sábado, 10 de diciembre de 2016
martes, 15 de noviembre de 2016
RIK EMMETT & RESOLUTION 9 - Res 9 (2016)
Una de las
consecuencias de todos los “avances” ˗no sé realmente en qué avanzamos˗ que
estamos viviendo/sufriendo es que hemos perdido la perspectiva. El poder de las
masas es cada vez mayor; sacar los pies del tiesto lo convierte a uno en un
estirado, un raro en el peor sentido de la palabra. Y con ello las
mediocridades han alcanzado la categoría de grandeza por el simple hecho de que
son admiradas por las mayorías tiránicas que no dejan espacio para que otras
realidades tengan lugar. Como consecuencia, hechos de gran dimensión pasan a
ser anecdóticos, migajas para esas minorías inadaptadas o directamente
vanidosas que por una ridícula cuestión de impostura (postureo hay que decir ahora, porque lo dicen todos), prefieren lo
que no quiere nadie. No hablo ya de trascendencia, sino de sensibilidad y no de
sensiblería.
Rik
Emmett. ¿Quién es ese tío y a quién le importa lo que
haga? ¿Lo conoce La Gente? ¿Entonces cómo va a ser relevante lo que haga?
Lamentablemente puede que sea cierto y a nadie le importe; en realidad a nadie
le importa. Aunque haya compuesto un disco digno de figurar entre lo más admirable
del último año, un disco lleno de humanidad, sentimiento, autenticidad, tacto y
espiritualidad. Poseedor de una voz peculiar, indudablemente reconocible, y una
capacidad para interpretar cada nota de un modo conmovedor. Quedan pocos así,
me temo. Pocos que no necesitan gritar para que sus admiradores se estremezcan
por sus aptitudes vocales, y así ellos puedan demostrarte lo bien que cantan.
Aunque sé que mi
digresión puede alcanzar la categoría de panfleto quejoso, me resulta
inevitable, pues cada vez más siento que el arte es, más que injusto, cruel,
ingrato, y que los artistas que de verdad merecerían ese tratamiento no lo
tienen y se lo llevan aquellos que aún no saben ni la mitad de lo que saben
éstos, y que confunden las sensaciones con el sensacionalismo.
Aun así, unos pocos
raros tenemos la fortuna de poder disfrutar, de sentir como verdaderas las
emociones que nos regala Emmett y sus RESolution9
en este disco maravilloso, que comienza como un álbum de rock & roll que
recuerda a sus Triumph, continúa
como uno de hard rock que sigue la línea de algunos de sus trabajos en solitario,
para pasar a ser un disco de blues melódico, rebosante de momentos mágicos y
conmovedores que lleva a un estado de plenitud momentánea a quien lo escuche
(es difícil que la plenitud dure mucho). Durante esos momentos deja de importar
casi todo lo que nos rodea, y eso en estos tiempos no tiene precio. La parte
final del trabajo recupera el tono más rock-pop con la impagable “Heads up” y
“Rest of my life” para cerrar definitivamente con “End of the line”, a dúo con Alex Lifeson y James LaBrie. Con ellos completa una construcción con sentido total,
pues Lifeson colabora en la anterior “Human Race” y LaBrie en la bellísima “I
sing”, una de las mejores canciones del disco. “I sing” muestra la solución
catártica que supone la música, con unos coros femeninos casi góspel y unas
melodías sobrecogedoras. A ésta le sigue “My cathedral”, de evidentes
resonancias religiosas, y a continuación “The ghost of shadow town” mantiene
maravillosamente el tono vestido de blues. No es extraño, ya que los músicos
que acompañan a Emmett están curtidos en el blues y el jazz. Dave Dunlop, inseparable en los últimos
años de Emmett, hace una labor espectacular a las guitarras, Steve Skingley está fantástico al bajo
y lo mismo se puede decir de la batería de Paul
Delong. Como el mismo Rik dice, “no se puede llevar a cabo este tipo de
proyectos al cien por cien por una única persona”.
Y hablando de
compañías, la esperada canción con sus compañeros de Triumph, Gil Moore y Mike Levine no es lo que muchos esperan: es mejor. “Grand parade”,
que aparece como bonus track, algo muy significativo, es una canción
semiacústica magistral, que le remueve a uno por dentro, emotiva y dolorosa.
RES
9
es una especie de recorrido por la historia musical de Rik Emmett en el que
están muchos de los períodos musicales por los que ha pasado. Desprende un
envidiable optimismo pero, lejos de contagiarme, no puedo evitar sentir una
extraña melancolía.
RIK
EMMETT & RESOLUTION9
RIK
EMMETT: CANTANTE, GUITARRA
DAVE
DUNLOP: COROS, GUITARRA
STEVE
SKINGLEY: COROS, BAJO
PAUL
DELONG: BATERÍA
sábado, 5 de noviembre de 2016
"La cobra del pueblo", por Elvira LINDO.
