martes, 14 de octubre de 2014

Texto para comentar de Rosalía de Castro (2º de bachillerato)



Del mar azul las transparentes olas
mientras blandas murmuran
sobre la arena, hasta mis pies rodando,
tentadoras me besan y me buscan.

Inquietas lamen de mi planta el borde,
lánzanme airosas su nevada espuma,
y pienso que me llaman, que me atraen
hacia sus salas húmedas.

Mas cuando ansiosa quiero
seguirlas por la líquida llanura,
se hunde mi pie en la linfa transparente
y ellas de mí se burlan.
Y huyen abandonándome en la playa
a la terrena, inacabable lucha,
como en las tristes playas de la vida
me abandonó inconstante la fortuna.

Rosalía de CastroEn las orillas de Sar (1884)


Rima de Bécquer para comentar (4º ESO)



RIMA LII

    Olas gigantes que os rompéis bramando
en las playas desiertas y remotas,
envuelto entre la sábana de espumas,
        ¡llevadme con vosotras!

  Ráfagas de huracán que arrebatáis
del alto bosque las marchitas hojas,
arrastrado en el ciego torbellino,
        ¡llevadme con vosotras!

  Nube de tempestad que rompe el rayo
y en fuego ornáis las sangrientas orlas,
arrebatado entre la niebla oscura,
        ¡llevadme con vosotras!

  Llevadme, por piedad, a donde el vértigo
con la razón me arranque la memoria.
¡Por piedad! ¡Tengo miedo de quedarme
        con mi dolor a solas!

G. A. Bécquer



jueves, 9 de octubre de 2014

Rima de Bécquer para comentar. (2º de bachillerato)



  RIMA XXVIII

  Cuando entre la sombra oscura,
perdida una voz murmura
turbando su triste calma,
si en el fondo de mi alma
la oigo dulce resonar,
  dime: ¿es que el viento en sus giros
se queja, o que tus suspiros
me hablan de amor al pasar?

  Cuando el sol en mi ventana
rojo brilla a la mañana,


y mi amor tu sombra evoca,
si en mi boca de otra boca
sentir creo la impresión,
  dime: ¿es que ciego deliro,
o que un beso en un suspiro
me envía tu corazón?

  Y en el luminoso día
y en la alta noche sombría,
si en todo cuanto rodea
al alma que te desea,
te creo sentir y ver,
  dime: ¿es que toco y respiro
soñando, o que en un suspiro
me das tu aliento a beber?

Gustavo Adolfo Bécquer

lunes, 29 de septiembre de 2014

Paul AUSTER. Discurso en la entrega del Premio Príncipe de Asturias de las letras. (2006)




No sé por qué me dedico a esto. Si lo supiera, probablemente no tendría necesidad de hacerlo. Lo único que puedo decir, y de eso estoy completamente seguro, es que he sentido tal necesidad desde los primeros tiempos de mi adolescencia. Me refiero a escribir, y en especial a la escritura como medio para narrar historias, relatos imaginarios que nunca han sucedido en eso que denominamos mundo real. Sin duda es una extraña manera de pasarse la vida: encerrado en una habitación con la pluma en la mano, hora tras hora, día tras día, año tras año, esforzándose por llenar unas cuartillas de palabras con objeto de dar vida a lo que no existe?, salvo en la propia imaginación. ¿Y por qué se empeñaría alguien en hacer una cosa así? La única respuesta que se me ha ocurrido alguna vez es la siguiente: porque no tiene más remedio, porque no puede hacer otra cosa.

Esa necesidad de hacer, de crear, de inventar es sin duda un impulso humano fundamental. Pero ¿con qué objeto? ¿Qué sentido tiene el arte, y en particular el arte de narrar, en lo que llamamos mundo real? Ninguno que se me ocurra; al menos desde el punto de vista práctico. Un libro nunca ha alimentado el estómago de un niño hambriento. Un libro nunca ha impedido que la bala penetre en el cuerpo de la víctima. Un libro nunca ha evitado que una bomba caiga sobre civiles inocentes en el fragor de una guerra. Hay quien cree que una apreciación entusiasta del arte puede hacernos realmente mejores: más justos, más decentes, más sensibles, más comprensivos. Y quizá sea cierto; en algunos casos, raros y aislados. Pero no olvidemos que Hitler empezó siendo artista. Los tiranos y dictadores leen novelas. Los asesinos leen literatura en la cárcel. ¿Y quién puede decir que no disfrutan de los libros tanto como el que más?

