viernes, 3 de junio de 2011

La RAE inicia su BIBLIOTECA DE CLÁSICOS

La Biblioteca Clásica de la Real Academia Española (BCRAE) está dirigida por Francisco Rico. Es un ambicioso proyecto que constará de 111 volúmenes que, a lo largo de 14 años, serán publicados por Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores.

Los primeros cuatro títulos son El Cantar de Mio Cid; los Milagros de Nuestra Señora, de Gonzalo de Berceo; la Gramática sobre la lengua castellana, de Antonio de Nebrija, y La vida del Buscón, de Francisco de Quevedo.





domingo, 29 de mayo de 2011

Texto de VARGAS LLOSA para comentar.


Vivimos en una era de especialización del conocimiento, debido al prodigioso desarrollo de la ciencia y la técnica, y a su fragmentación en innumerables avenidas y compartimentos, sesgo de la cultura que sólo puede acentuarse en los años venideros. La especialización trae, sin duda, muchos beneficios, pues ella permite profundizar en la exploración y la experimentación, y es el motor del progreso. Pero tiene, también, como consecuencia negativa, el ir eliminando esos denominadores comunes de la cultura gracias a los cuales los hombres y las mujeres pueden coexistir, comunicarse y sentirse de alguna manera solidarios. La especialización conduce a la incomunicación social, al cuarteamiento del conjunto de seres humanos en asentamientos o guetos culturales de técnicos y especialistas a los que un lenguaje, unos códigos y una información progresivamente sectorizada y parcial, confinan en aquel particularismo contra el que nos alertaba el viejísimo refrán: no concentrarse tanto en la rama o la hoja como para olvidar que ellas son partes de un árbol, y éste, de un bosque.

La literatura, en cambio, a diferencia de la ciencia y la técnica, es, ha sido y seguirá siendo, mientras exista, uno de esos denominadores comunes de la experiencia humana, gracias al cual los seres vivientes se reconocen y dialogan, no importa cuán distintas sean sus ocupaciones y designios vitales, las geografías y las circunstancias en que se hallen, e, incluso, los tiempos históricos que determinen su horizonte. Los lectores de Cervantes o de Shakespeare, de Dante o de Tolstoi, nos entendemos y nos sentimos miembros de la misma especie porque, en las obras que ellos crearon, aprendimos aquello que compartimos como seres humanos, lo que permanece en todos nosotros por debajo del amplio abanico de diferencias que nos separan. Y nada defiende mejor al ser viviente contra la estupidez de los prejuicios, del racismo, de la xenofobia, de las orejeras pueblerinas del sectarismo religioso o político, o de los nacionalismos excluyentes, como esta comprobación incesante que aparece siempre en la gran literatura: la igualdad esencial de hombres y mujeres de todas las geografías y la injusticia que es establecer entre ellos formas de discriminación, sujeción o explotación. Leer buena literatura es divertirse, sí; pero también aprender, de esa manera directa e intensa que es la de la experiencia vivida a través de las ficciones, qué y cómo somos, en nuestra integridad humana, con nuestros actos y sueños y fantasmas, a solas y en el entramado de relaciones que nos vinculan a los otros, en nuestra presencia pública y en el secreto de nuestra conciencia, esa complejísima suma de verdades contradictorias —como las llamaba Isaiah Berlin— de que está hecha la condición humana. Ese conocimiento totalizador y en vivo del ser humano, hoy, sólo se encuentra en la novela.

Mario VARGAS LLOSA



sábado, 21 de mayo de 2011

LUIS DE GÓNGORA. FRANCISCO DE QUEVEDO


Ilustración: Ulises

Aquí tenéis un artículo aparecido en El Mundo el 2 de abril de 2008, en el suplemento "Campus", para empezar a conocer a estos dos autores desde un punto de vista más original. Está firmado por Lorenzo Silva y Luis Castro.

Luís de Góngora

En polvo, en sombra, en nada


Para legiones de escolares hispanos, don Luis de Góngora y Argote es ese tipo que no escribía nunca las palabras de la oración en el orden normal -con él aprendimos, y no olvidaríamos nunca, lo que era el dichoso hipérbaton- y que en la elección del léxico optaba siempre cuidadosamente por nombrar las cosas de la forma en que resultara más complicado entender a qué se refería, sin evitar echar mano, siempre que le era posible, de alguna rebuscada y pedante alusión mitológica. También es el protagonista de aquel soneto de Quevedo del 'hombre a la nariz pegado', o lo que es lo mismo, una especie de cómico involuntario a quien todos suponíamos amargado por tamaña afrenta.

