jueves, 19 de marzo de 2015

THUNDER - Wonder days (2015)




Existen acontecimientos en el mundo que han hecho que éste sea como es para muchas personas. La existencia del mundo que conocemos consecuencia de nuestra experiencia es como es por las cosas que han pasado, a cada uno de nosotros y como sociedad. Una vez que ha sido así, somos reacios a cambiarlo, especialmente si esos acontecimientos nos han proporcionado una vida mejor, o nos han regalado momentos particularmente felices. Quizás las cosas son así porque así deben ser, y aquello que hace bien a las personas debe permanecer. Posiblemente esa sea su esencia.

Por ello, tengo la sensación de tener esta reseña escrita desde hace tiempo, desde hace años, antes de que los propios músicos de Thunder volviesen, antes incluso de que lo supiesen, porque sabía que iba a ocurrir (¿acaso ellos no?), pues era necesario. El universo busca su equilibrio, como se decía en esa fantástica novela de Stephen King, 22/11/63. Sin Thunder en el planeta el universo pierde equilibrio.

Es difícil valorar un disco de los británicos porque su música está más allá de cualquier valoración. Pueden estar más o menos inspirados, haber acertado más o menos, pero sus discos son siempre una satisfacción, un placer artístico que hace nuestros días mejores durante una buena temporada. Su sonido único, sus interpretaciones tan personales, sus composiciones reconocibles entre millones, la voz de Danny Bowes llena de matices, la imprescindible base rítmica de Chris Childs al bajo y la batería de Harry James, repleta de dinamismo, energía e intensidad; el sonido incomparable de las guitarras de Luke Morley y Ben Matthews (a pesar de que todas las guitarras del disco las ha grabado Morley, no hay una sola alusión a ello en el disco y ahí aparece Matthews, que se recuperaba de su enfermedad, junto a sus compañeros: guitarra y teclados. Toma amistad).

El disco se presenta como una mirada hacia el pasado, a esos wonder days de la juventud (representados en la mejor portada de la banda en muchos años) cuyos recuerdos nostálgicos impregnan el disco en todos los tonos, tanto en las letras como en la música: melancolía, alegría, emoción, tristeza. Todo esto se puede apreciar y resumir en los seis minutos de la fantástica “When the music played”: los recuerdos de comienzos de los 70, cuando un chico se compraba un disco, memorizaba todas las letras y pensaba que cada portada era una ventana a otro mundo. A la mitad de la canción hay un puente en el que se reproduce el dibujo con las guitarras de muchas de las canciones a las que se podrían estar refiriendo. Y unos delicadísimos coros que elevan la canción a un nivel superior. ‘Cause it’s been so long and it’s still so strong / that nothing else can get to me the same / So I close my eyes and I turn back time / and go back, back when the music played.

Quizás sea el disco más Led Zeppelin que han grabado, aunque no sólo es esta banda la que sirve de inspiración a Wonder days. Son los propios Thunder los que se homenajean a sí mismos en esta especie de autobiografía musical, y lo mejor es empezar por el principio: la canción que abre el disco, “Wonder days”, comienza prácticamente igual que lo hacía su primer trabajo Backstreet symphony con “She’s so fine”. Ésta es una pieza que incluye todos los registros de la banda: el rock & roll clásico, el hard rock, la contundencia y las melodías, enriquecido con un solo de Morley que ha encontrado una idea feliz en un sonido casi psicodélico. Los Zeppelin se aparecen en varias pistas del disco, o en muchas, como en “The rain”, con mandolina incluida, o en el rock & roll final “I love the weekend” (donde puede reconocerse a media historia del rock); el ritmo cabalgante de “Aquiles last stand” se materializa en “The prophet” mezclado con las estructuras de “The song remains the same”. De ahí podemos llegar a “Serpentine”, que recuerda un montón a “La grange” de ZZ Top.

En cuanto a heterogeneidad del álbum, podría ser un disco cercano al tan maravilloso como incomprendido Giving the game away: medios tiempos, rock & roll, baladas selladas en el pentagrama con la combinación de notas  marca registrada Thunder (“Broken again”) y canciones semiacústicas.