En otras palabras, el arte es inútil, al menos comparado con, digamos, el trabajo de un fontanero, un médico o un maquinista. Pero ¿qué tiene de malo la inutilidad? ¿Acaso la falta de sentido práctico supone que los libros, los cuadros y los cuartetos de cuerda son una pura y simple pérdida de tiempo? Muchos lo creen. Pero yo sostengo que el valor del arte reside en su misma inutilidad; que la creación de una obra de arte es lo que nos distingue de las demás criaturas que pueblan este planeta, y lo que nos define, en lo esencial, como seres humanos. Hacer algo por puro placer, por la gracia de hacerlo. Piénsese en el esfuerzo que supone, en las largas horas de práctica y disciplina que se necesitan para ser un consumado pianista o bailarín. Todo ese trabajo y sufrimiento, los sacrificios realizados para lograr algo que es total y absolutamente inútil.
La narrativa, sin embargo, se halla en una esfera un tanto diferente de las demás artes. Su medio es el lenguaje, y el lenguaje es algo que compartimos con los demás, común a todos nosotros. En cuanto aprendemos a hablar, empezamos a sentir avidez por los relatos. Los que seamos capaces de rememorar nuestra infancia recordaremos el ansia con que saboreábamos el cuento que nos contaban en la cama, el momento en que nuestro padre, o nuestra madre, se sentaba en la penumbra junto a nosotros con un libro y nos leía un cuento de hadas. Los que somos padres no tendremos dificultad en evocar la embelesada atención en los ojos de nuestros hijos cuando les leíamos un cuento. ¿A qué se debe ese ferviente deseo de escuchar? Los cuentos de hadas suelen ser crueles y violentos, describen decapitaciones, canibalismo, transformaciones grotescas y encantamientos maléficos. Cualquiera pensaría que esos elementos llenarían de espanto a un crío; pero lo que el niño experimenta a través de esos cuentos es precisamente un encuentro fortuito con sus propios miedos y angustias interiores, en un entorno en el que está perfectamente a salvo y protegido. Tal es la magia de los relatos: pueden transportarnos a las profundidades del infierno, pero en realidad son inofensivos.

Nos hacemos mayores, pero no cambiamos. Nos volvemos más refinados, pero en el fondo seguimos siendo como cuando éramos pequeños, criaturas que esperan ansiosamente que les cuenten otra historia, y la siguiente, y otra más. Durante años, en todos los países del mundo occidental, se han publicado numerosos artículos que lamentan el hecho de que se leen cada vez menos libros, de que hemos entrado en lo que algunos llaman la "era posliteraria". Puede que sea cierto, pero de todos modos no ha disminuido por eso la universal avidez por el relato. Al fin y al cabo, la novela no es el único venero de historias. El cine, la televisión y hasta los tebeos producen obras de ficción en cantidades industriales, y el público continúa tragándoselas con gran pasión. Ello se debe a la necesidad de historias que tiene el ser humano. Las necesita casi tanto como el comer, y sea cual sea la forma en que se presenten "en la página impresa o en la pantalla de televisión", resultaría imposible imaginar la vida sin ellas.

De todos modos, en lo que respecta al estado de la novela, al futuro de la novela, me siento bastante optimista. Hablar de cantidad no sirve de nada cuando nos referimos a los libros; porque no hay más que un lector, sólo un lector en todas y cada una de las veces. Lo que explica el particular influjo de la novela, y por qué, en mi opinión, nunca desaparecerá como forma literaria. La novela es una colaboración a partes iguales entre el escritor y el lector, y constituye el único lugar del mundo donde dos extraños pueden encontrarse en condiciones de absoluta intimidad. Me he pasado la vida entablando conversación con gente que nunca he visto, con personas que jamás conoceré, y así espero seguir hasta el día en que exhale mi último aliento.

