncia política y social con un sentido del humor
tan sarcástico desde que los barones cantaban “Señor inspector” o “Pico de
oro”. Aquí están “Rosas y gaviotas” o “¿Cuánto vales tú?” (de ritmos circenses
alegres combinados con sabores agrios). Las melodías embaucadoras que hacen
cantar incluso a la víctima de la canción están presentes en el álbum. La voz
de Ángel Belinchón en algunos
momentos también recuerda a Sherpa,
en “Bajo control” y algunos otros momentos del disco. Y si además Barón Rojo
eran unos maestros, éstos también lo son. Hay que estar muy seguro de lo que se
hace para montar canciones como “Casto”.
Estos músicos se atreven a lo que
nadie en este país: alto nivel interpretativo, coros trabajadísimos,
composiciones complejas, y resultar ser directos, incluso comerciales. (¿A
alguien le suenan Muse?) Esa
complejidad (varias canciones que pasan de los seis minutos, cambios de ritmo,
inclusión de secciones de viento, swing…) no es nada afectada, al contrario,
todo suena natural y, sobre todo, espontáneo, lo que no consiguen sino lo
grandes. Aunque lo que de verdad importa no es lo virtuosos que sean
instrumentalmente, lo inspirado de sus composiciones o lo trabajado de sus
letras, sino que todo ello está al servicio de la emoción. No una emoción
romántica de canciones “bonitas” y sentimentales; es una emoción que nace del
gozo que produce la belleza de la música, el disfrute incomparable que se
experimenta al escuchar una canción que estira, pellizca y retuerce el alma, encantada
por poder disfrutar de algo exclusivamente humano: el arte. A ese escalón no
acceden muchos, y por ello uno siente ese inexplicable orgullo de encontrarse
con algo de estas características cantado en español. Eso es algo que no me
gustaría que se perdiese de vista, aunque no voy a hacer el tradicional lamento
de acomplejado; al contrario.
Esta nota de prensa, al contrario
que muchas, resulta útil. Define el trabajo como “un disco complejísimo en
cuanto a creaciones, pero sencillísimo de escuchar”. Perfecta definición de la
música de Dry River. Aunque se queda
corto por humildad: es magistral, adictivo, emocionante, intenso, sorprendente,
inteligente, profundo… Es tan bueno que no necesita que venga nadie a decirlo,
pues ellos seguro que saben que son buenos y además ya se lo habrán dicho muchas
veces.
Dry River son hijos de cuarenta o
cincuenta años de música. Ocho años haciendo versiones, como las grandes bandas
clásicas, les llevó a grabar en 2012 El
circo de la Tierra,
disco que afortunadamente no he escuchado; placer que me guardo para cuando
haya sido capaz de desengancharme de la magia de su nueva obra.
Es como si tomara la música que
llevo escuchando casi desde mi infancia y me la devolvieran combinada,
revuelta, mezclada y sabiamente convertida en otra cosa que sabe
excepcionalmente bien. La experiencia de escuchar un disco como éste produce
una sensación muy cercana a la felicidad.
Las influencias no quedan en las
citadas más arriba: habría que añadir a Toto,
a Asfaltoen la pieza “Informe T-24”, en la que cantan con Julio Castejón después de que, como las
vainas de La invasión de los ladrones de
cuerpos, hayan absorbido su esencia para transformarse en los propios
Asfalto; a Kansas, a Yes, a A.C.T. más recientemente. Incluso los recordados Alcaudón o Alcatrazz.
Invaden las pistas de baile con
“Irresistible”, con ritmos de discoteca ochenteros y un estribillo por el que
muchos venderían su alma.
Osan tratar un tema tan grave
como el Alzheimer en la épica y conmovedora “Frascos vacíos” con una
delicadeza, inteligencia y sensibilidad envidiables, al tiempo que hablan de
cuestiones cotidianas con brillantez y talento en “El lado bueno de las cosas
malas”. Y la pieza mayor (más de once minutos arrasados en un suspiro) “Rosas y
gaviotas”: genial letra, asombrosa interpretación con dos puntos de vista,
divertida, amarga… demoledora.
El álbum es tan apabullante que
uno no puede asimilar todo lo que tan
generosamente ofrece. Tras varias escuchas empieza a descubrir que hay más
canciones brillantes. Me quedo con la hermosísima “Caída libre”, de una
delicadeza admirable, con una intensidad contenida durante gran parte del tema
que alcanza momentos de enorme emoción en el fantástico solo de guitarra y
explota en su parte final, con un feliz equilibrio de letra y música que la
convierte en una pieza maestra. Y como son tan buenos, una de las canciones
relevantes del disco es la que, como introducción lo abrió y ahora lo cierra,
la canción que han presentado como single
y de la que han rodado un divertidísimo vídeo; una canción a la que como Harry el sucio le pides que te alegre
el día: “Traspasa mi piel”. Y lo consigue.
