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martes, 17 de mayo de 2022

Internet, claves de redacción.

 La Fundéu nos da unas recomendaciones de redacción en el Día Mundial de Internet:

1. Internet, mayúsculas o minúsculas y género

Puede escribirse internet con inicial minúscula si se considera un nombre común referido al servicio y con mayúscula si se percibe como nombre propio de la red. Además, puede emplearse tanto en masculino como en femenino.2. Cibercomercio, en una sola palabra

El prefijo ciber-, ‘que indica relación con redes informáticas’, según el diccionario académico, se escribe en general unido a la palabra a la que acompaña, sin espacio ni guion intermedios: cibercomercio, no ciber comercio ni ciber-comercio. En este caso concreto, tanto cibercomercio como comercio electrónico son alternativas válidas en español al anglicismo e-commerce.3. Online, alternativas

Online puede traducirse por conectado, digital, electrónico, en internet o en línea.4. Clicar cliquear, mejor que clickear

Hacer clic, clicar y cliquear son tres formas adecuadas para indicar la presión o golpe que se hace con el ratón del computador, en lugar de la voz inglesa click.5. Medios sociales, alternativa a social media

Medios sociales es el equivalente recomendado de la expresión inglesa social media.6. Link es enlace vínculo

Link tiene traducción: enlace o vínculo.7. Sitios webs o sitios web

El plural de web es webs, pero el de sitio web, en aposición, puede ser sitios webs sitios web.8. Inicio de sesión, equivalente a login logon

Inicio de sesión es la alternativa recomendada en español a los términos ingleses login y logon.9. URL, en mayúsculas

URL se escribe con mayúsculas, ya que es la sigla de la expresión inglesa uniform resource locator y hace referencia a la dirección de un sitio web. Esta sigla puede considerarse tanto masculina como femenina dependiendo del sustantivo al que se refiera.10. IP, en mayúsculas

IP se escribe con mayúsculas como sigla de la construcción inglesa internet protocol y hace referencia al número que identifica un dispositivo dentro de una red.11. El wifi o la wifi

El término wifi es válido y puede ser masculino o femenino: el wifi o la wifi.12. Enrutador o rúter, alternativas a router

Enrutador o encaminador son términos equivalentes en español al anglicismo router. Si se prefiere adaptar el término, se recomienda utilizar rúter.13. Anonimizar, término adecuado

Anonimizar es un verbo correctamente formado para referirse a la acción de ocultar una identidad.14. Bloguear, término adecuado

Blogbloguero bloguear son términos adecuados en español.15. Postear, verbo innecesario

Se recomienda usar artículo o entrada en lugar del anglicismo post. En cuanto al verbo (a veces visto como postear), se prefieren las expresiones publicar una entrada o un artículo.16. Usabilidad, vocablo válido

Usabilidad, que en diseño y programación es un atributo de calidad que evalúa la facilidad de uso de las webs, es un término adecuado y bien formado en español.17. Bot, acortamiento apropiado

Bot es un acortamiento válido para referirse al ‘programa que recorre la red llevando a cabo tareas concretas, sobre todo creando índices de los contenidos de los sitios’.18. Las puntocoms, en redonda

Las puntocoms, en redonda, en una sola palabra y con plural terminado en s, es la forma adecuada de referirse a las empresas que desarrollan su actividad principal en internet.19. Seminario web es lo mismo que webinar

Seminario web es una alternativa apropiada para el anglicismo webinar.20. Streaming es emisión en directo

Emisión en directo o en continuo, según los casos, son alternativas válidas a streaming.21. Cloud computing, en español, computación en la nube

Cloud computing, en español, se denomina computación en la nube.22. El internet de las cosas y el internet de los datos

Las expresiones internet de las cosas, que se emplea para referirse a la conexión digital de objetos cotidianos con internet, e internet de los datos son denominaciones comunes que no necesitan comillas ni cursiva y que se escriben con minúscula inicial en cosas y datos. La sigla IdC puede funcionar como alternativa en español a IoT, sigla con la que frecuentemente se abrevia la denominación internet de las cosas.23. Internet profunda, mejor que Deep Web

La expresión inglesa Deep Web puede traducirse como internet profunda, donde internet se escribe con inicial minúscula o mayúscula y el adjetivo profunda siempre en minúscula y concordando en masculino o femenino.


Podéis encontrar algunas claves más específicas aquí.



domingo, 2 de diciembre de 2018

"Wikipedia y 'Sinhué, el egipcio'". Arturo Pérez Reverte.


Éste es el próximo texto que comentaremos en clase:



Yo mismo, cuando trabajo en una novela, recurro con frecuencia a internet. Por supuesto. Pero ésa es sólo una pequeña parte del conjunto, y sé que hay cosas que debo hallar en otra parte. Sin embargo, para muchos jóvenes con inquietudes, con buena voluntad, documentar una novela o un libro cualquiera, acudir a la Historia o a la Ciencia como material de trabajo, significa exclusivamente acudir a Wikipedia. A internet, y punto. Esa fuente documental parece lo más natural del mundo. Y eso se ve fomentado por un sistema educativo que cada vez depende más del teléfono móvil, de la tableta o la enseñanza digital, y desprecia las fuentes clásicas y tradicionales, negando a los jóvenes el hábito de moverse con soltura en fuentes más serias; de familiarizarse con textos solventes, anotar, marcar, comparar, completar. Cada vez queda más lejos, no sólo de la intención, sino de la imaginación, adquirir o consultar libros, trabajar en hemerotecas y bibliotecas, visitar escenarios reales. Ni pasa por la cabeza otra cosa que ir a lo fácil. Para qué consultar el Espasa, la Encyclopaedia Britannica, el Summa Artis, la colección completa de Blanco y Negro o el Diccionario Biográfico de la Academia de la Historia; para qué leer a Galdós, Valle-Inclán, Baroja o Clarín, si con un teclazo lo tienes todo resumido en medio folio. Para qué visitar un museo, para qué viajar a una ciudad con un antiguo mapa y un bloc de notas, pudiendo teclear en el buscador de internet y hasta pasear virtualmente por las calles de Osaka o San Petersburgo.


La consecuencia de todo esto es que, cada vez más, quienes de esta forma limitan su propio conocimiento aplicarán esos límites a cuanto se les ponga delante. Juzgarán el mundo no por lo que éste tiene y ofrece, sino por la reducida visión que de él tendrán ellos.


XL Semanal. (25/12/2016)


domingo, 11 de noviembre de 2018

"Generación del 27, celos, confusión e inquina", por Manuel Vicent


Artículo de Manuel Vicent publicado en El País el 10 de noviembre:



La Gaceta Literaria inició su publicación el 1 de enero de 1927 y se extinguió en mayo de 1932. Durante cinco años aglutinó a todos los escritores de la época en plena confusión ideológica.
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martes, 2 de enero de 2018

Artículo de Antonio Muñoz Molina.