Quizás alguno pueda pensar que no hay nada original en Wonder days, y quizás, en su propia visión de la vida y de la música tenga razón. Pero permítaseme decir que eso es sólo lo que se observa en la superficie. Este disco es más que un conjunto de canciones de rock, más que el nuevo disco de una banda clásica, más que el regreso de una excelente formación de hard rock. Sé lo que es pero no lo puedo explicar, al menos no mejor de lo que ellos lo han hecho en este disco. El universo vuelve a estar en equilibrio.





domingo, 8 de febrero de 2015

VII Certamen literario de relato y poesía Mio Cid.




VII CERTAMEN LITERARIO MIO CID DE RELATO Y POESÍA DEL COLEGIO NUESTRA SEÑORA DE LORETO (Abril 2015)

BASES:

  1. Podrán participar en el concurso todos los alumnos de PRIMARIA, ESO y BACHILLERATO que estén matriculados en el presente curso así como TODOS LOS MIEMBROS DE LA COMUNIDAD EDUCATIVA del colegio Nuestra Señora de Loreto (antiguos alumnos, padres, profesores, personal de administración y servicio…).
  2. El tema será libre.
  3. Cada concursante sólo podrá participar con un único texto (deberá elegir relato o poesía).
  4. La extensión máxima para el relato será de cinco páginas (cinco hojas por una cara) y de 50 versos para el poema. Los trabajos se presentarán mecanografiados/impresos, en DIN A-4, cuerpo de letra 12, fuente “Times New Roman” o similar a  espacio y medio, con ortografía correcta. Los ganadores y finalistas deberán enviar, una vez entregados los premios, una copia del texto a la dirección de correo electrónico jose.gonzalez@colegioloreto.com.
  5. Se entregarán en el buzón de secretaría cinco copias de cada texto, numerados cada uno de ellos, en un mismo sobre cerrado. En el exterior del sobre deberá figurar el seudónimo del autor y el título de la obra, así como la categoría en la que participa. En el interior, junto con el relato o poesía, incluirá un sobre pequeño y cerrado que contendrá el nombre y apellidos del autor/a. En el exterior del sobre pequeño figurará también el seudónimo y el título de la obra.
  6. El plazo de presentación termina el 9 de abril de 2015.
  7. El fallo del jurado será inapelable. La entrega de premios tendrá lugar el miércoles 22 de abril.
  8. La presentación al concurso supone la aceptación de sus bases.

PREMIOS:

  • Categoría A: Un primer premio y un finalista en el primer ciclo de Primaria.
  • Categoría B: Un primer premio y un finalista en el segundo ciclo de Primaria.
  • Categoría C: Un primer premio y un finalista en el tercer ciclo de Primaria.
  • Categoría D: Un primer premio y un finalista en el primer ciclo de Secundaria
  • Categoría E: Un primer premio y un finalista en el segundo ciclo de Secundaria.
  • Categoría F: Un primer premio y un finalista en Bachillerato.
  • Categoría G: Un primer premio y un finalista del resto de la comunidad educativa.

Los ganadores del primer premio en las categorías A, B y C recibirán un cheque regalo de 75 €. Los finalistas un cheque regalo de 25 €.
Los ganadores del primer premio en las categorías D, E, F y G recibirán un cheque regalo de 125 € y los finalistas uno de 50 €.

JURADO

El jurado del premio será anunciado en las próximas semanas.




Los premios podrán ser publicados en la página web u otras publicaciones del colegio.


domingo, 1 de febrero de 2015

"Cautivos", por Javier MARÍAS.