Hace años que los discos de Harem Scarem los entiendo como el
resultado de la tensión que se produce entre lo que ellos quieren hacer y lo
que les exigen sus fans, y con “sus fans” me refiero a aquellos que los
recuerdan, o incluso los siguen, por sus dos primeras obras, consideradas por
muchos como títulos de referencia dentro del rock melódico.
Los canadienses siempre han sido
una banda inquieta y ambiciosa. Su técnica prodigiosa, su capacidad creativa
les ha llevado a buscar el reconocimiento fuera de las estrechas fronteras del
rock de género, algo que resulta absolutamente razonable y respetable. Lo que
ocurre es que esas fronteras además de estrechas están electrificadas, y el que
intenta escapar o se queda frito en el intento o queda marcado para siempre.
Esos estigmas de haber sido una banda de prestigio hacen difícil conseguir
serlo en otro estilo, porque habitualmente ni se satisface a los seguidores
primeros (que suelen interpretar ese acto como una traición, e imperdonable) ni
se consigue seducir a los nuevos, que parecen oler las marcas. Sin embargo,
creo que el objetivo de Harry Hess y
Pete Lesperance no se reduce sólo a
la justificable búsqueda del éxito, sino a una auténtica inquietud musical y a
un rechazo irrenunciable a encasillarse y repetirse, para lo cual amplían sus
límites hasta que desaparecen; por tanto
resulta difícil clasificar su música como otra cosa que no sea rock.
Y eso es porque ellos son su
propia marca. No hay mayor prueba que la que dan en los primeros segundos de Thirteen, ya que son necesarios sólo los
tres primeros segundos de música de “Garden of Eden” para reconocer el sonido
Harem Scarem. No pueden ser otros, y eso no hay muchos grupos que lo puedan
hacer.
¿Y qué es Thirteen? Aunque para
algunos seguramente sea otra decepcionante muestra de la terquedad de los Harem
Scarem de querer hacer lo que no les
corresponde, y en su derecho están de pensarlo, me parece sobre todo un excelente
ejemplo de la idea de que una de las cosas que de verdad nos hace disfrutar del
arte son los detalles. Ellos son unos maestros en la ejecución, en tomar como
base lo más sencillo para llenarlo de salpicaduras de genio, de deslumbrantes
chispazos de intensidad, de huellas personales. Eso en este álbum está elevado
al máximo. A pesar de que su calidad técnica les permite interpretar lo
imposible, su objetivo siempre ha estado puesto en la inmediatez, en la
comercialidad, en las melodías pegadizas. Podemos tomar su nuevo trabajo,
rascar un poco y encontrar a la muñequita despeluchada de su primer álbum
debajo.
La mezcla de sencillez
estructural y depuración interpretativa
es el rasgo fundamental de Thirteen.
No se me ocurre una canción más sencilla, incluso simple, en su construcción que
“All I need”, y sin embargo es imposible resistirse a su estribillo contagioso
y sus coros, su ritmo entrecortado y a la ejecución de la canción que está
lejos de ser algo sencillo. ¿Es “Whatever It takes” una balada revolucionaria?
No, pero no hay a quien no le tiemblen las piernas cuando escucha entrar la voz
a pelo de Harry Hess cantando la línea When
you and I were young… Ni el estribillo es que sea algo que no se haya
escuchado jamás, no obstante sólo ellos pueden hacerlo así.
Desde ahí, elevan la categoría de
las canciones hasta donde quieren, permaneciendo en un nivel medio cuando les
apetece o transformándolas en grandes temas. En los treinta y nueve minutos que
dura el disco hay de los dos tipos. En mi opinión la chicha está en varias
canciones: la magnífica “Early warning signs” de irresistible ritmo cambiante y
delicioso estribillo, con unos coros que hacen sonreír de satisfacción, y con
el brillante (perdón por la redundancia) solo de Lesperance.
El medio tiempo “The midnight
hours” es una de las canciones más redondas del disco: el cambio de ritmo en el
estribillo desarma al más preparado. Fantásticos coros con armonías muy trabajadas
y con muchísima intención. Lo de Lesperance no me molesto en comentarlo.
Otro temazo es “Troubled times”:
enorme buen gusto y uno de los mejores estribillos del disco. ¿De verdad que
hay tanta diferencia entre esto y “Distant memory” o “With a little love”?
La pieza maestra es, a mi juicio,
“Stardust”. Una canción que revela la enorme categoría de los músicos que
componen esta banda, que crece compás a compás, compleja y sencilla a la vez,
con unas líneas melódicas magistrales que se retuercen hasta lo imposible y
remueven las emociones.
Ponerle etiquetas a esto es casi
cruel. Lo que importa son los detalles.