Nunca he querido trabajar en otra cosa.


viernes, 26 de septiembre de 2014

"Poeta en Nueva York" en La mitad invisible.


El programa de TVE La mitad invisible dedicó, hace unos días, su emisión a Poeta en Nueva York de Federico García Lorca.


domingo, 31 de agosto de 2014

Begin again (John Carney, 2014)



John Carney ha demostrado ser un director especialmente dotado para contagiar la emoción que produce la música (en especial la música en progreso, en desarrollo) a través de sus películas. Lo hizo en su maravilloso filme de 2006 Once y lo ha logrado en Begin again. En ésta Dan, un productor musical en horas bajas, tanto en su vida profesional como en la personal, encuentra a una cantante (en realidad encuentra una canción) que lo saca de la cueva y le hace volver a emocionarse con aquello que creía perdido. Le propone grabar un disco por toda Nueva York y producirlo. Ella acaba de vivir una ruptura sentimental cuya tristeza vuelca en sus canciones.

Me interesa mucho la figura del productor que “ve” la música, esa figura que ahora parece casi perdida y que es capaz de extraer de un músico lo mejor. El profesional al que buscaban todos aquellos artistas que querían que su música brillara en todo su esplendor al pinchar el disco o poner el cd en el reproductor. Impagable es la escena en la que Dan, después de que hayamos escuchado la actuación de Gretta, empieza a ver los arreglos de la canción. Muy pocos que no sean Carney pueden contar eso como él, pues además ha estructurado muy bien la narración para que vivamos el cambio que se produce en la canción con la visión de Dan.

Hay muchos otros temas relacionados con la música en la película tratados sin maniqueísmos y con sensibilidad: la industria musical, la creación, la imagen de los artistas, los seguidores…


Emocionante en más de una ocasión, resulta una película conmovedora que escenifica muy bien por qué la música no es sólo un entretenimiento. “¿Has visto cómo las situaciones más banales cambian si las escuchas con música de fondo?”, dice Dan en un momento de la película.


domingo, 6 de julio de 2014

"Alondra", de Deszó KOSZTOLÁNYI (1924)



La única hija de los Vajkay, a mitad de la treintena, a la que llaman siempre por su apodo, ‘Alondra’, sale excepcionalmente de viaje a ver a unos parientes. Sus padres no están acostumbrados a estar sin Alondra, ni ella sin ellos. Ákos “no entendía, ni nunca había entendido de mujeres, pero tenía la certeza de que su hija era fea”. Pasan todo el tiempo juntos, al margen de la vida de la pequeña ciudad de Sárszeg, casi aislados. Cuando ella se marcha en el tren y sus padres quedan en la estación (maravillosamente narrado al comienzo del capítulo 3) “con la expresión triste y estúpida de quien acaba de perder algo de manera inesperada”, se sienten solos, pero poco después descubrirán que pueden disfrutar de su libertad y de su tiempo, y hasta de los chismorreos de la ciudad. A pesar de ello no pueden evitar sentirse algo culpables, aunque no dejen de acordarse constantemente de Alondra.

Hay muchas cosas que los personajes no dicen en Alondra. En esta novela, llena de silencios y sobrentendidos, de tantos pensamientos ocultos que marcan la vida de cada personaje, de tristezas calladas pero también de humor, Kosztolányi deja una prueba indiscutible de su talento como narrador, tan admirado por Sándor Márai. Dibuja a los personajes con sutileza, se entretiene en detalles que pasan de poder ser prescindibles a magistrales (como la descripción de la orquesta en el teatro).

Alondra no tiene nombre, sin embargo Kosztolányi no se oculta como narrador, sino que aparece incluso explícito en los epígrafes que presentan cada capítulo (aquí parecen combinarse las influencias de la narrativa de la segunda década del siglo XX con la tradición clásica). No necesitamos un truco de ficción para creernos la historia de los Vajkay, porque es lo suficientemente hermosa para que nos perdamos en ella y permanezca con nosotros mucho después de cerrar las páginas del libro.