Yo creo que nunca se ha hablado tanto como ahora y que nunca se ha tenido tan poca conciencia de hablar tanto. Es como una enfermedad. A veces, en un tren o en la sala de espera de un aeropuerto, oigo a alguien charlar por teléfono y me pregunto si su interlocutor se habrá dormido, o habrá dejado su móvil y se habrá puesto a sus cosas. Lo que es seguro es que no habrá sido capaz de meter baza, de soltar una parrafada, a lo sumo estará intercalando de tarde en tarde un “Ya” o un “Ajá”, no habrá encontrado resquicio para más. Ya que estoy obligado a escuchar la riada, intento enterarme al menos de lo que cuenta el verborreico, de comprender el problema que plantea o seguir su narración. Casi nunca hay manera. La catarata es desordenada, digresiva hasta el infinito, ni siquiera se produce eso que a todos nos ocurre a veces, pararnos un instante y preguntarnos: “¿Por qué estoy hablando de esto? ¿Qué me ha llevado hasta aquí? ¿Cuándo y por qué me desvié de lo que quería decir? De hecho, ¿qué quería decir, por qué llamé?” No, a menudo lo que oímos es un torrente sin ton ni son y sin fin, concluye sólo cuando el hablador llega a destino o ve que su vuelo va a despegar, y en alguna ocasión cuando la otra persona, cautiva, anuncia que tiene que colgar, que no puede retrasar más sus quehaceres. No es raro, sin embargo, que entonces el charlatán intente retenerla un poco más: “Bueno, pues adiós. Ah, una última cosita”, que se convierte en un montón de minutos más.

No es muy distinta la situación sin teléfono por medio, por ejemplo en las tiendas, en las que los dependientes –gremio digno de compasión– suelen ser capturados por los clientes sin prisa, esos que preguntan ochocientas cosas o explican por qué quieren comprar lo que quizá acaben comprando, es un regalo para su sobrino, a quien el año anterior obsequió algo que no le gustó, y es que los jóvenes son difíciles de satisfacer, y de ahí resulta fácil hilvanar todo un discurso sobre la incomunicación entre las generaciones, o bien precisar que la hermana, la sobrina, sí es en cambio contentadiza, resulta asombrosa la tendencia de mucha gente a radiar sus divagaciones mentales y a relatar su cotidianidad a quien se le ponga delante, venga o no a cuento y sin que medie una sola pregunta que desencadene el borbotón. Si la voz de la máquina parlante es además desagradable o estridente (muchas hay así; nos fijamos poco en las voces, pero pueden ser instrumentos de tortura), no entiendo cómo no se dan más suicidios entre los dependientes, o cómo no cometen asesinatos impremeditados. No me explico cómo las tiendas no están sembradas de cadáveres.

Yo me he sentido cautivo cuando me ha tocado dar una charla. Y no cautivo de mí mismo, aunque uno sea proclive a enrollarse por temor al vacío y a decepcionar a los oyentes; sino de quien me presentaba en el lugar de turno. Me he acostumbrado a temer como a la peste dos frases iniciales frecuentes en los anfitriones: una es “Voy a ser muy breve”, porque, extrañamente, quien anuncia eso siempre miente; la otra es “El autor que hoy nos visita no necesita presentación”, porque acto seguido empieza una retahíla de cuanto he hecho en la vida, e incluso el presentador llega a “pisarme” anécdotas o reflexiones que ha leído en otra parte pero que el público de ese día no tenía por qué conocer. He estado tentado de comenzar mi intervención –cuando por fin se me ha cedido la palabra– diciendo: “La verdad es que después de tan cabal exposición no me queda nada que añadir”. Recuerdo una oportunidad, en una ciudad, en la que contaba con el tiempo justo para la charla y luego debía correr a coger un tren. El presentador hablaba y hablaba y yo miraba el reloj y veía cómo se consumía el plazo sin poder decir ni mu. Se suponía que la gente había acudido para oír mis sandeces, no las del presentador. Pero a éste le daba igual, o no se daba cuenta, no tenía conciencia de que pasaba el tiempo, de que yo me habría de ir sin remedio sin apenas pronunciar palabra ni por supuesto firmar un solo ejemplar. Lo mismo me sucedió otra vez en un instituto. Mi charla ocupaba una hora de clase, luego disponía de sólo esa hora y a los chicos los aguardaba otra clase inmediatamente después. No obstante, el profesor que decidió presentarme (al cual sus alumnos ya oían a diario) habló durante unos cuarenta minutos, y como no tenía visos de ir a parar, hubo un momento en que me atreví a sugerir: “Esto casi que lo voy a contar yo mismo, que me lo sé mejor”, y así dispuse de un cuarto de hora, más que nada para que los estudiantes no se sintieran totalmente estafados y estupefactos. Me pregunté para qué diablos se me había invitado a escuchar una conferencia sobre un sujeto para mí tan sobado.