La literatura: un lujo necesario.

Introducir a los adolescentes en el reino de los libros es enseñarles que éstos no son monumentos intocables o residuos sagrados, sino testimonios cálidos de la vida de los hombres, palabras que nos hablan con nuestra propia voz y que pueden darnos aliento en la adversidad y entusiasmo en la desgracia. Decía Ortega y Gasset que los grandes escritores nos plagian, porque al leerlos descubrimos que están contándonos nuestros propios sentimientos. En este sentido, yo no creo que el escritor sea alguien aislado de los otros y singularizado por el genio o por el talento. El escritor, más bien, es el que más se parece a cualquiera, porque es aquel que sabe introducirse en la vida de cualquier hombre y contarla como si la viviera tan intensamente como vive la suya propia.


La literatura, pues, no es aquel catálogo abrumador y soporífero de fechas y nombres con que nos laceraba aquel profesor del que les hablé antes, sino un tesoro infinito de sensaciones, de experiencias y vidas que están a nuestra disposición igual que lo estaban a las de Adán y Eva las frutas de los árboles del Paraíso. Gracias a los libros nuestro espíritu puede romper los límites del espacio y del tiempo, de manera que podemos vivir al mismo tiempo en nuestra propia habitación y en las playas de Troya, en las calles de Nueva York, en las llanuras heladas del Polo Norte, y podemos conocer a amigos tan fieles y tan íntimos como los que no siempre tenemos a nuestro lado pero que vivieron hace cincuenta años o veinticinco siglos. La literatura nos enseña a mirar dentro de nosotros y mucho más lejos del alcance de nuestra mirada. Es una ventana y también un espejo. Quiero decir: es necesaria. Algunos puritanos lo consideran un lujo. En todo caso es un lujo de primera necesidad.

Antonio MUÑOZ MOLINA



jueves, 14 de diciembre de 2017

Disparates en el uso del español.



En el diario El País, se ha publicado un artículo en el que el filólogo Juan Romeu comenta algunas expresiones incorrectas que son de extendido uso en español e indica su alternativa más apropiada.

https://elpais.com/elpais/2017/12/11/icon/1513006762_893195.html




sábado, 5 de noviembre de 2016

"La cobra del pueblo", por Elvira LINDO.


A pesar de las redes y de la sobreinformación todavía quedan, a día de hoy, algunas personas inocentes. Benditas sean. Mi marido me llama desde su cuarto porque tiene una duda.

—¿Qué es hacer la cobra?— pregunta.

—Dícese del gesto ondulante que hace una persona con la cabeza hacia atrás para evitar un beso que no desea.

—Ya. Pues mira qué titular viene hoy en primera (da igual el periódico, fueron todos): “Así se vivió en Podemos la cobra de Bisbal a Chenoa”. Pero… ¿es que nos estamos volviendo todos idiotas?


Le advertí de que no lo dijera muy alto porque conviene aceptar un hecho insoslayable: hace años que la gente dejó de ser gente para convertirse en audiencia, y que la audiencia ha decidido que lo que más público tenga es lo que importa. Por su parte, los políticos, siempre dispuestos a halagar a sus posibles votantes, han asumido que al programa con más audiencia se le bautiza como “cultura popular”, y como es cultura y es popular hay que sumarse a su éxito. Disentir de lo que las masas aplauden, le advertí, es de snobs y elitistas.

Luego está la deriva de la televisión pública. [...] Nadie se pregunta, por ejemplo, por qué en los denostados 80 llegó a haber en TVE hasta 18 programas musicales y ahora todo se reduce a una especie de shows en los que lo emocional de los intérpretes cuenta más que su arte. Como consecuencia, si usted y yo no conocemos los grupos musicales que recorren ahora mismo en su camioneta las carreteras de España es porque la tele pública les ha negado su espacio. Lo que no se ve se convierte en minoritario, y lo minoritario, según esos defensores a ultranza de lo masivo, es elitista. Y así todo. O sea, que si hay algo masivo que te disgusta o de lo que ni tan siquiera quieres enterarte eres un aburrido, un arrogante y un cursi. Lo guay es sumarse a la masa. No siempre fue así: ocurría que la cultura popular nacía del pueblo e iba conquistando los corazones de la gente, el proceso era de abajo arriba; en cambio, ahora, promovida por las grandes corporaciones, la música es un producto impuesto desde arriba de manera tan avasalladora que acaba colonizando a los que no tienen otro hueso que roer. Al negocio se suman aquellos que de manera condescendiente bautizan lo masivo como cultura del pueblo. De esta forma, justifican la baratura que se ofrece en el espacio público e ignoran sin mala conciencia ese arte verdadero que hunde sus raíces en lo popular o en lo pop.

Suele decir Woody Allen que la música que ilustra sus películas es la que él escuchó de niño en la radio. Para sus oídos infantiles, ni Ella Fitzgerald ni Louis Armstrong eran músicos elevados difíciles de comprender, al contrario, resultaba muy sencillo aprenderse y cantar sus melodías. Tuvo la suerte de haber crecido cuando la música popular que sonaba en la radio al alcance de cualquiera era excelente. También lo fue cuando llegaron otros ritmos en los 60 y en los 70. Y podría ocurrir ese milagro hoy en nuestro país si los medios públicos fueran fieles a su esencia y promocionaran el talento.

Esta semana, la dichosa cobra abrió el telediario de TVE. Esta semana, leí la palabra elitista como insulto tantas veces en los medios españoles que llegué a visualizar la verdadera cultura del pueblo yéndose por el sumidero. También leí que sobre gustos no hay nada escrito, un dicho irritante por la falsedad y pereza que contiene, porque sí hay escrito mucho, empezando por Juan de Mairena cuando defendía aquella “escuela popular de sabiduría superior”.

http://cultura.elpais.com/cultura/2016/11/04/actualidad/1478275593_940240.html

lunes, 3 de octubre de 2016

"No siempre fija y da esplendor", por Arturo Pérez-Reverte.


Este artículo de hoy es una disculpa y una confesión de impotencia. Durante los trece años que llevo en la Real Academia Española he recibido, como otros compañeros, numerosos comentarios, sugerencias y peticiones de ayuda. Se nos han enviado repetidas muestras de disparates lingüísticos vinculados a la política, al feminismo radical, a la incultura, a la demagogia políticamente correcta o a la simple estupidez; de todo aquello que, contrario al sentido común de una lengua hermosa y sabia como la castellana, la ensucia y envilece. Y debo decir, en honor a la Academia, que a lo largo de todo ese tiempo he asistido a muchos intentos por ayudar a quienes piden consejo o amparo ante la estupidez, la arbitrariedad y el despropósito. Por dar respuesta eficaz a las quejas de ciudadanos indignados con el maltrato que de la lengua se hace en medios informativos y televisiones, apoyar a padres a cuyos hijos se impide estudiar en castellano, orientar a funcionarios de autonomías donde las autoridades locales imponen disparates que violentan el sentido común, o defender a quienes son víctimas de acoso por no pretender sino ejercer su derecho a hablar y escribir con propiedad la lengua española.