Casi por sorpresa se anunció la
publicación de un nuevo trabajo de los imprescindibles Mr. Big. Y digo sorpresa aunque no lo sea en realidad, porque al
ritmo de información al que estamos acostumbrados actualmente, ha llegado a ser
habitual que sepamos que cualquier músico o banda va a publicar un disco desde
que prácticamente lo han pensado, y para ello puede pasar más de un año (mucho
más a veces) hasta que se publica dicho álbum. En el caso de Mr. Big es una
sorpresa que trae adherida otra no tan agradable: la retirada de los escenarios
de Pat Torpey debido a que ha sido
diagnosticado de Parkinson, el cual será reemplazado para la gira mundial por Matt Starr.
El nuevo álbum de la banda
americana, si tomamos como referencia su brillante What if… (esos puntos suspensivos podrían enlazar con los del
título del nuevo y completar un ciclo), es más blues rock que hard rock. Las
huellas 70’s de la banda se aprecian de un modo más nítido en …The stories we could tell, pero no como
una vuelta a las raíces ni nada por el estilo, sino conservando su esencia como
grupo de rock nacido en la frontera de los 80 con la década posterior, con un
guitarrista y un bajista que deslumbraron en el momento en el que explotaron
los instrumentistas virtuosos y cuya herencia llevan muy a gala. Por ello, es
posible que algunos aficionados se sientan extrañados al escuchar algunas de
las canciones de este álbum, pues los ritmos y acordes, así como las entradas
de guitarra son totalmente 70’s impregnados, esos sí, del ADN Mr. Big, plagado
de melodías e inmediatez, una inmediatez que es como una cata: así es como sabe
un poquito, pero si quieres disfrutarlo de veras, toma más, poco a poco,
paladeando despacio y con frecuencia.
Esta misma idea es reconocible es
los fantásticos, sabrosos, ingeniosos, brillantes y gozosos solos de Paul Gilbert, exhibiciones nada
narcisistas que dejan a la vista los vestigios musicales de los que se nutre el
artista: las raíces clásicas del blues y el rock & roll y el hard rock de
técnica impecable de los 80. Con ello tenemos unos solos de guitarra que hacen
que algunas de las canciones del disco, no tan inspiradas, ganen interés por la
llegada de “su momento”.
Casi todo el esqueleto del nuevo
disco de Mr. Big está compuesto por engranajes de blues rock recubierto de piel
hardrockera. La primera canción del disco, y la primera que ha podido
escucharse, “Gotta love the ride”, lo atestigua: mezcla perfecta, inspiración
tradicional y ejecución respetuosa con quienes son, aunque abandonando
ligeramente ese feeling hard rock.
Asimismo los ritmos funkies están
presentes en la construcción y los acordes de “I forget to breathe”. Para
completar el menú puede tomarse “Satisfied”, adictiva donde las haya, con un groove brutal por parte de la base
rítmica y el juego dialógico de cantante/guitarra.
Quien quiera disfrutar de los Mr.
Big más reconocibles de los medios tiempos, con gracia, elegancia y clase los
puede encontrar en la imprescindible “Fragile”: pegadiza, con ese tempo mágico de la banda para este tipo
de canciones. Y enlazando con los temas lentos, las baladas del disco, nos
encontramos con la parte más débil del mismo. “The man who has everything” es
una canción rutinaria que quiere alcanzar algo de intensidad con unos arreglos
orquestales artificiales. Mucho mejor es “Just let your heart decide”, aunque
no demasiado original, ejecutada con la sabiduría de estos cuatro músicos. Me
reservo en este apartado una debilidad personal que se llama “East/West”, medio
tiempo semiacústico que bien podría entrar en la lista de cualquier emisora de
radio como hicieron otras canciones de su carrera. Sin duda, de las primeras en
quedar en el recuerdo del receptor por ese bonito estribillo y el sonido de
guitarras acústicas.
Tengo la sensación de que el bajo
de Sheehan ha quedado en este disco
en un segundo plano, más discreto que en anteriores ocasiones. Quizás se deba a
lo que he comentado sobre la estructura clásica de las canciones cuya
naturaleza no da cabida tan fácilmente al exhibicionismo técnico de la base
rítmica. Eso no significa que Sheehan no esté tan magnífico como siempre: la
discreción también es una virtud.
Canciones como “The Light of day”
(aquí sí tenemos un minijuego de bajo/guitarra marca Mr. Big), “Cinderella
smile” o “What if we were new” (con un Pat Torpey que es capaz de convertir la
música y el ritmo en cuerpo líquido) refuerzan la idea de rock & roll a la
que Eric Martin aporta su reconocido
e insustituible talento, presente durante todo el álbum. Un álbum que supone un
disfrute completo lleno de clase y sabiduría que dura más de lo que indican los
créditos de las canciones.