La cosa es general, no crean, y sucede en los ámbitos más elevados. En los plenos de la Real Academia Española, a los que asisten unos treinta individuos no precisamente ignorantes, todo el mundo se lleva las manos a la cabeza (más bien mentalmente, pero a veces resulta imposible que no se nos escape el gesto) cuando dos miembros toman la palabra, porque es seguro que nos impartirán una entera lección a los demás, de no menos de veinte minutos y remontándose a la prehistoria. No hace falta que les diga que también los académicos estamos tan cautivos entonces como el más paciente tendero, ese gremio tan sufrido y tan digno en verdad de compasión. Ténganle piedad.

JAVIER MARÍAS


El País Semanal, 1 de febrero de 2015


domingo, 25 de enero de 2015

Prácticas de tema y resumen.


Sin duda tienen razón quienes dicen que la guerra es el estado original y natural. El hombre, como animal, vive mediante lucha, vive a costa de otros, teme y odia a otros. La vida es, pues, guerra.
Más difícil resulta definir lo que significa la «paz» La paz no es un estado original paradisíaco, ni una forma conseguida por un acuerdo de convivencia organizada. Paz es algo que en realidad no conocemos; algo que sólo ansiamos y vislumbramos. La paz es un ideal. Es algo indescriptiblemente complicado, lábil y siempre amenazado. Basta un soplo para destruirla. Incluso es más raro y difícil que cualquier otro logro ético o intelectual que dos personas, dependientes una de otra, convivan en verdadera paz. Sin embargo, la paz es muy antigua, como pensamiento y deseo, como objetivo e ideal. Hace milenios que existe el poderoso mandamiento de «¡No matarás!», que desde hace milenios, también, es básico. Que el ser humano sea capaz de tales palabras, de tan enormes exigencias, le caracteriza más que cualquier otra cosa; le separa del animal; le separa también, aparentemente, de la «naturaleza».

HERMANN HESSE: Escritos políticos 1914-1932. Bruguera, 1985.


Hace dos mil años, ni en España, ni en Francia, ni en Italia, ni en muchos otros países había un común denominador de conciencia colectiva sobre el cual quepa situar a los habitantes de hoy, y también a quienes moraban hace milenios en aquellas tierras. A lo largo de ese tiempo hubo diferentes unidades de vida colectiva, es decir, sentidas por diferentes personalidades de vida colectiva. Cada una de éstas trató de subsistir, de continuar hablando o escribiendo la misma lengua, de denominarse del mismo modo, de sentirse una. Pero la unidad de conciencia colectiva duró más o duró menos, abarcó mayor o menor extensión territorial, y a la postre se desvaneció. Ya no hay ligures, ni etruscos, ni romanos, ni celtíberos, ni galos, porque serlo no se funda en ninguna característica biológica o psíquica, sino en saberse estar perteneciendo a un grupo de gentes que se llaman como uno, en estar incluso en una dimensión de vida que rebase el área de la persona individualizada en un yo. Al decir soy yo, el objeto a que refieren esas palabras es indivisible, no incluye a nadie más. Al decir soy francés, es indispensable que quien así se exprese esté seguro de que muchos otros dirán: nosotros también. Mas supongamos que a alguien se le ocurra preguntar a alguien en España o fuera de ella: «¿Es usted ibero, acaso godo?» El lector puede imaginar la respuesta.

AMÉRICO CASTRO: Sobre el nombre y el quién de los españoles, Sarpe, 1985.