Sin embargo, muy rara vez la Academia ha hecho oír en público la voz de su autoridad. Sólo recuerdo un caso en trece años, pese a que cada denuncia, cada sugerencia razonable, ha sido llevada a los plenos de los jueves por algunos de nosotros pidiendo intervenciones menos discretas y más contundentes. El último debate fue antes del verano, cuando funcionarios y profesores andaluces pidieron amparo ante unas nuevas normas que pueden obligar a los profesores, en clase, a utilizar el ridículo desdoblamiento de género que, excepto algunos políticos demagogos y algunos imbéciles, nadie utiliza en el habla real. Eso nos llevó en la RAE a un animado debate, en el que algunos, incluido el director, nos mostramos partidarios de escribir una carta a la Junta de Andalucía para señalar ese despropósito. Pero la iniciativa, cual todas las anteriores sobre esta materia, no salió adelante. La Academia, como tantas otras veces, volvió a guardar silencio.

Esto requiere una explicación. En la Academia, los acuerdos se toman por unanimidad o mayoría; pero allí, como en otros lugares, hay de todo. Eso incluye a acomplejados y timoratos. Es mucha la presión exterior, y eso lo comprendes. No todo el mundo es capaz de afrontar consecuencias en forma de etiqueta machista, o verse acosado por el matonismo ultrafeminista radical, que exige sumisión a sus delirios lingüísticos bajo pena de duras campañas por parte de palmeros y sicarios analfabetos en las redes sociales. Lo notas en las miradas cómplices o aprobatorias cuando planteas algo conflictivo, miradas que luego contrastan con los silencios a la hora de mojarse o de votar. «Para qué nos vamos a meter en política», argumenta alguno, para quien meterse en política es todo aquello que nos lleve a opinar en público. Incluso la iniciativa –hasta hoy frustrada– de que la RAE presente y difunda un informe anual sobre el estado de la lengua, la consideran injerencia.

El único ejemplo reciente de coraje público lo dimos cuando Ignacio Bosque, quizá nuestro más brillante compañero, presentó su famoso informe contra la estupidez de género y génera. Aun así, el profesor Bosque lo hizo como iniciativa personal, y algunos académicos se negaban a refrendarlo hasta que tuvieron que plegarse a la mayoría. Aquello era, apuntaban como siempre, «meternos en política».

Y es que, como dije antes, en la RAE hay de todo. Gente noble y valiente y gente que no lo es. Académicos hombres y mujeres de altísimo nivel, y también, como en todas partes, algún tonto del ciruelo y alguna talibancita tonta de la pepitilla. En Felipe IV sigue cumpliéndose aquel viejo dicho: hay académicos que dan lustre a la RAE, y otros a los que la RAE da lustre. Que acabaron ahí por carambolas, cuotas o azares, y deben a la Academia buena parte de lo que son, o aparentan ser, ahora.


Pero en fin. Unos cuantos académicos lo seguiremos intentando. La RAE lo merece: notario de la lengua española y vértebra capital de una patria de 500 millones de hispanohablantes cuya bandera es El Quijote. A veces, es cierto, en episodios como los que acabo de narrar, apetece coger la puerta e irse; pero no es cosa de regalar esa satisfacción. Mejor seguir dentro dando por saco, peleando por el sentido común, llamando cada jueves pusilánimes a los que lo son, y estúpidos a quienes creen que por meter la cabeza en un agujero no se les queda el culo al aire.

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Publicado en XL Semanal el 2 de octubre de 2016


miércoles, 13 de enero de 2016

"¿Cómo ser feliz?", por Manuel Hidalgo.


Leo que la pregunta más 'gugleada' por los españoles durante el año ha sido ésta: "¿cómo ser feliz?". Así está el patio. Los españoles nos preguntamos mayoritariamente cómo ser felices y confiamos en encontrar la respuesta en internet. Todavía no sé qué me produce más melancolía, si la pregunta en sí o la confianza en que Google proporcionará la respuesta. Los españoles, por lo visto, ni somos felices ni sabemos cómo serlo, y, para colmo de males, tampoco sabemos que internet es el medio menos aconsejable para encontrar la felicidad.

Alain dejó dicho que para ser feliz -para intentarlo, al menos- hay que mirar a lo lejos. Internet está a un palmo de nuestras narices. Mal asunto.

He tecleado la pregunta "¿cómo ser feliz?". He encontrado casi 14 millones de resultados. No he tenido tiempo de leerlos. Tampoco he tenido tiempo de preguntar "¿cómo tener tiempo?". Pero algo va mal: o todas las respuestas a la pregunta sobre la felicidad son la misma, o existen 14 millones de respuestas. Esto último no me extrañaría nada, ya que el método para ser feliz es algo tan personal que, forzosamente, ha de tener muchas versiones. Inútiles casi todas, ya que lo normal es ser infeliz por más que te propongas lo contrario.


Manuel Hidalgo. El Mundo. (18 de diciembre de 2015)


domingo, 1 de febrero de 2015

"Cautivos", por Javier MARÍAS.



Yo creo que nunca se ha hablado tanto como ahora y que nunca se ha tenido tan poca conciencia de hablar tanto. Es como una enfermedad. A veces, en un tren o en la sala de espera de un aeropuerto, oigo a alguien charlar por teléfono y me pregunto si su interlocutor se habrá dormido, o habrá dejado su móvil y se habrá puesto a sus cosas. Lo que es seguro es que no habrá sido capaz de meter baza, de soltar una parrafada, a lo sumo estará intercalando de tarde en tarde un “Ya” o un “Ajá”, no habrá encontrado resquicio para más. Ya que estoy obligado a escuchar la riada, intento enterarme al menos de lo que cuenta el verborreico, de comprender el problema que plantea o seguir su narración. Casi nunca hay manera. La catarata es desordenada, digresiva hasta el infinito, ni siquiera se produce eso que a todos nos ocurre a veces, pararnos un instante y preguntarnos: “¿Por qué estoy hablando de esto? ¿Qué me ha llevado hasta aquí? ¿Cuándo y por qué me desvié de lo que quería decir? De hecho, ¿qué quería decir, por qué llamé?” No, a menudo lo que oímos es un torrente sin ton ni son y sin fin, concluye sólo cuando el hablador llega a destino o ve que su vuelo va a despegar, y en alguna ocasión cuando la otra persona, cautiva, anuncia que tiene que colgar, que no puede retrasar más sus quehaceres. No es raro, sin embargo, que entonces el charlatán intente retenerla un poco más: “Bueno, pues adiós. Ah, una última cosita”, que se convierte en un montón de minutos más.