Es lo que tiene dejarse guiar por lo poco que cuentan los manuales de literatura. Porque además de todo eso, Luis de Góngora fue un tipo al que le gustaba gozar de la vida y propicio a la cháchara y el 'dolce far niente'. Ya lo dejó bien sentado en su célebre "Ándeme yo caliente...", un poema que todos conocen -o bueno, conocían, en la era anterior a la ESO- pero que muchos, influidos por esa visión del poeta cordobés como un tipo hosco y atrabiliario, ni siquiera asocian a él. No deja de resultar notable que siendo hijo del juez de bienes confiscados del Santo Oficio, y siendo él mismo canónigo, mostrara poco interés por los asuntos eclesiásticos y se pasara el día componiendo versos para ponderar la belleza de zagalas y otras frivolidades. De hecho, fue alguna vez sancionado por sus superiores por su negligencia a la hora de atender los asuntos propios de su canonjía. Este talante se aprecia en los versos de su juventud, que para los estetas son los menos meritorios, pero entre los que se cuenta, escrito con poco más de 20 años, el que a juicio del que suscribe es el mejor endecasílabo de toda la historia de la poesía española: 'en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.'

Andando el tiempo, y ya en su edad madura, Luis de Góngora se trasladó a la corte, donde se afanó por medrar y hacer medrar a los suyos, al tiempo que su poesía se internaba por los tortuosos vericuetos que acabarían siéndole característicos. Alumbró así (valga la expresión) la oscura 'Fábula de Polifemo y Galatea' y al final de su vida las inconclusas 'Soledades'. Muchos, con Quevedo al frente, reprobaron con ferocidad aquella poesía antinatural y fatigosamente erudita, pero no le faltaron tampoco conspicuos defensores, como Cervantes o el Conde de Villamediana -dos autores a quienes si por algo cabe distinguir es por su capacidad para conectar con el lector popular, a través de la novela el uno y de la poesía satírica el otro-. Para ellos, como para otros muchos ilustres lectores hasta nuestros días, tras el laborioso andamiaje verbal de los grandes poemas gongorinos latía una renovación insólita de la lírica española, con una hondura en su visión de la belleza y los estragos del tiempo difícilmente superable. Con todo, el Góngora maduro permanecería más como un poeta para poetas, y fueron ellos quienes lo difundieron. Es curioso anotar que en vida no llegó a publicar nada, y que sus versos pasaron manuscritos de mano en mano.

Murió a los 66 años, en su Córdoba natal, con la cabeza perdida y pobre como una rata. También eran malos tiempos para la lírica.

Francisco de Quevedo

El escritor y los chistes


No hay ningún escritor español que haya pasado tanto al imaginario popular como Quevedo, pero no por su obra sino por sus ganas de cagar. En una época no tan lejana, el nombre de Quevedo popularizó una serie de chistes escatológicos que, por esas cosas del azar -un azar siempre cargado de justicia poética- ponía a un hombre llamado Quevedo en la situación crítica de tener que ir al baño cuando menos conveniente resultaba. ¿Era el Quevedo de los chistes el mismo que escribió 'Amor inmortal más allá de la muerte'? Si no lo era, a mí me resultaba imposible no figurarme la cara de este autor, con sus bigotes y sus gafas, arreando los pantalones en aquellas situaciones embarazosas, en medio del pasaje de un tren o entre un grupo de monjas. Cada vez que oía uno de aquellos chistes, ante mis ojos el escritor se aureolaba de un gran prestigio de cagón al que no le importaba nada enseñar el culo en las circunstancias más insólitas. Era todo un clásico, pero todo un transgresor. Así transgredió el Tiempo. A Quevedo le entraban ganas de ir al baño en un tren, por ejemplo, y se ponía a hacerlo fuera de la ventanilla, y siempre había una monjita que pasaba por allí y preguntaba: "¿Qué veo, qué veo?". Era el culo de Quevedo, y la monjita veía en aquel culo algo celestial que ya no recuerdo muy bien. También le entraban ganas de hacerlo en misa, y se subía a un estrado desde donde irrigaba a los fieles con una descarga de excrementos. Eran chistes de la época posfranquista, que mezclaban la mierda con el clero y nadie se enfadaba por ello.