El título del nuevo disco de Tesla, ‘simplicidad’ o ‘sencillez’ (que
no ‘simpleza’) es de los que hablan por sí solos. Tesla no ha sido nunca una
banda que haya abusado (ni usado) adornos ni excesos (“No Machines!”), pero de
simples no han tenido nada. El título se refiere más a lo fundamental, me
atrevo a hablar casi de pureza. En la primera canción, “MP3”, de ritmo potente
y guitarras duras (muy al estilo de los 70), se puede escuchar, casi como algo
testimonial, el rasgado de una guitarra acústica; y no es la única canción en
la que ocurre. Ellos son el estandarte de lo que se está perdiendo (de lo que
estamos perdiendo) en el mundo de las tecnologías que nos usan y no nosotros a
ellas. Y si lo pensamos, en realidad no las necesitamos tanto como creemos. Perdemos
lo fundamental, lo humano, lo sencillo. La materia se desvanece y todo se
vuelve virtual. Al final, como siempre, hay que volver a la esencia. Y Tesla
son la esencia, pues han logrado hacer un disco de grandes canciones con muy
pocos recursos.
Uno se siente afortunado ante la
tarea de reseñar este álbum (nada menos que 14 canciones), porque tiene la
sensación de poder hablar de un disco sobresaliente, que alcanza aquello a lo
que sólo se llega con experiencia, sabiduría y sensibilidad. Y todo por ser tan
sencillo como emocionante, tan directo como cálido, tan eléctrico como natural.
No es fácil encontrar un trabajo
tan lúcido como éste pues, como dije al principio, la tendencia a confundir la
sencillez con la simpleza lo ensucia todo. Esta no es la sencillez del
aficionado, sino la del sabio con experiencia.
Los principios fundamentales de
la banda están al completo en Simplicity,
cada una de sus etapas queda reflejada en el álbum, sus extremos, sus raíces,
sus experimentos, desde su primer disco hasta el último. Por ello pienso que
estamos ante un trabajo medular, que muestra la esencia de Tesla, y casi por
extensión, la esencia del hard rock puro sin aditivos. Así, al escuchar
“Ricochet” uno no reacciona inmediatamente, sino que tiene que esperar a que
esos elementos esenciales alcancen su médula y, al entrar en contacto con ella,
la escucha cobre sentido.
Puro Tesla es el medio tiempo “So
divine…”, pausado en las estrofas y febrilmente rítmico en el estribillo. ¿Cómo
es posible que una voz como la de Jeff
Keith, que podría ser desagradable, se convierta en algo tan
imprescindible? Hay quien escucha una voz potente, con un timbre bonito,
haciendo sensacionales agudos y exclama “¡Qué bien canta!”. Lo que hace Keith
es insustituible y único, y transmite toda la chulería, la rabia y la emoción. En
lugar de disimular o maquillar esos rasgos (voz machacada, timbre de voz) los
refuerza y acentúa, como en el final de “Break of dawn”. Llamémoslo
‘autenticidad’. Eso vale más que muchas voces hermosas. Cantar un tema tan
grande y tan sencillo (otra vez) como “Honestly” (Honestly, I’m just a simple man, doing the best that I can) no es
nada fácil, al menos hacerlo como él. Inconfundible; él es Tesla.
¿Hablamos de las guitarras? Frank Hannon es rock crudo (muy bien
secundado por Dave Rude). Los
dibujos clásicos de la banda saltan desde el comienzo hasta el final, tanto en
los tiempos más rockeros como en los acústicos, y los solos a dos guitarras tan
habituales en el grupo tampoco faltan (“Timebomb”). La producción del disco, asimismo muy cruda,
resalta todos estos elementos que recurren a lo esencial en varios de los solos
(“Other than me”).
Y es que Simplicity es una mina de buena música en la que brillan en medio
de tanta oscuridad (no olvidemos que el disco tiene elementos pesimistas)
canciones semiacústicas, medios tiempos y baladas (algunos se quejarán de su
exceso, ya lo estoy viendo). “Burntout to fade” es absolutamente emocionante, descorazonadora
en su estribillo; e inmediatamente después entra con piano y guitarras la
deslumbrante “Life is a river”, una canción que flota en una sencillísima
melodía que, casi sin cambiar, llega hasta el estribillo para dejar encandilado
a la primera al oyente: Life is a river. Le
it flow. Let the river flow. El solo de guitarra es aún más asombroso, pues
estirando unas pocas notas llena de intensidad una canción (sencillamente)
magnífica.
La matrícula de honor se la
llevan en varias asignaturas, pero en “Break of dawn” no tienen competencia: guitarras
pesadas a lo Bust a nut, sus coros de
críos enrabietados y esa batería de Troy
Luccketta que vuelve loco a cualquiera tras poseer sus cervicales. El
comienzo de “Sympathy” con el bajo de Brian
Wheat lleva el sello de Tesla a fuego en sus compases.