No es muy distinta la situación sin teléfono por medio, por ejemplo en las tiendas, en las que los dependientes –gremio digno de compasión– suelen ser capturados por los clientes sin prisa, esos que preguntan ochocientas cosas o explican por qué quieren comprar lo que quizá acaben comprando, es un regalo para su sobrino, a quien el año anterior obsequió algo que no le gustó, y es que los jóvenes son difíciles de satisfacer, y de ahí resulta fácil hilvanar todo un discurso sobre la incomunicación entre las generaciones, o bien precisar que la hermana, la sobrina, sí es en cambio contentadiza, resulta asombrosa la tendencia de mucha gente a radiar sus divagaciones mentales y a relatar su cotidianidad a quien se le ponga delante, venga o no a cuento y sin que medie una sola pregunta que desencadene el borbotón. Si la voz de la máquina parlante es además desagradable o estridente (muchas hay así; nos fijamos poco en las voces, pero pueden ser instrumentos de tortura), no entiendo cómo no se dan más suicidios entre los dependientes, o cómo no cometen asesinatos impremeditados. No me explico cómo las tiendas no están sembradas de cadáveres.

Yo me he sentido cautivo cuando me ha tocado dar una charla. Y no cautivo de mí mismo, aunque uno sea proclive a enrollarse por temor al vacío y a decepcionar a los oyentes; sino de quien me presentaba en el lugar de turno. Me he acostumbrado a temer como a la peste dos frases iniciales frecuentes en los anfitriones: una es “Voy a ser muy breve”, porque, extrañamente, quien anuncia eso siempre miente; la otra es “El autor que hoy nos visita no necesita presentación”, porque acto seguido empieza una retahíla de cuanto he hecho en la vida, e incluso el presentador llega a “pisarme” anécdotas o reflexiones que ha leído en otra parte pero que el público de ese día no tenía por qué conocer. He estado tentado de comenzar mi intervención –cuando por fin se me ha cedido la palabra– diciendo: “La verdad es que después de tan cabal exposición no me queda nada que añadir”. Recuerdo una oportunidad, en una ciudad, en la que contaba con el tiempo justo para la charla y luego debía correr a coger un tren. El presentador hablaba y hablaba y yo miraba el reloj y veía cómo se consumía el plazo sin poder decir ni mu. Se suponía que la gente había acudido para oír mis sandeces, no las del presentador. Pero a éste le daba igual, o no se daba cuenta, no tenía conciencia de que pasaba el tiempo, de que yo me habría de ir sin remedio sin apenas pronunciar palabra ni por supuesto firmar un solo ejemplar. Lo mismo me sucedió otra vez en un instituto. Mi charla ocupaba una hora de clase, luego disponía de sólo esa hora y a los chicos los aguardaba otra clase inmediatamente después. No obstante, el profesor que decidió presentarme (al cual sus alumnos ya oían a diario) habló durante unos cuarenta minutos, y como no tenía visos de ir a parar, hubo un momento en que me atreví a sugerir: “Esto casi que lo voy a contar yo mismo, que me lo sé mejor”, y así dispuse de un cuarto de hora, más que nada para que los estudiantes no se sintieran totalmente estafados y estupefactos. Me pregunté para qué diablos se me había invitado a escuchar una conferencia sobre un sujeto para mí tan sobado.

La cosa es general, no crean, y sucede en los ámbitos más elevados. En los plenos de la Real Academia Española, a los que asisten unos treinta individuos no precisamente ignorantes, todo el mundo se lleva las manos a la cabeza (más bien mentalmente, pero a veces resulta imposible que no se nos escape el gesto) cuando dos miembros toman la palabra, porque es seguro que nos impartirán una entera lección a los demás, de no menos de veinte minutos y remontándose a la prehistoria. No hace falta que les diga que también los académicos estamos tan cautivos entonces como el más paciente tendero, ese gremio tan sufrido y tan digno en verdad de compasión. Ténganle piedad.

JAVIER MARÍAS


El País Semanal, 1 de febrero de 2015


domingo, 24 de febrero de 2013

"Villanía léxica", por Javier MARÍAS


Un atento lector, en carta publicada aquí hace dos semanas, confesaba haberse llevado “una sorpresa desagradable” por mi utilización en un artículo del término “discapacitados”, y me sugería que lo “retire” de mi vocabulario. Le agradezco el consejo, y que me proponga en su lugar “personas con discapacidad” o “funcionalmente diversas”. Pues no, lo lamento. Ni este amable lector ni otros parecidos, con espíritu de policías del lenguaje, parecen caer en la cuenta de dos cosas: a) a un escritor (no a un funcionario ni a un notario) no se le puede pedir que renuncie a la riqueza y a la precisión de su lengua, y menos aún que adopte vocablos artificiales, nada económicos, a menudo feos y siempre hipócritas, que tan sólo constituyen aberrantes eufemismos, como si no sufriéramos ya bastantes en boca de los políticos; b) lo que molesta en general no son las palabras, sino lo denominado por ellas. Hay significados que antes o después acaban por “contaminar” o “manchar” el significante. Se juzgaron humillantes “lisiado” o “tullido”, cuando lo cierto es que existen y siempre han existido lisiados y tullidos, como también mutilados (en el metro de mi infancia no eran raros los carteles que rezaban “Asiento reservado a los caballeros mutilados”). Se forjó entonces “minusválidos”, pero al cabo del tiempo eso pareció asimismo ofensivo, y se pasó a “discapacitados”, que ahora, compruebo, es condenable. Cualquier cosa que se invente acabará por resultarle denigrante a alguien, no les quepa duda. Y, lo siento mucho, pero en español quien no ve nada es un ciego, y quien no oye nada es un sordo. Lo triste o malo no son los vocablos, sino el hecho de que alguien carezca de visión o de oído.