A pesar de las redes y de la sobreinformación
todavía quedan, a día de hoy, algunas personas inocentes. Benditas sean. Mi
marido me llama desde su cuarto porque tiene una duda.
—¿Qué es hacer la cobra?— pregunta.
—Dícese del gesto ondulante que hace una persona con
la cabeza hacia atrás para evitar un beso que no desea.
—Ya. Pues mira qué titular viene hoy en primera (da
igual el periódico, fueron todos): “Así se vivió en Podemos la cobra de Bisbal
a Chenoa”. Pero… ¿es que nos estamos volviendo todos idiotas?
Le advertí de que no lo dijera muy alto porque
conviene aceptar un hecho insoslayable: hace años que la gente dejó de ser gente
para convertirse en audiencia, y que la audiencia ha decidido que lo que más
público tenga es lo que importa. Por su parte, los políticos, siempre
dispuestos a halagar a sus posibles votantes, han asumido que al programa con
más audiencia se le bautiza como “cultura popular”, y como es cultura y es
popular hay que sumarse a su éxito. Disentir de lo que las masas aplauden, le
advertí, es de snobs y elitistas.
Luego
está la deriva de la televisión pública. [...] Nadie se pregunta, por ejemplo, por qué en los
denostados 80 llegó a haber en TVE hasta 18 programas musicales y ahora todo se
reduce a una especie de shows en los
que lo emocional de los intérpretes cuenta más que su arte. Como consecuencia,
si usted y yo no conocemos los grupos musicales que recorren ahora mismo en su
camioneta las carreteras de España es porque la tele pública les ha negado su
espacio. Lo que no se ve se convierte en minoritario, y lo minoritario, según
esos defensores a ultranza de lo masivo, es elitista. Y así todo. O sea, que si hay algo masivo que te
disgusta o de lo que ni tan siquiera quieres enterarte eres un aburrido, un
arrogante y un cursi. Lo guay es sumarse a la masa. No siempre fue así: ocurría
que la cultura popular nacía del pueblo e iba conquistando los corazones de la
gente, el proceso era de abajo arriba; en cambio, ahora, promovida por las
grandes corporaciones, la música es un producto impuesto desde arriba de manera
tan avasalladora que acaba colonizando a los que no tienen otro hueso que roer.
Al negocio se suman aquellos que de manera condescendiente bautizan lo masivo
como cultura del pueblo. De esta forma, justifican la baratura que se ofrece en
el espacio público e ignoran sin mala conciencia ese arte verdadero que hunde
sus raíces en lo popular o en lo pop.
Suele decir Woody Allen que la música que ilustra
sus películas es la que él escuchó de niño en la radio. Para sus oídos
infantiles, ni Ella Fitzgerald ni Louis Armstrong eran músicos elevados
difíciles de comprender, al contrario, resultaba muy sencillo aprenderse y
cantar sus melodías. Tuvo la suerte de haber crecido cuando la música popular
que sonaba en la radio al alcance de cualquiera era excelente. También lo fue
cuando llegaron otros ritmos en los 60 y en los 70. Y podría ocurrir ese
milagro hoy en nuestro país si los medios públicos fueran fieles a su esencia y
promocionaran el talento.
Esta semana, la dichosa cobra abrió el telediario de
TVE. Esta semana, leí la palabra elitista como insulto tantas veces en los
medios españoles que llegué a visualizar la verdadera cultura del pueblo
yéndose por el sumidero. También leí que sobre gustos no hay nada escrito, un
dicho irritante por la falsedad y pereza que contiene, porque sí hay escrito
mucho, empezando por Juan de Mairena cuando defendía aquella “escuela popular
de sabiduría superior”.
http://cultura.elpais.com/cultura/2016/11/04/actualidad/1478275593_940240.html
martes, 18 de octubre de 2016
Texto de Antonio Machado para comentar (Generación del 98)
Allá, en las tierras altas,
por
donde traza el Duero
su
curva de ballesta
en
torno a Soria, entre plomizos cerros
y
manchas de raídos encinares,
mi
corazón está vagando, en sueños...
¿No ves, Leonor, los álamos del río
con
sus ramajes yertos?
Mira
el Moncayo azul y blanco; dame
tu
mano y paseemos.
Por
estos campos de la tierra mía,
bordados
de olivares polvorientos,
voy
caminando solo,
triste,
cansado, pensativo y viejo.martes, 11 de octubre de 2016
"Sing Street" (John Carney, 2016)
Las escenas de
despedida podrían suponer casi un subgénero dentro de la historia del arte
cinematográfico. Algunas de ellas están en la memoria –y en el corazón– de
cualquier aficionado. Se podría hacer una selección, a modo Cinema Paradiso, y tendríamos algunos de
los momentos más hermosos que jamás se hayan visto en una pantalla.