Tesla dejan con Simplicity testimonio de su tiempo. Son
la prueba de que siempre lo nuevo o “moderno” no es mejor. Las emociones son
eternas (no muñequitos amarillos con caritas que sustituyen las palabras). Nada
puede sustituir el sonido de las guitarras ni la emoción de la sencillez. Para
hacer gran música no se necesitan muchos medios. Así de simple.
Daughtry vuleve a la carga con su nuevo trabajo. Por lo escuchado en su canción de adelanto, "Waiting for Superman", parece que lamentablemente ha abandonado su faceta rockera para amoldar su estilo (perfectamente reconocible) a sonidos más amables, más pop. A pesar de ello, la canción no me disgusta del todo, aunque claro, no es "Traffic light".
El nuevo vídeo de Flying colors es "Kayla", una de las muchas excelentes canciones que están incluidas en su álbum. Llena de magia, elegancia, sabiduría, clase, buen gusto... Una hermosa canción para todo aquel que disfrute con la música.
Steve Morse, Mike Portnoy, Neal Morse, Casey McPherson y Dave LaRue grabaron el año pasado un disco que fue considerado por muchos (entre los que me incluyo) como lo mejor del mismo. El álbum de Flying colors fue una muestra de que estos virtuosos instrumentistas podían hacer un disco de canciones en las que no primara la ostentación como algunos preveían. Un álbum que desde su magnífica portada ya anunciaba las excelencias que podía ofrecer.
Se trata de un trabajo de una delicada elegancia, una clase que es difícil de encontrar y un despliegue de sabiduría musical que dan como resultado una delicia apta para todos los paladares (oídos) que disfruten de la buena música.
Ahora publican la grabación de uno de sus conciertos.
Al comentar esta nueva aventura
de Greg Howe, uno se siente tentado
de utilizar la expresión pedante ‘Rock con mayúsculas’. El respetado
guitarrista se había unido a dos de sus acompañantes en anteriores aventuras
instrumentales, el bajista Kevin
Vecchione y el batería Gianluca
Palmieri, con la intención de formar una banda con cantante. Al principio
probaron con una voz masculina, pero más tarde, tras la marcha de ésta,
encontraron a Meghan Krauss. Si no
hubiesen tenido una banda tendrían que haberla formado sólo para poder tenerla
a ella como cantante. Es una fiera, salvaje y delicada, que ha bebido
directamente de los enjuagues bucales de Aretha Franklin y ha absorbido el
aliento de Ann Wilson.
Con todo ello, el cóctel es casi
molotov. Cuatro tipos perfectamente compenetrados, con una base de rock
clásico, blues, fusión, y tendencias de improvisación, que descoyuntan al más
pintado. Las raíces del rock y las técnicas más depuradas se combinan con
naturalidad en este álbum de tremenda riqueza.
Las canciones funcionan de un
modo asombroso, y además tiene una virtud esencial: son capaces de captar la
atención del oyente con los primeros acordes, con las primeras notas, algo nada
fácil, pues es bastante habitual que al escuchar una canción haya que esperar a
ver cómo evoluciona. En el disco de Maragold
sólo hay que dejarse llevar y esperar con ansia el desarrollo que nos lleva a
los momentos álgidos del estribillo, el solo de guitarra, las progresiones de
la base rítmica (esencial en todo el trabajo) y dejarse envenenar por la
desgarradora y sensual voz de Meghan Krauss. Con todo ello el aficionado asiste
con asombro a algo poco frecuente: tener la sensación de que es un espectador
privilegiado en el espectáculo
incomparable de la creación musical, como si fuese testigo del proceso mágico
de ver nacer y crecer una canción con los elementos básicos de la misma: una guitarra,
un bajo, una batería y una voz. Porque aunque parezca algo obvio o tonto, aquí
los instrumentos suenan a instrumentos musicales, y uno no es consciente de
ello hasta que lo experimenta, y entonces se da cuenta de la cantidad de
efectos que se usan habitualmente.
Las canciones en este trabajo no
son el medio que usa el virtuoso guitarrista Howe para lucirse, como algunos
podrían sospechar; para ello graba otros discos. Con Maragold busca la banda de
rock, de blues, de fusión, pero sobre todo busca la canción, y de esas hay aquí
diez de las buenas. El tema de presentación es brillante. “Evergreen is golder”
muestra esa contundente aleación de estilos que he citado. La entrada de la voz
de la Krauss es salvaje, mostrando fuerza y sabiduría, y la base rítmica
funciona a la perfección. También está presente otro de los rasgos
característicos del álbum que es los solos de Greg Howe, brillantes, limpios y
originales, mezclando como a él le gusta los estilos de fusión, jazz y rock.
Entrada de batería y ritmo
entrecortado de guitarra para “Saturday sun”, y espacio entre las líneas del
pentagrama para el lucimiento y disfrute del cuarteto que adorna con sus
instrumentos cada compás de la canción. Magistral el solo de Howe, muy
original, con influencias setenteras del rock psicodélico. La canción no da
tregua a las piernas o cualquier otro miembro susceptible de seguir el ritmo.
