Después de haber disfrutado de esta magnífica parodia, tan excesiva como divertida, nos han pedido desde el teatro que les contemos cuál ha sido vuestra impresión de la obra, qué os ha llamado más la atención, si os ha gustado o cualquier otra cosa que os apetezca decir. Podéis dejar aquí vuestros comentarios y después los recopilamos se los enviaremos. Gracias.
jueves, 15 de abril de 2010
La venganza de don Mendo
Después de haber disfrutado de esta magnífica parodia, tan excesiva como divertida, nos han pedido desde el teatro que les contemos cuál ha sido vuestra impresión de la obra, qué os ha llamado más la atención, si os ha gustado o cualquier otra cosa que os apetezca decir. Podéis dejar aquí vuestros comentarios y después los recopilamos se los enviaremos. Gracias.
El bazar de las sopresas, de Ernst LUBITSCH

Una de las comedias románticas que merecen el calificativo de magistral es esta película de Lubitsch, dirigida magistralmente e interpretada con la magia habitual por James Stewart y Margaret Sullavan, en su tercera colaboración juntos. Uno, el dependiente más veterano de una tienda; ella, la nueva empleada, de carácter decidido. Los dos se llevan bastante mal, aunque los dos tienen en común que mantienen una relación por carta con una y un desconocido.
El conocido "toque Lubistch", ese secreto de elegancia y magia cinematográfica, brilla en esta joya como en otras de su autor. Junto a eso, la sutilidad y la fina ironía hacen de esta película una imprescindible de la Historia del cine.
Ahora que ya la habéis visto, podéis comentar qué os ha parecido, qué os ha gustado más o cualquier otro comentario que os apetezca.
sábado, 10 de abril de 2010
EL ESCRITOR, de Roman Polanski

La nueva película de Roman Polanski es una de las mejores recomendaciones que alguien puede hacer a alguien a quien aprecie. Se trata de una película pura de género pero con todas las características que hacen de Polanski un artista tan personal. Un escritor es contratado por una suculenta suma de dinero para escribir las memorias del primer ministro británico tras la muerte por supuesto suicidio del que anteriormente se estaba ocupando de la tarea. Las cosas resultan extrañas desde el principio, lo que desembocará en una trama tan bien planteada como desarrollada. Polanski demuestra su maestría como director haciendo uso de los planos de forma muy inteligente (no hay más que deleitarse con el desenlace de la película en el que lo que ocurre está fuera de plano), lo cual supone toda una lección de cine en poco más de dos horas. No faltan el humor negro, la ironía y los típicos personajes, absolutos perdedores, de casi todas sus películas. Además resulta una película muy hichcockiana, con mucha intriga en la que su director juega todo el tiempo con el espectador sin hacerle sentir estúpido.
Tremendamente entretenida, divertida e inteligente. No se puede pedir más.
sábado, 3 de abril de 2010
El club de los pirómanos para incendiar casas de escritores, de BROCK CLARKE

Lo último que imaginaba el adolescente Sam, cuando fascinado por las historias de su madre se introduce en la casa de Emily Dickinson, es que terminaría provocando un incendio que acabaría no solo con el venerado museo, sino también con la vida de un incauto matrimonio de profesores que aprovechaban unas horas de soledad para dar rienda suelta a su pasión en la vieja cama de la escritora. Tras pasar diez años en una cárcel de baja seguridad entre tiburones de Wall Street, Sam decide rehacer su vida. Rechazado por su entorno, ingresa en la universidad donde se decanta por la fascinante carrera en Ciencias del Envasado, tras desestimar por absurdos los estudios de Filología Inglesa. Allí se enamora, se casa y tiene dos niños adorables.
Su vida transcurre en la sencilla felicidad doméstica de una urbanización en «donde el silencio era tal que nadie se atrevía a cortarse las uñas en el porche delantero por si el ruido molestaba a algún vecino» Pero repentinamente el pasado llama a su puerta y cuando las casas de Robert Frost, Edith Wharton, Mark Twain y Nathaniel Hawthorne empiezan a arder, Sam se convierte en el principal sospechoso...