Lo mismo ocurre con las palabras que denominan actividades o lugares digamos “embarazosos”. “Váter”, “retrete” o “excusado”, que hoy nos suenan horteras si no groseros (nadie anuncia “Me voy al retrete”), fueron en su día eufemismos, tan neutros y carentes de connotaciones sucias que “váter” era de hecho un extranjerismo, adaptación y abreviatura de “water closet”, es decir, de “gabinete del agua” en inglés, literalmente. El significado ha ido invalidando, uno tras otro, todos los significantes elegidos. Otro tanto sucedió con “Negro”, en inglés un extranjerismo, un españolismo. Cuando se consideró que era peyorativo, se sustituyó por “coloured people”, “gente de color”, hasta que eso pareció también discriminatorio, pues ¿acaso no tenía algún color todo el mundo? Entonces se pasó a “blacks”, lo mismo que “negro”, sólo que en inglés ahora. Pero eso tampoco duró más que unos años, y se inventó la ridiculez de “African Americans”, que los españoles racistas (esto es, los que evitan los términos meramente descriptivos y naturales) se apresuraron a traducir, y además añadieron esa otra ridiculez de “subsaharianos” para referirse a los negros que nada tienen que ver con América. Estén seguros de que alguien protestará en el futuro: “¿Por qué hemos de especificar nuestro remoto origen y llamarnos ‘afroamericanos’, cuando los blancos no especifican el suyo y no se llaman ‘euroamericanos’? Volvemos a estar discriminados”. Y así podríamos seguir poniendo incontables ejemplos. Lo único que se consigue con esta quisquillosidad insaciable es desnaturalizar y desvirtuar las lenguas, convertirlas en algo plano, inexacto e inservible. Lo he dicho otras veces, pero se ve que toca repetirlo.

Lo curioso de España es que ,mientras se ejerce esta estricta vigilancia de lo “incorrecto”, a nadie le preocupa –qué contraste– que seamos un país inverosímilmente zafio y grosero. Cada vez que se le queda un micrófono abierto a un político; cada vez que aparecen grabaciones o emails entre ellos o entre personas en principio educadas y con responsabilidades, nos encontramos con tacos o con alusiones sexuales de dudoso gusto: entre las más recientes, la firma “Duque de em…Palma…do” a cargo del Duque de Palma, y “Ahí has estado muy torero”, como le escribía un fulano a otro que se había jactado de tirarle los tejos a esa amiga del Rey llamada Corinna. ¿Sonamos todos así, cuando estamos en privado? Tengo amigos que así suenan a veces, y algún taco suelto yo de tarde en tarde, no voy a negarlo; pero la mayoría no, en absoluto. En realidad no hace falta rebuscar en las charlas privadas. Encendí la televisión ayer, y de buenas a primeras, en horario estelar, me saludó esta frase en una serie nacional de gran éxito: “Como me sigas haciendo chorrear, me van a salir escamas en el potorro”. No estoy muy seguro de haberla entendido, pero creo que sí, y no es de recibo, ni en un diálogo humorístico. Luego, en una tertulia, dos bestiajas muy queridas y populares me soltaron, respectivamente: “Tengo unos ovarios así de grandes y los pongo encima de la mesa”, y “Lo digo porque me sale del chichi”. Todo esto se considera normal, o incluso gracioso. Para mí es una degradación, no ya del lenguaje que todo lo admite, sino de la cortesía mínima entre personas. Esta “normalidad” sería inimaginable en Gran Bretaña, en los Estados Unidos, en Francia y Alemania, y también en Italia, que se nos parece más, pero no en esta villanía léxica deliberada y celebrada. Aquí se cree que la forma de hablar no influye en los comportamientos. A mi parecer lo hace, y mucho, y así no es de extrañar que nos hayamos convertido en un país rastrero y corrupto, que no se tiene el menor respeto a sí mismo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 24 de febrero de 2013

http://javiermariasblog.wordpress.com/2013/02/24/la-zona-fantasma-24-de-febrero-de-2013-villania-lexica/

domingo, 3 de febrero de 2013

"Paisaje de batalla", por Sergio RAMÍREZ



Nicholas Carr es el autor de un libro publicado en 2010 esencial para entender nuestra cultura del siglo XXI. Se trata de Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? “En los últimos años”, comenta, “he tenido la molesta sensación de que alguien travesea en mi cerebro, varía el mapa de mi circuito neuronal, reprograma mi memoria”. Cambios progresivos en el comportamiento de las neuronas y mudanzas en la corteza cerebral que alterarán para siempre nuestras vidas porque vamos camino de pensar de otra manera desventajosa para nosotros mismos, o pensar menos, y un día dejar de pensar del todo.

Ya en un artículo de dos años atrás aparecido en la revista The Atlantic, titulado “¿Nos está volviendo Google estúpidos?”, advertía que al convertirse uno en habitante de ese extraño nuevo mundo “en línea”, vamos limitando nuestra capacidad de lidiar con textos profundos e ideas complejas. Podemos ver nuestro rostro en la superficie de esas aguas, pero nos vamos volviendo incapaces de advertir el universo que subyace debajo, que es nada menos el de la cultura y la ciencia en toda su complejidad.
[…]

La predicción decía que para el año 2015 ya los libros de papel habrían dejado de publicarse. Un fenómeno colosal si tomamos en cuenta que las tabletas Kindle aparecieron en el mercado apenas cinco años atrás. Pero a estas alturas las ventas de tabletas han empezado a decrecer, una vez pasada la novedad inicial. Es más, diseñadas al principio para bajar y almacenar libros, ahora sirven para muchas otras cosas, correo electrónico, música, fotografía, vídeos, juegos. Un artilugio que solo es útil para leer, no tiene atractivo para el consumidor corriente.

Una encuesta de fines del año pasado, hecha por el Pew Research Center, muestra que en Estados Unidos el porcentaje de adultos que lee en forma electrónica creció apenas cinco puntos, del 16% al 23%; pero el 89% de los entrevistados dice que en los últimos 12 meses leyó al menos un libro impreso, y solamente el 30% declara haber leído algún libro electrónico en el mismo periodo. Y otro dato no menos revelador: la Asociación de Editores informa que la venta de libros electrónicos cayó en un 34% en 2012. Y otra encuesta dice que ha caído también el índice de compras de tabletas de lectura, y un 60% del público no tiene ningún interés en hacerse de una.

Los libros que uno quiere conservar, que despiertan empatía con el lector, los que abren mundos nuevos, enseñan sobre los misterios de la vida y nos cuentan la historia pública a través de las historias de los seres humanos; esos seguiremos guardándolos después de leerlos, irán a los estantes, depositados con amor y cuidado, y no al tacho de la basura.

Seguirán siendo nuestra propiedad, podremos acariciarlos, olerlos, tocarlos. Mientras tanto los libros electrónicos no son propiedad de nadie, o siguen siendo propiedad de quien te cobra para poder bajarlos, y tampoco puedes prestarlos, ni hallarlos en una librería de segunda mano, que son las más gratas, misteriosas y sorpresivas.

http://elpais.com/elpais/2013/01/24/opinion/1359028500_479334.html

miércoles, 30 de enero de 2013

Texto sobre la música, por Laura GORDON


Dejo este texto que una compañera de 2º de bachillerato ha escrito explicando lo importante que es la música en su vida. Creo que es un texto que merece mucho la pena y por ello lo comparto con vosotros.