Más actual resulta “Oracle”,
sustentada en los sugerentes malabarismos vocales de Meghan y con un estribillo
dramático intensificado por unos excelentes arpegios de guitarra. El puente es
muy bueno y hace de trampolín para un gran solo de guitarra.
Uno de los platos fuertes, a mi
juicio, (y eso que el menú que presenta Maragold es para rebañar hasta la
última nota) está en “Paradigm Tsunami”. Aquí la fusión es total, la sinuosa
línea vocal de Krauss hipnotiza y el endiablado solo de Howe deja desorientado
a cualquiera. Mezcla de salvajismo y melodía magníficamente remarcado por la
excelente base rítmica y la intensidad que imprime Palmieri. Esa misma locura
se apodera de la zeppeliniana “Magic
pain”, otro de los momentos álgidos del álbum.
Asimismo “Penniless and Sane”,
más melódica aunque igualmente contagiosa, le hace a uno adorar la música. No
hay artificios ni trucos: es rock.
Los temas suaves no son cosa de
poco: “Cry” tiene un estribillo difícil de olvidar, a pesar de que no es mi
favorita. Prefiero “Story’s ending” o la bluesera
“Boom boom tap (dance on)” que cierra el disco con creciente intensidad.
¿Dónde está el secreto para que
un disco de estas características lo atrape a uno y no pueda hacer nada para
evitarlo? No lo sé. Quizás es lo que llaman la magia de la música. Cuando deja
de sonar, como al final de “Boom boom tap (dance on)” uno siente como si lo
hubiesen abandonado de noche en mitad del desierto, y es entonces cuando es
consciente de la necesidad que tiene de ella.
Muy pocos son los músicos de este país que
están facultados para firmar un álbum como Las
botas gastadas, un trabajo con muchos elementos autobiográficos de alguien
que sabe dónde está, de dónde viene y quién es. Pablo Perea es un lujo para cualquier aficionado a la música, y le
debemos no sólo que podamos disfrutar de su arte, sino que no se dé por vencido
y nos siga regalando obras del tamaño de la que nos ocupa.
Son varios los momentos en los que Pablo hace
referencia a su pasado para hablar de lo que fue y de lo que es en este
momento: “Tras las huellas de mis pies”, “Días de vino y de rosas”, “Ni tú ni
yo”… Y lo hace sin afectación ni lamentaciones, sino con un poso de melancolía
y cierta carga de optimismo. La recuperación del nombre de la banda que le dio
la fama (si es que podemos hablar de eso en España) le ha reforzado en una
identidad reconocible para sus seguidores y para cualquiera que escuche éste y
los anteriores discos de La
Trampa. Aquí podríamos plantear a quién
podría ir dirigido el álbum: sin duda a aquellos que conocen a Pablo Perea y lo
siguen; por otro a un potencial público que no lo conoce y al que llegaría, sin
duda, si las radios de más audiencia de nuestro país programaran música
basándose en los méritos de los músicos que la crean, o al menos la combinaran
con el resto. Y es que Las botas gastadas
es un álbum que se puede valorar en quilates.
La perfecta combinación de letra y música
alcanzan cotas de excelencia en su nuevo disco, letras que huyen de los lugares
comunes, con hallazgos brillantes (sobre todo de Pablo pero también de Juan Mari Montes, que escribe algunas
letras del disco) juegos sorprendentes... Y la música, por encima de todo la
música que evidencia las señas de identidad de un autor, un artista con
personalidad y sensibilidad. Un disco de rock con muchas melodías, con
influencias del rock actual, del de los 80 e incluso 70.
El tema de presentación y el que abre el
trabajo, “Días de vino y rosas”, muy La Trampa, es quizás la canción que termina
desgastándose más pronto para dar paso a un jugoso festín musical que
comenzaría en “Experiencia” y acabaría (aunque en realidad no acaba) en “Mi
cicatriz”. Es imposible no sentirse conmovido por canciones como “Ni tú ni yo”,
en la que el oyente se deja mecer por ese estribillo hipnótico adornado de unos
impagables coros. “Ángel negro” tiene otro estribillo brillante, con un
estimulante juego de guitarras. Dolorosa resulta “Que quedo yo”, compuesta con Rafa Martín que aporta también los
coros, con una interpretación estremecedora por parte de Pablo, en la que
demuestra qué significa eso de interpretar y emocionar a través de la voz.
No resulta fácil resistirse a los encantos de
unas melodías como las de “Conjunto vacío” o a la nueva versión de “Acércate y
bésame”, muy dinámica.
“Acción-Reacción” quizás no tenga un
estribillo que enganche mucho, pero tiene unos coros tan chulos y está tan bien
cantada que me importa un bledo: ya me gustará. Tampoco suelen gustarme las
canciones con mensajes optimistas de cara a un futuro mejor. El mensaje de
“Grita paz” llega claro, convincente y auténtico. No sólo me lo creo, sino que
me emociona profundamente, en especial cuando revienta ese estribillo tan
sincero.