John
Carney ha filmado, con Sing
Street, una nueva obra con la música como protagonista, cuyos personajes,
como en las anteriores, tocan y cantan, en la que lo musical no es el fondo,
sino también la forma. Sería este nuevo filme el tercero de una especia de
trilogía del musical contemporáneo junto a Once
y Begin again. En todas ellas el
proceso de creación artística va ligado a la evolución de los personajes, las
canciones que ellos cantan cuentan su historia. Hay en ellas, también, un doble
plano que en Sing Street se
explicita: la alegría, la felicidad que proporciona la música tiene un fondo
casi irrenunciable de tristeza. “Happy sad” lo llaman.
Ambientada a mediados
de la década de los ochenta, Sing Street
nos presenta a un adolescente al que sus padres trasladan de colegio a causa de
las dificultades económicas por las que pasan. Llega a un centro religioso que
parece sacado de un videoclip de la época con alumnos macarras, profesores
sádicos, y matones de medio pelo. Para acceder a una chica que le gusta, este
joven le propone aparecer en el videoclip de una canción que va a grabar con su
banda de música, banda que, la chica no lo sabe, aún no ha formado. El proceso
de creación del grupo, las canciones, y las experiencias de la vida de Conor
que van quedando plasmadas en cada uno de los temas que compone, son la
partitura narrativa de la película, una película que presenta lo que ha
significado la música para generaciones de jóvenes, ese mundo que permite
escaparse y protegerse de las tristezas que nos acompañan a diario y que muchas
veces son el reflejo de todas ellas. Mientras los padres del joven discuten y
se separan, él y su hermano suben el volumen del reproductor para no escuchar
sus voces y discusiones. Precisamente en la relación de Conor con su hermano
mayor tenemos algunos de los mejores momentos de la película.
Parece una historia que
se ha contado muchas veces, es una historia que se ha contado muchas veces,
pero no importa. Como en las películas anteriores de Carney, la emoción
conquista casi todas las escenas, la inocencia de sus personajes obliga a
empatizar con ellos sin remedio. Y cuando uno quiere reaccionar ya es prisionero
en la celda del pentagrama que Carney ha compuesto con generosas dosis de
romanticismo, tristeza, humor y optimismo. La doble capa de felicidad/tristeza,
happy sad, que envuelve la historia
hace que el espectador sonría mientras intenta contener las lágrimas.
Esa misión se revela
imposible cuando asiste a una de las escenas de despedida más conmovedoras que
se han filmado en los últimos años, una escena de emoción auténtica, verdadera,
que se podría añadir a ese montaje ideal de clásicos imprescindibles. Y con la
aportación de una banda sonora excepcional.
domingo, 9 de octubre de 2016
Cantar de Mio Cid.
Comentaremos el siguiente texto:
El que en buen hora ha nacido se prepara sin tardanza;
viste una túnica fina; crecida trae la barba.
Ensíllanle a Babieca y lo cubren con gualdrapas;
nuestro Cid salió sobre él; de justar eran sus
armas.
El caballo que el Cid monta por nombre Babieca llaman.
Pruébalo en una carrera que a ninguna otra se iguala.
Así que él hubo corrido, todos se maravillaban.
Desde aquel día Babieca fue famoso en toda España.
En un extremo del campo nuestro Cid ya descabalga.
Fuese para su mujer
que con sus hijas estaba.
Al verlo doña Jimena échase a sus pies, postrada:
-Gracias, Campeador, os doy. ¡Qué bien ceñís vos la espada!
Vos a mí me habéis sacado de muchas vergüenzas malas.
Aquí me tenéis, señor, vuestras hijas me acompañan.
Con Dios y vos por ayuda, buenas son y ya están criadas.
A la madre y a las hijas con grande amor las abraza.
El gozo que sienten todos les hace soltar las lágrimas.gualdrapa: cobertura larga que cubre y adorna las ancas de las caballerías.
"Melancolía", de Rubén DARÍO.
Comentaremos este texto:
XXV
MELANCOLÍA
Hermano,
tú que tienes la luz, dime la mía.
Soy
como un ciego. Voy sin rumbo y ando a tientas.
Voy
bajo tempestades y tormentas
ciego
de sueño y loco de armonía.
Ése
es mi mal. Soñar. La poesía
es
la camisa férrea de mil puntas cruentas
que
llevo sobre el alma. Las espinas sangrientas
dejan
caer las gotas de mi melancolía.
Y
así voy, ciego y loco, por este mundo amargo;
a
veces me parece que el camino es muy largo,
y
a veces que es muy corto...
Y
en este titubeo de aliento y agonía,
cargo
lleno de penas lo que apenas soporto.
¿No
oyes caer las gotas de mi melancolía?
Rubén Darío. Cantos de vida y esperanza.
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