Camino de Barcelona, saliendo de Madrid.

Este recuerdo no pertenece a mi memoria, pero las risas que mis padres, mi hermana y yo nos echamos cada vez que mi padre lo cuenta, no se borrarán nunca. Se que en ese viaje comenzó mi amor por la música. Nada más y nada menos que veintitrés veces tuvo mi padre que soportarme, con apenas año y medio, durante horas, diciendo "¡póniela otia ves, otia ves!". Esas veintitrés veces fueron las que mi padre puso, una y otra vez, una canción de Luis Miguel (cantante de boleros) a la que yo bauticé "brazos extraños" en el coche.

Recuerdo tardes enteras en mi salón, mis padres leyendo o charlando, yo mirando una pecera que teníamos con dos peces que no paraban de atacarse el uno al otro... y, cómo no, compartiendo música. La cantidad de veces que he bailado a la par aplastándole los pies a mi padre, el mueble de discos, las vacaciones en coche compartiendo la misma música...

Es por ello que pienso que la música ha sido imprescindible en mi vida. Doy gracias por haber disfrutado durante mi infancia todas esas tardes, esos viajes, esas risas bailando por el pasillo. Doy gracias por la cantidad de sensaciones que la música me ha arrancado, ya entrando en la adolescencia, hasta ahora.

Y es que no consigo imaginarme un día sin escuchar aunque sea una canción; y digo "imaginarme", porque no ha pasado aún un día en el que el ritmo, las letras, las voces, los falsetes, los bailes o los gallos en la ducha no se hayan producido.
Siento la música, la vivo, la respiro.

Es algo tan emocionante, que cuando descubro a alguien a quien no le gusta la música, no sé si envidiarle o sentir pena. Envidiarle, porque no depende de ella como un borracho de la bebida. Sentir pena, por la cantidad de cosas buenas que ha sido capaz de arrancarme a mí la música.

Toda clase de ritmos, toda clase de temas... el abanico es muy grande. Tiemblo mientras escribo, ciertamente la música es mi vida, es mi desesperación si no está sonando en algún momento de mi día a día.

Recuerdo cómo lloré en uno de los mejores viajes de mi vida; en un autobús con todos mis compañeros rumbo a algún lugar de Italia. Cómo mientras muchos dormían yo lloraba, temblaba y hasta tenía hipo escuchando la voz de Pavarotti traspasar los altavoces y acariciar mi corazón.

Vuelvo a sonreír... son tantas las veces que he llorado, que he reído, que he sentido cómo los escalofríos bailaban por mi cuerpo, y cómo el vello se me erizaba... que no soy capaz de describirlo.

Y es que hay cosas que por mucho que tratemos de explicar, nada mejor que una canción para traducir todas esas sensaciones aprisionadas, perdidas sin encontrar la salida de emergencia.

No hay palabras, pero sé que de alguna manera podría hablar de esto toda la vida.


viernes, 18 de enero de 2013

Arturo Pérez-Reverte: "Corbatas de toda la vida". (Texto para comentar)


A buenas horas, malditos. Llevo décadas blasfemando en arameo, desesperado, buscando corbatas estrechas como Dios manda, jurando a los doctrinales cada vez que entraba en una tienda engañado por un escaparate y salía con las manos vacías. Media vida arreglándomelas a mi aire, gracias a los amigos y a las reservas de antaño, echando espumarajos cada vez que me topaba con uno de esos baberos fosforito o multicolor de nudo grueso que políticos y presidentes de clubs de fútbol -siempre confundo a unos con otros, debido a su pulcra sintaxis-, pusieron de moda a base de telediarios. Todo ese tiempo, oigan, ciscándome en los diseñadores y fabricantes de corbatas. Y ahora, después de tantos años obsesionado hasta la psicopatía por encontrar corbatas idóneas, tras explorar, inasequible al desaliento, ciudades y países abalanzándome sobre toda corbata estrecha que veía, y de alzarme con ella soltando escalofriantes carcajadas propias del profesor Moriarty, resulta que vuelven las corbatas estrechas. Así, tal cual. Por la cara. Que la serie Mad Men y algunas otras tendencias retro por el estilo han decidido a los diseñadores de moda, mal rayo los parta por el eje, a estrechar corbatas. Pero a buenas horas, digo yo. Tengo sesenta y un tacos de calendario, y a estas alturas de guardarropa me pilláis con el armario lleno. Ni una me cabe ya. Cacho cabrones.

Algunos de ustedes, veteranos de esta página, quizá lo recuerden. Hace años me quejé aquí del ancho de las corbatas. Las uso estrechas y sobrias, decía. De toda la vida. […]

Ahora cambia la tendencia, como digo, aunque tímidamente -cuesta liberarse de tantos años de hábito hortera-, y las corbatas estrechas vuelven a ser trendy, como dicen los idiotas para contarnos que algo está de moda. Dicho en normal, vuelven a verse por la calle y en los escaparates de algunas tiendas. Según los sitios, ya puede uno adquirir esos complementos con razonable normalidad. Y no saben lo que me alegro, porque el mundo y los telediarios serán ahora más soportables. Aunque para mí es demasiado tarde: mi modesto armario ropero, con previsión sistemática de hormiga atenta al invierno de la vida, está hoy más atiborrado de corbatas estrechas, conseguidas con sudor y sangre, que de dólares la piscina del tío Gilito. A despecho del inglés. De la moda y de la madre que la parió.

http://www.perezreverte.com/articulo/patentes-corso/736/corbatas-de-toda-la-vida/


viernes, 11 de enero de 2013

El valor de un gesto.


Aquí os dejo el artículo sobre el que tenéis que hacer vuestro texto argumentativo. En esta ocasión no os propongo un tema, sino una noticia. Se trata de que a partir de este artículo saquéis vuestras propias conclusiones universales. No pretendo que expliquéis si estáis de acuerdo o no, o si os parece o no bien. Tenéis que hacer una lectura del texto de la que obtengáis unas ideas que puedan aplicarse al nuestro comportamiento en el mundo actual, reflexionar sobre los valores por los que nos regimos; más o menos.



¿Solo la victoria cuenta? ¿Estamos seguros?

En La soledad del corredor de fondo, la novela y la película, el protagonista, un chaval de un reformatorio, un fenómeno del campo a través, se deja ganar en un cross por el representante de un colegio pijo. Lo hace como gesto de rebeldía, de libertad, para fastidiar a su carcelero-entrenador-profesor. Una acción hermosa que, dicen los entendidos en atletismo, es puramente peliculera, imposible en la vida real, añaden, pues un atleta, uno bueno, nunca se dejaría ganar.