Me queda la colaboración de Carlos Tarque en “Tras las huellas de mis pies”, y el resto que
conforman Las botas gastadas, que
además tiene un muy buen trabajo de producción. Un disco que resulta
deslumbrante en muchos momentos, no porque sea mejor que otros (que también)
sino por ser obra de un artista excepcional, único, que muestra algo esencial
en un músico: la sensibilidad y el talento para hacer de su propia historia una
obra de arte y transmitirla a los demás para que la hagan suya.
Pablo Perea, tras largo tiempo luchando por el nombre de su banda, ha conseguido ver por fin publicado su nuevo álbum. Las señas de identidad de La Trampa están presentes en el álbum, que se presenta con este single "Días de vino y rosas". Es un placer volver a escuchar a una de las mejores voces que ha dado el rock español.
Dejo este texto que una compañera de 2º de bachillerato ha escrito explicando lo importante que es la música en su vida. Creo que es un texto que merece mucho la pena y por ello lo comparto con vosotros.
Camino de Barcelona, saliendo de
Madrid.
Este recuerdo no pertenece a mi
memoria, pero las risas que mis padres, mi hermana y yo nos echamos cada vez
que mi padre lo cuenta, no se borrarán nunca. Se que en ese viaje comenzó mi
amor por la música. Nada más y nada menos que veintitrés veces tuvo mi padre
que soportarme, con apenas año y medio, durante horas, diciendo "¡póniela
otia ves, otia ves!". Esas veintitrés veces fueron las que mi padre puso,
una y otra vez, una canción de Luis Miguel (cantante de boleros) a la que yo
bauticé "brazos extraños" en el coche.
Recuerdo tardes enteras en mi
salón, mis padres leyendo o charlando, yo mirando una pecera que teníamos con
dos peces que no paraban de atacarse el uno al otro... y, cómo no, compartiendo
música. La cantidad de veces que he bailado a la par aplastándole los pies a mi
padre, el mueble de discos, las vacaciones en coche compartiendo la misma
música...
Es por ello que pienso que la
música ha sido imprescindible en mi vida. Doy gracias por haber disfrutado
durante mi infancia todas esas tardes, esos viajes, esas risas bailando por el
pasillo. Doy gracias por la cantidad de sensaciones que la música me ha
arrancado, ya entrando en la adolescencia, hasta ahora.
Y es que no consigo imaginarme un
día sin escuchar aunque sea una canción; y digo "imaginarme", porque
no ha pasado aún un día en el que el ritmo, las letras, las voces, los
falsetes, los bailes o los gallos en la ducha no se hayan producido.
Siento la música, la vivo, la
respiro.
Es algo tan emocionante, que
cuando descubro a alguien a quien no le gusta la música, no sé si envidiarle o
sentir pena. Envidiarle, porque no depende de ella como un borracho de la
bebida. Sentir pena, por la cantidad de cosas buenas que ha sido capaz de
arrancarme a mí la música.
Toda clase de ritmos, toda clase
de temas... el abanico es muy grande. Tiemblo mientras escribo, ciertamente la
música es mi vida, es mi desesperación si no está sonando en algún momento de
mi día a día.
Recuerdo cómo lloré en uno de los
mejores viajes de mi vida; en un autobús con todos mis compañeros rumbo a algún
lugar de Italia. Cómo mientras muchos dormían yo lloraba, temblaba y hasta
tenía hipo escuchando la voz de Pavarotti traspasar los altavoces y acariciar
mi corazón.
Vuelvo a sonreír... son tantas
las veces que he llorado, que he reído, que he sentido cómo los escalofríos
bailaban por mi cuerpo, y cómo el vello se me erizaba... que no soy capaz de
describirlo.
Y es que hay cosas que por mucho
que tratemos de explicar, nada mejor que una canción para traducir todas esas
sensaciones aprisionadas, perdidas sin encontrar la salida de emergencia.
No hay palabras, pero sé que de
alguna manera podría hablar de esto toda la vida.
Las hermanas Ann y Nancy Wilson, es decir Heart, tocaron esta emocionante versión del clásico de Led Zeppelin "Stairway to heaven". Se trata del acto de entrega del Kennedy Center Honours, el galardón más importante que entrega el gobierno de Estados Unidos a un artista.
Miles, millones de veces has ido interpretada esta canción, tiene numerosas versiones, pero pocas tan extraordinarias como ésta. Los propios miembros del banda asisten emocionados a la interpretación de la canción en la que Jason Bonham, hijo del mítico batería del grupo cuya muerte supuso el fin de Led Zeppelin, toca el instrumento que su padre le enseñó.