El título de la obra hacer referencia al libro que el propio protagonista escribirá al final de la novela. Es un personaje condenado a desempeñar un papel que nunca ha querido asumir. Divertida, ágil, entretenida, nos conduce hasta un final un poco amargo. A pesar de no ser una gran novela, creo que es recomendable porque tiene momentos interesantes, y nos hace reflexionar sobre algunas cosas, como el complejo de culpa, la sinceridad y los prejuicios. Y sobre todo, porque nos hace pasar un buen rato.
viernes, 12 de marzo de 2010
MIGUEL DELIBES

Como homenaje al escritor vallisoletano, cuelgo un artículo de Francisco Umbral, aparecido en El Mundo el 5 de junio de 2000. Uno de los grandes nombres de la literatura del siglo XX, propuesto dos veces para el premio Nobel, nos ha dejado porque como decía él, "la vida es para estar aquí un poco y ver cómo es".
Miguel Delibes gana el Nadal en 1947, como ya se ha contado aquí, y luego se siente abrumado por la fama del premio. Ha emprendido una carrera de escritor que no está muy seguro de seguir. Su amiga y compañera Carmen Laforet principia a vacilar. Tras unas primeras novelas de iniciación, Miguel Delibes, vallisoletano de la calle Colmenares, deduce que lo suyo no es la novela de argumento retórico, sino la sencillez, la naturalidad, el realismo, pero no el realismo como oratoria sino el realismo como realidad.
Y así es como acierta con El camino, novela de su infancia santanderina, de sus veranos de pueblo. El éxito del libro le asegunda en la opinión de que la realidad lo es todo -cosa que ya había dicho Florián Rey, sin él saberlo-, y sigue sacando libros que reproducen la realidad provinciana y campesina con asombrosa precisión, sostenida por una vigencia de trama fácil y fuerte, o compleja y clara.
Delibes va a ser el último novelista tradicional, no experimental, pero murieron los experimentos, agotados de novedad, y él sigue ahí, sin más concesión que la novela histórica, su último y grandioso encuentro. Dentro del realismo de posguerra, MD es quien mejor se adapta a las conductas del realismo social, y algunos críticos han dicho que este realismo queda lastrado por la intención paralizante, católica.
Pero uno repara en que toda la novelística social, tenía una intención estética, marxista.
Si aceptamos la novela de tesis, hemos de aceptar todas las tesis, no sólo las nuestras.
Así, los profesionales de la novela social nunca se interesaron por la novela metafísica, un suponer. Delibes no es metafísico, sino un hombre, directo y sencillo que se interesa por la insinuación feliz de un orden superior para el mundo. Siempre ha sido tan discreto en esto que a veces ni se le nota. Delibes es un godo castellano, alto y rubio, de ojos claros e irónicos, que mete mucho humor en sus novelas, pero detrás de ese humor está siempre la paz sobrenatural del hombre bueno. Mi idolatrado hijo Sisí es la novela contra el hijo único, contra la restricción de la natalidad. Propugna, como Franco, aunque no desde Franco sino desde la Iglesia, la proliferación de las familias. Él mismo es hoy una arborescencia de hijos y nietos, un patriarca de la tribu familiar.
La hoja roja denuncia la desatención social al viejo, al jubilado, empezando por la familia. Pero a uno esa tesis le da igual y la prefiere en un ensayo o un folleto. Lo que vale aquí es la vulgaridad del personaje, milimétricamente dada, y de quienes le rodean, como la brutal y entrañable Desi. De pronto, Delibes traiciona a su editor y amigo, Vergés, y le da un libro a Lara, Los santos inocentes, su mejor novela, y Mario Camus hace una gran película de ella. La traición suele ser un género literario perfecto que nos da nuestros mejores resultados. En un libro político a un punto de publicarse explico la traición política, desde Maquiavelo a Adolfo Suárez, y me he convencido a mí mismo de que hay traiciones muy fecundas.
A Delibes le vino muy bien cambiar de aires editoriales, aunque luego volvería a su viejo amigo. De su última novela, El hereje, ya se ha escrito mucho como para tratarlo en esta glosa de urgencia, pero sólo diré que es una gran novela a la que le falta el ambiente, el clima. Pensemos en lo que habría hecho Laínez, el de Bomarzo, con la España inquisitorial del XVI, con el Renacimiento español, que fue un Renacimiento entre hogueras.