Quizás la vida real ya no es lo que era. O el cross. Pero no el valor, o la rebeldía. O la necesidad de los gestos valientes, hermosos, esperanzadores.

Hace un par de semanas, el 2 de diciembre, Iván Fernández Anaya, atleta vitoriano de 24 años, se negó a ganar el cross de Burlada, en Navarra. “No merecía ganarlo. Hice lo que tenía que hacer”, dice Fernández Anaya, quien, cuando iba segundo, bastante distanciado del primero, en la última recta de la carrera, observó cómo el seguro ganador, el keniano Abel Mutai (un muy buen atleta: medallista de bronce en los 3.000 metros obstáculos de los Juegos de Londres) se equivocaba de línea de meta y se paraba una decena de metros antes de la pancarta. Fernández Anaya le alcanzó con rapidez, pero en vez de aprovechar la situación para acelerar y ganar, se quedó a su espalda y con gestos y casi empujándole le llevó hasta la meta, dejándole pasar por delante. “Él era el justo vencedor. Me sacaba una distancia que ya no podía haber superado si no se equivoca. Desde que vi que se paraba sabía que no iba a pasarle”.

A Fernández Anaya, que estudia un módulo de FP pues no piensa que en el futuro se pueda vivir del atletismo, le entrena en Vitoria Martín Fiz. Lo hace en el mismo lugar, el Prado, en la misma senda física que no filosófica, en la que el famoso vitoriano sumó kilómetros y kilómetros para llegar a proclamarse campeón de Europa y del mundo de maratón. “Fue un gesto de honradez muy bueno”, dice Fiz. “Un gesto de los que ya no se hacen. Mejor dicho, un gesto de los que nunca se han hecho. Un gesto que yo mismo no habría tenido. Yo sí que me habría aprovechado para ganar”.

Cuenta Fiz que el detalle le honra a su pupilo. “El gesto le ha hecho ser mejor persona pero no mejor atleta. Ha desaprovechado una ocasión. Ganar te hace siempre más atleta. Se sale siempre a ganar. Hay que salir a ganar”, dice Fiz, quien recuerda cómo en el Mundial del 97 en Atenas él fue tirando todo el maratón y no pudo despegar a Abel Antón, quien en los últimos metros le atacó y le ganó con facilidad después de haberse aprovechado de su trabajo. “Y yo sabía que iba a pasar eso. Sabía que a menos que se le subiera un gemelo o le pasara un percance, Antón me ganaría. Pero la competición es así. No habría sido lógico que Antón me dejara ganar”.

Fernández Anaya se entrena en el Prado todos los días y cuando se lo permiten los estudios, unos tres días a la semana, en sesión doble. Los técnicos dicen que está a un paso de la elite española del cross, y ya figura entre los que mejor marca tienen en 5.000 metros. Dicen que no le falta nada para llegar al menos a la selección española para el Mundial de cross, que es su objetivo esta temporada, aunque, según su propio entrenador, le puede la presión. “En las grandes competiciones se atenaza”, dice Fiz. “Le falta saber superar la presión, que es lo que diferencia a los campeones. Si no, habría estado en el reciente Europeo”.

“En el cross de Burlada apenas había nada en juego, ni tampoco mucho dinero, aparte del poder decir que había ganado a un medallista olímpico”, dice Fernández Anaya. “Pero aunque me hubieran dicho que ganando tenía plaza en la selección española para el Europeo, tampoco lo habría hecho. Otra cosa, claro, sería si en juego hubieran estado una medalla en el Mundial o en el Europeo. Entonces, creo que sí, que me habría aprovechado para ganar… Pero también creo que ha dado más nombre haber hecho lo que hice que si hubiera ganado. Y eso es muy importante, porque hoy en día, tal como están las cosas en todos los ambientes, en el fútbol, en la sociedad, en la política, donde parece que todo vale, un gesto de honradez viene muy bien”.

Carlos ARRIBAS. El País (14-XII-2012)

http://deportes.elpais.com/deportes/2012/12/14/actualidad/1355506756_770952.html


lunes, 26 de noviembre de 2012

"Tanto compartir...", por Javier MARÍAS



Disculpen mi ignorancia si en esta columna demuestro tenerla, como es probable, pero empiezo a estar preocupado por mis colegas escritores de todo el mundo y también por los cineastas, los dramaturgos, los compositores y cuantos se dedican a actividades "artísticas" que tradicionalmente han requerido concentración, esfuerzo, paciencia, continuidad, meditación y -a menudo- imprescindible soledad, sólo fuera para procurarse las demás cosas que acabo de mencionar. En un no muy interesante artículo del New York Times, "La presión de las multitudes", encuentro algún dato de interés. Por ejemplo, lo ocurrido con algunos proyectos que echaron a andar gracias a lo que se llama "crowdfunding", algo apenas distinto de las cooperativas de toda la vida. "El equipo responsable de Diaspora", contaba esa pieza, "que esperaba crear una abierta alternativa a Facebook, recaudó 200.000 dólares entre unas 6.500 personas, pero tres años después decidió crear otra empresa" (y, supongo, librarse así de la masa agobiante que lo había financiado en origen). Uno de los responsables "dice que estaban tan ocupados respondiendo correos electrónicos y fabricando camisetas para sus donantes que les quedaba poco tiempo para diseñar el programa informático. 'Nos empantanamos tratando de mantener relación con mucha gente', declaró". No me extraña, sobre todo si, además de exigir atención y que se le confeccionara una camiseta, cada donante quiso influir y que se tuviera en cuenta su opinión a la hora de diseñar el programa y crear la empresa. Es muy posible que así fuera, dada la tendencia al intervencionismo de la mayoría de la gente actual, más aún si ha pagado "algo" por participar.