El apellido Quevedo, que hoy apenas tiene presencia en España, sin embargo en Hispanoamérica era más corriente. Los chistes de Quevedo debieron proceder de ahí, de Hispanoamérica, y el Quevedo de los chistes era un Quevedo como podía ser un López o un Jaimito. Pero aquellos chistes irradiaron el imaginario español durante el trasiego de emigrantes de una punta a otra del Océano, y para nosotros no podía ser otro que el escritor.

Es un destino que hubiera soñado cualquiera, traspasar la barrera de los siglos y entrar en el imaginario popular como protagonista de chistes. El mismo Quevedo escribió un libro de chistes, y su fuerte, además de la poesía amorosa, que es la más importante del siglo XVII, fue el género satírico, en el que no escatimaba críticas al pueblo llano, a sus miserias y su bajeza moral. No fue así de crítico con la nobleza y el clero, dos estamentos a los que pertenecía por nacimiento y por formación. El pueblo, a su manera, le devolvió su cariño tres siglos después, y lo puso a cagar delante de las monjas. Y eso no le quitó ni un ápice de gran escritor.

Se ha alimentado hasta la saciedad la idea de que Quevedo odiaba a Góngora y es verdad que se intercambiaron alguna pulla, pero muchísimas de estas sátiras a Góngora son atribuidas falsamente a Quevedo, como tantas obras que circulaban bajo su nombre sin su permiso. No sabemos quién era mejor o peor. Sabemos que fueron dos grandes, Góngora 20 años mayor que Quevedo, y todo un maestro cuando éste nació. Pero algo que Góngora nunca alcanzó fue la gloria de convertirse en un personaje popular siglos después, reinventado y humanizado por la ilusión del pueblo y por el concurso siempre certero y justo del azar.




lunes, 9 de mayo de 2011

GANADORES Y FINALISTAS DEL III CERTAMEN LITERARIO MIO CID

Ya podéis empezar a leer los relatos finalistas y ganadores del III Certamen literario Mio Cid. Podéis dejar vuestros comentarios si os apetece. Muchas gracias a todos y felicidades.

http://miocidloreto.blogspot.com/


THE FRAMES - Song for someone

The Frames es una banda irlandesa que ha sido conocida a nivel popular gracias a la participación de su líder, Glenn Hansard, en la magnífica película Once. En ella Hansard hacía el papel de un músico callejero. Algunas de las canciones que Hansard compuso para la película junto con Marketa Irglova forman parte del disco The cost, el último que, de momento, ha publicado la banda, en el año 2006.

La canción que abre el álbum es esta excelente "Song for someone":




viernes, 29 de abril de 2011

Wislawa SZYMBORSKA. "Escribo sobre la realidad, y los sueños son una parte de la realidad".

Wislaba Szymborska es una poeta polaca nacida en 1923. Su poesía, aparentemente sencilla, alcanza una profundidad asombrosa. Su estilo intimista, mezclado con la ironía y el existencialismo resulta irresistible y sus versos tienen muchísima fuerza. Fue galardonada con el premio Nobel de Literatura en 1996.

Agradecimiento

Debo mucho
a quienes no amo.

El alivio con que acepto
que son más queridos por otro.

La alegría de no ser yo
el lobo de sus ovejas.

Estoy en paz con ellos
y en libertad con ellos,
yeso el amor ni puede darlo
ni sabe tomarlo.

No los espero
en un ir y venir de la ventana a la puerta.
Paciente
casi como un reloj de sol
entiendo
lo que el amor no entiende;
perdono
lo que el amor jamás perdonaría.

Desde el encuentro hasta la carta
no pasa una eternidad,
sino simplemente unos días o semanas.

Los viajes con ellos siempre son un éxito,
los conciertos son escuchados,
las catedrales visitadas,
los paisajes nítidos.

Y cuando nos separan
lejanos países
son países
bien conocidos en los mapas.

Es gracias a ellos
que yo vivo en tres dimensiones,
en un espacio no-lírico y no-retórico,
con un horizonte real por lo móvil.