Yo conocí a Delibes en mal momento, pues estaba uno en plena pedantería filosófica, en plena orgía lírica, y el maestro me explicó:
-Mira, Paco, hay un nivel literario y otro periodístico. Tú escribes muy bien, pero...
Es la primera y única lección de periodismo que me han dado en mi vida. Suficiente. Luego, ya periodista en Madrid, yo, le llené El Norte de Castilla de periodismo puro, prensa del corazón, glosa política, crítica de lo que había, que era el franquismo, y otras amenidades. Cuando ha apostado por mí, Miguel siempre ha acertado.
Cuando ha apostado por otros se ha equivocado. El libro suyo que más me gusta es Diario de un cazador, porque es el más lírico y el menos argumental. Llega una edad en que uno se cansa de los asuntos -ya tiene bastantes en la vida-, y se mueve entre la reflexión y la lírica. Plá y otros han denunciado la pasión tardía por la novela, que es impotencia para pensar o sentir el yo definitivo y terminal.
Delibes ha pasado a ser un autor de las clases medias y la burguesía adulta, porque el experimentalismo de los jóvenes es malo. Uno de los grandes dañados con el boom latinoché fue Delibes, ya que aquello supuso la caída del realismo decretada desde la izquierda. MD se sostuvo entre la burguesía que lee -la única clase que lee- por su gran calidad, pero él se sabía “superado” por los nuevos escritores americanos- años 60/70- e hizo una novela/burla del experimentalismo, que fue un fracaso como novela y como burla. Después de esto, vuelve tranquilo a su manera habitual y todavía da grandes frutos, aunque su visión de la naciente democracia es más bien un poco reaccionaria, dado que quienes la interpretan son los medios agrarios, siempre conservadores y atrasados.
Pocos autores han seguido a Delibes en la vuelta al realismo, y no muy afortunados. Hay ejemplos discretos, pero excesivamente académicos. Delibes, en su realismo, nunca perdió una lozanía de actualidad y una gracia redentora, un humor de hombre serio. Una vez, a la salida de la Academia, Cela le preguntó:
-¿Tú no usas helicóptero para las conferencias?
-Nunca lo había pensado.
-Pues yo uso helicóptero y doy tres conferencias en una tarde.
(El procedimiento del Cordobés en las corridas). Y Miguel:
-Tú, Camilo, es que siempre has sido de mucho aparentar.
Y así es como acierta con El camino, novela de su infancia santanderina, de sus veranos de pueblo. El éxito del libro le asegunda en la opinión de que la realidad lo es todo -cosa que ya había dicho Florián Rey, sin él saberlo-, y sigue sacando libros que reproducen la realidad provinciana y campesina con asombrosa precisión, sostenida por una vigencia de trama fácil y fuerte, o compleja y clara.
Delibes va a ser el último novelista tradicional, no experimental, pero murieron los experimentos, agotados de novedad, y él sigue ahí, sin más concesión que la novela histórica, su último y grandioso encuentro. Dentro del realismo de posguerra, MD es quien mejor se adapta a las conductas del realismo social, y algunos críticos han dicho que este realismo queda lastrado por la intención paralizante, católica.
Pero uno repara en que toda la novelística social, tenía una intención estética, marxista.
Si aceptamos la novela de tesis, hemos de aceptar todas las tesis, no sólo las nuestras.
Así, los profesionales de la novela social nunca se interesaron por la novela metafísica, un suponer. Delibes no es metafísico, sino un hombre, directo y sencillo que se interesa por la insinuación feliz de un orden superior para el mundo. Siempre ha sido tan discreto en esto que a veces ni se le nota. Delibes es un godo castellano, alto y rubio, de ojos claros e irónicos, que mete mucho humor en sus novelas, pero detrás de ese humor está siempre la paz sobrenatural del hombre bueno. Mi idolatrado hijo Sisí es la novela contra el hijo único, contra la restricción de la natalidad. Propugna, como Franco, aunque no desde Franco sino desde la Iglesia, la proliferación de las familias. Él mismo es hoy una arborescencia de hijos y nietos, un patriarca de la tribu familiar.
