La historia de mi vida , de cómo la vivo y de cómo me siento te quiero brevemente contar. ¡Ya lo tengo! Defino todo eso como: FELICIDAD.
Punto y final. (Carlota E.)
Si mis heridas no resplandecen en los ojos de quien las mira, son estimadas, a lo menos, en la estimación de los que saben dónde se cobraron.
Las dos mitades del siglo XIX se corresponden con dos estilos muy distintos: el Romanticismo y el Realismo.
En la primera mitad, el Romanticismo propugna una exaltación de la personalidad individual, concediendo importancia capital al sentimiento, muy por encima de la razón. Por eso, los románticos dan la impresión de ser contradictorios: tan pronto se entregan con pasión a un amor, a un ideal, como los abandonan desengañados. Buscan una total libertad: moral, religiosa, política y artística. No aceptan las normas sociales, suelen ser rebeldes, atormentados. En política, defienden el liberalismo. En arte, no aceptan más regla que su capricho o su inspiración. El género literario más característico del Romanticismo es la poesía lírica, libre expresión de la subjetividad del artista. Las grandes polémicas surgieron con los estrenos de los dramas románticos: mezclaban verso y prosa, métricas y estilos diferentes, personajes distintos, lo cómico y lo trágico... Eran obras espectaculares, que buscaban conmover al espectador.
En la segunda mitad del siglo, la novela realista parte de criterios casi opuestos: basarse en la observación, intentar reflejar con fidelidad las costumbres contemporáneas... Por eso, los principales escritores realistas son, todos, grandes observadores, atentos a los pequeños detalles que sirven para caracterizar a un personaje. No se trata de copiar absolutamente la realidad (eso no sería arte), sino de intentar ser verosímil en todos los aspectos: creación de personajes, motivación psicológica, descripción de ambientes, situación, intriga, desenlace, lenguaje... El escritor realista se preocupa mucho de determinar el tiempo y el lugar donde se desarrolla la acción. Predominan los escenarios y personajes de la clase media, que en ese momento se ha convertido en la gran protagonista de la historia. En toda Europa, la novela realista es la novela clásica.

Lo vemos y lo oímos sin cesar en la televisión y en la radio: A opina; B combate su opinión; y entonces A acusa a B de “intolerante” y apela a su “derecho” a decir lo que quiera y a que su opinión “se respete”. (Sí, estoy seguro de haber explicado esto otra vez, pero en fin...). La gente, en efecto, tiene derecho a decir (más o menos) lo que quiera. Y eso es todo: ahí se acabó su derecho, no lo tiene a nada más.
Ni siquiera a que se la escuche; menos aún a que su opinión se apruebe; en modo alguno a que se respete; en absoluto a que no se la rebata, contradiga o reproche. Y sin embargo, cada vez es mayor el número de personas que pretenden justamente eso: decir lo que les parezca y que además eso que dicen sea inatacable, indiscutible o inobjetable. La frecuentísima frase “Es una opinión como otra cualquiera, y todas hay que respetarlas” encierra dos falacias. La primera es que no todas las opiniones son iguales, ni tienen el mismo valor ni el mismo peso. Hay individuos que hablan con conocimiento de causa y otros que no; los hay que razonan bien y otros que no; los hay convincentes y los que no lo son; los hay que argumentan, que sustentan sus pareceres y los hay que no. La segunda es que no todas las opiniones han de ser respetadas, en modo alguno. Lo único que se debe respetar es que cada una sea expresada, sólo eso. Una vez expresadas, todos podemos opinar a nuestra vez sobre ellas, juzgarlas, considerarlas insensatas o incompetentes, idiotas y hasta criminales (por ejemplo, nadie nos podrá pedir que respetemos la idea de que a los judíos hay que exterminarlos). Se confunde constantemente el respeto a la expresión de opiniones con el inconcebible respeto a los contenidos de las opiniones. Y no: los hay despreciables, canallescos, delictivos e imbéciles. La libertad de expresión consiste en que, aún así, pueda exponerlos el que los tenga, y también, desde luego, en que los demás podamos ir contra ellos.
Javier MARÍAS

La monótona existencia de un librero se ve conmocionada por la irrupción de una consumada ladrona de libros. Como en un sueño obsesivo en el que se difuminan las fronteras entre lo racional y lo irracional, el protagonista se va adentrando en las misteriosas circunstancias que rodean a Severina y en la equívoca relación que mantiene con su mentor, a quien presenta como su abuelo, al tiempo que alimenta la esperanza de que la lista de libros sustraídos la ayudará a entender el enigma de su vida.
Rodrigo Rey Rosa ha creado una novela perturbadora acerca del poder a la vez alienante y liberador del amor, que confirma su lugar de privilegio en la literatura contemporánea.

DESPERTAR es un salto en paracaídas del sueño.
Libre del agobiante torbellino, se hunde
el viajero hacia la zona verde de la mañana.
Las cosas se encienden. Él percibe —en la vibrante
postura de la alondra— las oscilantes lámparas subterráneas
del poderoso sistema de las raíces de los árboles. Pero a fl or
de tierra
—en abundancia tropical— está el verdor
con los brazos al aire, en escucha
del ritmo de una bomba invisible. Y él
se hunde hacia el verano, se descuelga por
el cráter cegador, hacia abajo
a través de grietas de edades verde-húmedas
palpitantes bajo la turbina del sol. Así es detenido
este viaje vertical por el instante y las alas se ensanchan
hasta ser la quietud del gavilán sobre aguas torrenciales.
Tonos desamparados
de las trompetas de la Edad de Bronce
cuelgan sobre el abismo.
En las primeras horas del día, la conciencia puede abarcar
el mundo
como la mano oprime una piedra entibiada por el sol.
El viajero está bajo el árbol. ¿Se extenderá,
después de la caída por el torbellino de la muerte,
una gran luz sobre su cabeza?
"Las piedras"
OIGO caer las piedras que arrojamos,
transparentes como cristal a través de los años. En el valle
vuela la confusión de los actos
del instante, vociferantes, de copa
en copa de los árboles, se callan
en un aire más tenue que el presente, se deslizan
como golondrinas desde una cima
a otra de las montañas, hasta
alcanzar las mesetas ulteriores,
junto a las fronteras del ser. Allí caen
todas nuestras acciones
claras como el cristal
no hacia otro fondo
que el de nosotros mismos.
De El cielo a medio hacer. Ed. Nórdica.
Traducción de Roberto Mascaró.