Ni siquiera imaginan
cuánto hay en sus manos vacías.

"No les debo nada",
diría el amor
sobre este tema abierto.

De "El gran número" 1976
Versión de Abel A. Murcia


Estoy demasiado cerca para que él sueñe conmigo...

Estoy demasiado cerca para que él sueñe conmigo.
No vuelo sobre él, de él no huyo
Entre las raíces arbóreas. Estoy demasiado cerca.
No es mi voz el canto del pez en la red.
Ni de mi dedo rueda el anillo.
Estoy demasiado cerca. La gran casa arde
Sin mí gritando socorro. Demasiado cerca
para que taña la campana en mi cabello.
Estoy demasiado cerca para que pueda entrar como un huésped
que abriera las paredes a su paso.
Ya jamás volveré a morir tan levemente,
tan fuera del cuerpo, tan inconsciente,
como antaño en su sueño. Estoy demasiado cerca,
demasiado cerca. Oigo el silbido
y veo la escama reluciente de esta palabra,
petrificada en abrazo. Él duerme,
en este momento, más al alcance de la cajera de un circo
ambulante con un solo león, vista una vez en la vida,
que de mí que estoy a su lado.
Ahora, para ella crece en él el valle
de hojas rojas cerrado por una montaña nevada
en el aire azul. Estoy demasiado cerca,
para caer del cielo. Mi grito
sólo podría despertarle. Pobre,
limitada a mi propia figura,
mas he sido abedul, he sido lagarto,
y salía de tiempos y damascos
mudando los colores de mi piel. Y tenía
el don de desaparecer de sus ojos asombrados,
lo cual es la riqueza de las riquezas. Estoy demasiado cerca,
demasiado cerca para que él sueñe conmigo.
Saco mi brazo que está debajo de su cabeza dormida,
Mi brazo dormido, lleno de agujas imaginarias.
En la punta de cada una de ellas, para su recuento,
Se han sentado ángeles caídos.

Versión de Elzbieta Borkiewicz

Visto desde lo alto

Sobre un sendero yace un escarabajo muerto.
Ha doblado con cuidado sus tres pares de patitas sobre el vientre.
En lugar del caos de la muerte - orden y esmero.
El horror de esta imagen es moderado,
el alcance estrictamente local, entre la grama y la menta.
La tristeza no contamina.
El cielo es azul.

Para nuestra tranquilidad, su muerte es más superficial
los animales no fallecen, simplemente, se mueren
perdiendo - queremos creerlo - menos sentimiento y menos mundo
al abandonar - pensamos - un escenario menos trágico.
Sus ánimas sumisas no nos asustan de noche,
respetan la distancia,
saben qué es el rigor.

Y aquí está sobre el sendero el escarabajo muerto,
en un estado no lamentable brilla al sol.
Da lo mismo pensar en él o mirarle:
no parece que le haya pasado algo importante.
Lo importante, dicen, sólo está unido a nosotros.
Sólo a nuestra vida, sólo a nuestra muerte,
la muerte que se regocija de su forzada primacía.

Versión de Elzbieta Bortkiewicz


viernes, 1 de abril de 2011

Vieja escuela, de TOBIAS WOLFF


El norteamericano Tobias Wolff es uno de los autores más prestigiosos de las últimas décadas en Estados Unidos, gracias sobre todo a sus relatos en los que es considerado un maestro. Este profesor de la universidad de Stanford es conocido a nivel popular por ser el autor del libro en el que está basada la película protagonizada por Leonardo di Caprio Vida de este chico, en el que narra sus recuerdos de adolescencia.

Vieja escuela (2003) es una absoluta delicia. En ella, el narrador estudia en un colegio ciertamente elitista en el que quiere hacer realidad su sueño de convertirse en escritor. Los episodios fluyen con una facilidad y una elegancia pasmosas, la narración es tan natural que empuja a creer que resulta fácil, pero es de una enorme maestría. La novela resulta poética aunque sin artificio y su sutileza expresiva no impide que sea verdaderamente emocionante. Es también una declaración de amor a la literatura y al poder de los relatos.

Tobias Wolff consigue enganchar y conmover con una historia tan cautivadora, tan irresistible que hay que hacer un enorme esfuerzo si tenemos que abandonar la lectura y salir de sus páginas.