La hoja roja denuncia la desatención social al viejo, al jubilado, empezando por la familia. Pero a uno esa tesis le da igual y la prefiere en un ensayo o un folleto. Lo que vale aquí es la vulgaridad del personaje, milimétricamente dada, y de quienes le rodean, como la brutal y entrañable Desi. De pronto, Delibes traiciona a su editor y amigo, Vergés, y le da un libro a Lara, Los santos inocentes, su mejor novela, y Mario Camus hace una gran película de ella. La traición suele ser un género literario perfecto que nos da nuestros mejores resultados. En un libro político a un punto de publicarse explico la traición política, desde Maquiavelo a Adolfo Suárez, y me he convencido a mí mismo de que hay traiciones muy fecundas.
A Delibes le vino muy bien cambiar de aires editoriales, aunque luego volvería a su viejo amigo. De su última novela, El hereje, ya se ha escrito mucho como para tratarlo en esta glosa de urgencia, pero sólo diré que es una gran novela a la que le falta el ambiente, el clima. Pensemos en lo que habría hecho Laínez, el de Bomarzo, con la España inquisitorial del XVI, con el Renacimiento español, que fue un Renacimiento entre hogueras.
Yo conocí a Delibes en mal momento, pues estaba uno en plena pedantería filosófica, en plena orgía lírica, y el maestro me explicó:
-Mira, Paco, hay un nivel literario y otro periodístico. Tú escribes muy bien, pero...
Es la primera y única lección de periodismo que me han dado en mi vida. Suficiente. Luego, ya periodista en Madrid, yo, le llené El Norte de Castilla de periodismo puro, prensa del corazón, glosa política, crítica de lo que había, que era el franquismo, y otras amenidades. Cuando ha apostado por mí, Miguel siempre ha acertado.
Cuando ha apostado por otros se ha equivocado. El libro suyo que más me gusta es Diario de un cazador, porque es el más lírico y el menos argumental. Llega una edad en que uno se cansa de los asuntos -ya tiene bastantes en la vida-, y se mueve entre la reflexión y la lírica. Plá y otros han denunciado la pasión tardía por la novela, que es impotencia para pensar o sentir el yo definitivo y terminal.
Delibes ha pasado a ser un autor de las clases medias y la burguesía adulta, porque el experimentalismo de los jóvenes es malo. Uno de los grandes dañados con el boom latinoché fue Delibes, ya que aquello supuso la caída del realismo decretada desde la izquierda. MD se sostuvo entre la burguesía que lee -la única clase que lee- por su gran calidad, pero él se sabía “superado” por los nuevos escritores americanos- años 60/70- e hizo una novela/burla del experimentalismo, que fue un fracaso como novela y como burla. Después de esto, vuelve tranquilo a su manera habitual y todavía da grandes frutos, aunque su visión de la naciente democracia es más bien un poco reaccionaria, dado que quienes la interpretan son los medios agrarios, siempre conservadores y atrasados.
Pocos autores han seguido a Delibes en la vuelta al realismo, y no muy afortunados. Hay ejemplos discretos, pero excesivamente académicos. Delibes, en su realismo, nunca perdió una lozanía de actualidad y una gracia redentora, un humor de hombre serio. Una vez, a la salida de la Academia, Cela le preguntó:
-¿Tú no usas helicóptero para las conferencias?
-Nunca lo había pensado.
-Pues yo uso helicóptero y doy tres conferencias en una tarde.
(El procedimiento del Cordobés en las corridas). Y Miguel:
-Tú, Camilo, es que siempre has sido de mucho aparentar.
Francisco UMBRAL
jueves, 11 de marzo de 2010
EL ARTÍCULO DE OPINIÓN. LA COLUMNA.
Es un texto firmado cuyo autor no pertenece a la redacción: suele ser una personalidad de relevancia intelectual a la que el periódico ofrece un espacio para que transmita al público su opinión personal sobre algún tema importante. El hecho de que el autor no esté directamente ligado al periódico confiere a este género su característica esencial: la libertad. El tema seleccionado, el tratamiento del mismo y las opiniones que en él se viertan son responsabilidad exclusiva de su autor. La estructura y el estilo son también absolutamente personales y libres. En definitiva, un artículo de opinión es por su contenido un auténtico ensayo breve.