El vídeo que dejo aquí ha alcanzado más de dos millones de visitas en poco más de cuatro días. La canción es un clásico inmortal, pues tras cuarenta años sigue siendo tan misteriosa, conmovedora, mágica y brillante como entonces.
Casi se siente uno obligado (y
tentado, hay que admitirlo) a aprovechar este espacio para hacer de él un
púlpito desde el que iluminar a todos aquellos que, encantados por las
pegadizas melodías de teclados de hace ya algunos años, han quedado
desorientados, sin posibilidad de reaccionar positivamente ante una nueva obra
de esta panda de traidores a su sonido más popular. Se les podría intentar
invitar a dejarse llevar por las virtudes innumerables que atesoran estos
álbumes, en particular este último, y que vayan, como la niña de Poltergeist, hacia la luz. Pero como
escribió Cervantes en el prólogo a la segunda parte del Quijote, quien espere eso
que se olvide. No es mi intención mirar a nadie por encima del hombro desde
este púlpito, pues no es una cuestión de superioridades.
Lo que sí resulta inevitable en
cada nueva entrega de Europe es hacer referencia a sus trabajos de los ochenta,
en especial a partir del tercero y archipopular. Se produce entonces una
paradoja, pues el álbum que les dio la popularidad y la libertad para hacer lo
que ahora hacen es el que les ha condenado Dios sabe hasta cuando. Conscientes
de ello, en Bag of bones hay
múltiples líneas autobiográficas, empezando desde “Riches to rags”, clara y
valiente en sus planteamientos, no solo en la letra sino en lo musical, aunque
estos comienzos crudos son ya marca de la casa. Lo mismo ocurre con el primer
single “Not supossed to sing the blues”.
Bag of bones es posiblemente lo mejor que ha grabado Europe desde
su vuelta, y eso que Secret society,
álbum por el que siento especial debilidad, son palabras mayores. De él podemos
encontrar alguna referencia en “Mercy you, mercy me”.
Son varios los pasos que ha dado
la banda hasta encontrarse a sí misma en este Bag of bones, desde la oscuridad clara de Start from the dark, pasando por la dureza y contundencia de Secret society, hasta el antecedente más
evidente, una especie de borrador de este nuevo álbum, que es Last look at Eden. Así, podríamos
asegurar que estos son Europe en esencia. Y eso no implica que su anterior
etapa sea despreciable. Lo que parece complicado es unir ambas estapas; lo que
me parece más complicado aún es no darse cuenta de que lo que cambia es la
apariencia, pero no la esencia. De hecho, su álbum más popular es el menos personal,
el más recargado y lleno de impurezas que hayan grabado. Por ello decía que su
mayor pecado es haber sido populares.
En esta nueva obra de los suecos
encontramos una emoción que mana directamente de la fuente del arte musical,
cuyas raíces se encuentran en los clásicos de los 70 (el espíritu de Led
Zeppelin se aparece de vez en cuando a lo largo del disco, como en “Drink and a
smile” por poner un ejemplo). Las canciones se desarrollan con una intensidad
desgarradora en muchos momentos (“My woman, my friend”, “Bag of bones”), los
teclados de Mic Michaeli tienen una presencia espiritual, tan clásica como
inquietante, llenando de matices unas canciones ya de por sí riquísimas. Por
otro lado los coros hacen presencia en el momento perfecto no para adornar,
sino para elevarnos al séptimo cielo del éxtasis de una música plagada de
momentos de enorme nivel artístico. En esa labor, Joey Tempest se deja la voz,
teniendo en cuenta que su registro no es el más agradecido para cantar unos
temas empapados de rock clásico y blues, y consigue que se convierta en una de
las señas de identidad más reconocibles de la banda.
John Norum ha encontrado el sabio
término medio entre la gravedad oscura del comienzo y la contundencia, dando
como resultado un trabajo espectacular, pleno de sabiduría musical, fuerza,
gracia y elegancia. Y la base rítmica de John Leven e Ian Haughland vale su
precio en oro. A nadie debe extrañarle que se los hayan rifado durante tantos
años.
Y ahora llega la carambola final,
una paradoja más, de unos músicos de rock que se llevaron la popularidad y
ahora se ganan un puesto en el olimpo del rock: nos encontramos con una banda
en plenitud de facultades, bastante joven aún, un currículo envidiable, un
nombre reconocible, unas ganas que asustan, una clase que muy pocos músicos
alcanzan y la capacidad para hacer lo que quieran en lo que promete ser una de
las carreras más excitantes de los próximos años. Quizás exagere, pero Europe
tiene, porque se lo ha ganado, la posibilidad de ser la próxima gran banda de
rock de la década, si no lo es ya.
Creo que esto no se puede
conseguir si no es con una humildad conmovedora y una ilusión de la que
deberían contagiarse tantos músicos, jóvenes y no tanto.
Este saco de huesos está lleno de
carne y alma. Qué paradoja.