También afirmaba ese artículo que "algunos pueden sentirse obligados a compartir" (la cursiva es mía). "La idea del escritor solitario está desapareciendo. El literato brasileño Paulo Coelho es partidario de la comunicación en Twitter y Facebook: 'La torre de marfil ya no existe', ha dicho". Hombre, por lo que escriba o deje de escribir Coelho no ando preocupado, la verdad. Pero sí por otros autores, cuya literatura sigo y aprecio, si se relacionan en demasía con las multitudes; si empiezan a "compartir" (verbo de moda, y odioso donde los haya) lo que imaginan y escriben con otros, antes de haberlo acabado. O si, como ya hacen algunos, abren la puerta a los lectores para que opinen sobre su nuevo proyecto y sugieran y hasta "colaboren", y encima presentan su disponibilidad como una innovación o una audacia. Ya los folletinistas del XIX se guiaban en sus entregas, a veces, por las querencias y las peticiones del público: daban más papel a un personaje que había caído en gracia o variaban los acontecimientos para complacer a sus seguidores. Solían pifiarla, en estos casos: edulcoraban las historias, las hacían previsibles. Las masas son previsibles y -como es lógico- gregarias, y lo que uno admira de un autor es, entre otras virtudes, su capacidad para sorprendernos y salirse de lo predecible. No sé, ¿se imaginan que Hitchcock hubiera consultado a sus fans si debía cargarse a la protagonista de Psicosis, con la que el espectador se ha identificado, antes de alcanzarse la mitad del metraje? Las multitudes se habrían llevado las manos a la cabeza y le habrían exigido que la mantuviera viva, sin duda, y Psicosis sería, como mínimo, una película mucho más convencional. ¿Se figuran a Flaubert preguntando si debía hacer morir a Emma Bovary o no? Conan Doyle mató a Sherlock Holmes Y tuvo que resucitarlo, en gran medida porque escribía sus aventuras en prensa y la muchedumbre se amotinó, y también -cosa importante- porque su propia madre lo conminó a devolverle la vida.

Hace ya muchos años recibí una amable carta de una señora. Tenía su futuro resuelto y se ofrecía a trabajar para mí como secretaria sin sueldo. Su única remuneración sería que yo le permitiera "asistir de cerca" a la creación de una novela mía. En seguida me imaginé las escenas: yo ante mi máquina, tecleando o pensando o corrigiendo a mano; ella, en una butaca próxima, preguntándome cada dos por tres: "¿Qué haces ahora? ¿Qué has puesto? ¿Has cambiado algo? ¿Qué estás pen­sando? ¿Alguna ocurrencia? ¿Cómo va a reaccionar este perso­naje?" Y con derecho a mirar, por encima de mi hombro, los borradores. Me habría paralizado, un infierno, me habría impedido escribir una línea. Si además le hubiera dado por opinar ("Me parece que ese adjetivo no va" o "No me gusta el cinismo de ese personaje"), creo que la habría estrangulado. Así que decliné su generoso ofrecimiento y me pregunto qué le pasa hoy al mundo para que tantos "se sientan obligados a compartir", a escuchar las ideas de cualquiera y a la ridícula "interacción", a dejarse vigilar y controlar, a fabricar camisetas en vez de diseñar programas. Si los escritores renuncian a ser los amos de los mundos que inventan; si se pliegan de antemano a las preferencias de sus clientes y ya no los pueden sobresaltar; si abandonan sus necesarias "torres de marfil" y se pasan media vida contestando correos y tuits, no les quepa duda: la literatura que nos interesa y deslumbra, a los individuos como a las masas, tendrá los días contados. En un libro uno habla y los demás escuchan -si quieren, claro está, nadie los obliga-. ¿Qué es eso tan pusilánime de que participen y hablen todos? Tiene nombre, y está reñido con la literatura: eso se llama un guirigay.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 25 de noviembre de 2012

domingo, 25 de noviembre de 2012

Carta abierta del astronauta Pedro Duque.


Invertir en ciencia... por nuestros hijos.


Es preciosa la leyenda de José y el Faraón, y contiene una gran sabiduría. La leyenda nos enseña que es precisamente en los tiempos de vacas gordas cuando los gobernantes han de prepararse para los tiempos de vacas flacas, que antes o después vendrán. Habrá que reflexionar qué habremos de hacer cuando las vacas gordas vuelvan, y apuntarlo bien, que luego se olvida. Ya que no supimos guardar un quinto del grano producido como hubiera recomendado José, es importante ahora poner mucho cuidado en cómo repartimos lo que tenemos.

Los presupuestos de una familia, de una empresa o de las Administraciones públicas tienen dos grandes capítulos donde emplean los fondos: gasto e inversión. Inversión es el uso de dinero con la expectativa razonable de recuperarlo y sacarle rendimiento; gasto, el uso de dinero que no nos genera esa expectativa. Si hablamos de los presupuestos públicos, se podría decir que el gasto lo hacemos para nosotros y la inversión la hacemos para nuestros hijos.

Creo obvio que la educación primaria, la universitaria, la promoción de la ciencia y la de la tecnología son inversiones porque se pueden esperar razonablemente de ellas rendimientos futuros. Veo con mucha preocupación que se trate estas partidas como si fueran gastos. Una escuela de calidad es la garantía de que los mejores talentos se desarrollarán y producirán una generación de científicos y tecnólogos dentro de 10 o 20 años. La Universidad accesible a todos, según sus méritos y su esfuerzo, asegura la continuidad de este proceso para dentro de cinco o 10 años. Y las inversiones en fomento de la ciencia y la tecnología promocionan la conversión de todo ese talento en innovación que revertirá en nuevos productos, patentes, servicios y, en general, en sólida exportación en plazos aún más cortos.

Para trasladarlo a un área cercana a mí, la idea de que se “gasta mucho” en programas espaciales debe desterrarse por dos motivos. En primer lugar porque no se gasta sino que se invierte. Estudios económicos de entidades tan prestigiosas como la OCDE coinciden en que cada euro invertido en la actividad espacial reporta a la economía de un país entre 4 y 20 veces su valor: las posibilidades abiertas por el espacio hacen surgir infinidad de nuevos negocios y la innovación conseguida mejora los procesos de las demás industrias. En segundo lugar porque lo que se invierte no es mucho. Si repartiéramos entre todos los españoles la inversión pública de España en espacio cada año tocaríamos a... unos cuatro euros. En Europa la media es de 10, una décima parte que en EE UU. Comparémoslo con las cifras que se barajan por persona del coste de los rescates bancarios, por ejemplo. Y con esa pequeña inversión hemos conseguido que la industria y los científicos europeos sean líderes mundiales en lanzadores comerciales, satélites de comunicaciones, exploración planetaria y observación científica de la Tierra, por citar solo algunos ejemplos, y sin mencionar el efecto de las tecnologías espaciales sobre otros sectores.

En el caso español, ha costado muchos años de esfuerzo y tenacidad construir una consolidada y pujante industria espacial. Industrias, centros de investigación y universidades de nuestro país participan en prácticamente todos los programas de la Agencia Europea del Espacio (ESA), y han adquirido un gran prestigio en Europa. Llegar hasta aquí ha requerido mucho tiempo y mucho esfuerzo y es esencial mantener e intensificar las inversiones en este sector de tanta importancia estratégica.

No nos liemos ahora entre gasto e inversión, y no nos carguemos ahora las vacas flacas, sobre todo las que darán buena leche en cuanto tengan mejor pienso. Por nuestros hijos.

Pedro Duque es astronauta de la Agencia Europea del Espacio. (ESA)

Publicado en El País. (9 de noviembre de 2012)