Un subgénero especial del anterior es la columna. Mantiene los mismos rasgos generales del artículo, del cual se distingue por su brevedad y por su carácter periódico. Esta periodicidad facilita el que se convierta en un auténtico punto de encuentro entre un autor y sus lectores: en su columna, un escritor renombrado crea textos muy personales, tanto en el tratamiento como en el estilo, que sus lectores habituales encuentran siempre en el mismo lugar del periódico. Son ya clásicas, por citar algún ejemplo, la columna de Francisco Umbral en El Mundo y las de Manuel Vicent y Eduardo Haro Tecglen en El País.
ACENTUACIÓN DE INTERROGATIVOS Y EXCLAMATIVOS
Las formas de los interrogativos y exclamativos son: qué; quién, quiénes; cuál, cuáles; cuándo; cuánto, cuántas, cuántos, cuántas; dónde, adónde; cómo.
Enunciados interrogativos o exclamativos directos y oraciones interrogativas o exclamativas indirectas
* Los enunciados interrogativos y exclamativos directos aparecen siempre enmarcados por los signos correspondientes. Ejemplos:
¿Qué querías decir en realidad?
¡Cuánto había estudiado!
* Las oraciones interrogativas y exclamativas indirectas aparecen siempre incorporadas dentro de una oración mayor; es decir, son oraciones subordinadas. Ejemplos:
No sé qué querías decir en realidad.
No te imaginas cuánto había estudiado.
En ambos casos los interrogativos y los exclamativos deben llevar tilde.
OBSERVACIONES A LA REGLA
Tilde diacrítica
La tilde de los interrogativos y de los exclamativos es una tilde diacrítica porque sirva para distinguirlos de otras palabras que se escriben igual, pero que nunca llevan tilde por ser átonas (las conjunciones y los relativos). La presencia o ausencia de la tilde supone un cambio en el significado. Ejemplos:
Ya sé que estabas escribiendo. (Conozco el hecho de que estabas escribiendo.)
Ya sé qué estabas escribiendo. (Conozco lo que estabas escribiendo.)
¿Cuando has llamado, te han atendido? (¿Al llamar te han atendido?)
¿Cuándo has llamado? (¿En qué momento has llamado?)
Interrogativos y exclamativos precedidos de preposición
Los elementos interrogativos o exclamativos pueden ir precedidos de preposición. En ambos casos deben llevar tilde. Ejemplos:
¿De dónde sale Pedro? / No sé de dónde sale Pedro.
¡En qué estado ha quedado la casa! / Hay que ver en qué estado ha quedado la casa.
Uno de los errores más frecuentes es la confusión de ¿a qué...? y ¿a que...? (fórmula que se utiliza para introducir enunciados de apuesta) en casos como los siguientes:
¿A qué vienes? (A leer un rato.)
¿A que vienes? (¡A que no!)
En el primer caso, qué es un interrogativo (no son posibles las respuestas sí/no) y, por tanto, debe llevar tilde.
Las formas de los interrogativos y exclamativos con algunos verbos
* Cuando se emplean los verbos de pregunta y respuesta (preguntar, contestar, responder, decir...) para reproducir palabras de otro, es frecuente encadenar un que átono (conjunción) con algún interrogativo o algún exclamativo. Ejemplos:
Me dijeron que qué bonita era tu casa.
Me contestaron que para qué había ido.
Me respondieron que a quiénes me refería con esa pregunta.
Me preguntaron que cuándo era la oposición.
* Los verbos tener y haber, cuando forman perífrasis de obligación o posibilidad (Tienen que ser las siete; Hay que esperar...), van seguidos de la forma átona que, que nunca debe acentuarse. Ejemplos:
Tienes que comer. (Tienes obligación de comer.)
No hay que comer. (No es obligatorio comer.)
En los casos en los que no forman perífrasis, los verbos tener y haber pueden ir seguidos de un interrogativo o de un exclamativo que siempre debe llevar tilde. Ejemplos:
¿Tienes qué comer? (¿Tienes algo para comer?)
No hay qué comer. (No hay nada para comer.)
Las oraciones introducidas por estos interrogativos o exclamativos son oraciones de infinitivo.
Algunos casos concretos
* La conjunción como, que aparece a veces en la secuencia ya + ver en futuro + como, aunque es tónica no debe llevar tilde, ya que no es interrogativo ni exclamativo. Ejemplo:
Ya verás como Juan sí que viene.
[Extraído de la Ortografía de Leonardo Gómez Torrego. Editorial SM]
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