El hombre es una criatura con una gran capacidad para la destrucción. No existe otro animal vertebrado que extermine con tal salvajismo, brutalidad e indiferencia a los miembros de su misma especie. Basta repasar la historia de la humanidad, desde los grotescos circos romanos hasta las guerras mundiales y conflictos civiles modernos, pasando por los aniquilamientos masivos de razas enteras, para horrorizarse de las atrocidades que los hombres cometen asiduamente contra sus compañeros de vida.
Como los grandes terremotos, las inundaciones, las epidemias y otras calamidades naturales que tanto tememos, pero que al final acabamos por aceptar, la autodestrucción, la crueldad y el sadismo parecen formar parte inseparable de la existencia humana. Quizá, sea esta la razón por la que en las urbes se aviva periódicamente la creencia de que la humanidad está proféticamente avanzando hacia su cataclismo. De hecho, durante ciertos períodos conflictivos recientes, como la guerra del Golfo o el desmoronamiento de los gobiernos totalitarios comunistas europeos, la popularidad de los profetas y clarividentes, como el médico francés del siglo XVI Michel Nostradamus, alcanzó niveles extraordinarios incluso entre personas nunca confiaron en profecías.


LUIS ROJAS MARCOS: La ciudad y sus desafíos. Espasa-Calpe, 1996


domingo, 21 de diciembre de 2014

DRY RIVER - Quien tenga algo que decir... que calle para siempre. (2014)




Siento ahora no haber sido más comprensivo. Quizás alguna vez haya pensado, a causa de la distancia, que ciega la empatía, que aquellos que sufren o han sufrido algún tipo de adicción deberían hacer algo para solucionarlo, un esfuerzo de la voluntad para superar esa atracción incontrolable, sin haber sido consciente del poder que tiene el objeto de su obsesión. Sin comprender que uno pierde la capacidad para controlar su voluntad.

Por las mañanas suelo escuchar la radio en el coche, camino al trabajo, para ponerme al día de las desgracias que nos asolan, enterarme de qué político ha sido, por casualidad casi siempre, trincado con algún billete que no es suyo o haciendo cualquier cosa que no tiene que ver con su cargo con cargo a la cuenta de todos. Llevo mi ejemplar (grabado porque no me gusta llevar los originales en el coche) de Quien tenga algo que decir… que calle para siempre, no con la intención de ponerlo, sino porque pienso que a la vuelta sí que lo pondré. Llega la publicidad, excusa perfecta para poner una canción, cinco minutos mientras terminan esas recomendaciones altruistas, luego conectaré otra vez. Me engaño, ya no voy a quitarlo. Además, no hago nada malo: las noticias me envenenan; Dry River me alegran el día. Es una adicción feliz.

Me pregunto si sospecharon aquellos que escucharon por primera vez Volumen brutal que estaban ante un disco que se convertiría en un imprescindible de la música rock en español, si sabían que iba a ser un referente obligatorio de nuestra historia musical. Pues tengo la sensación de que Quien tenga algo que decir… que calle para siempre es de esa estirpe, cosa que no me ocurría desde Los poetas han muerto de Avalanch en 2003, un disco ya irrenunciable, o más recientemente con la última obra maestra de Shy de 2011, si no nos limitamos al ámbito hispano.

Desde la presentación del disco, un digipack con un libreto chulo y una pequeña broma en su interior, todo está muy cuidado. Pensaba que me estaba despistando cuando al ponerlo tras leer por encima la nota de prensa, que clasifica a la banda como una mezcla de rock sinfónico, metal progresivo y jazz, yo sin embargo tenía la sensación de estar escuchando a Barón Rojo pasado por una traslación progresivo-sinfónica. Volví a mirar la hoja y nombraba como referencias a bandas que, una vez escuchado el álbum en su totalidad, resultaban evidentes: Queen, Rush, Deep Purple, Dream Theater y… Barón Rojo. No estaba tan perdido entonces. De hecho me atrevo a decir que Dry River son los herederos de los barones en el siglo XXI. Sus puntos en común no son estrictamente musicales: no había vuelto a escuchar unas letras tan envenenadas, cargadas de denuncia política y social con un sentido del humor tan sarcástico desde que los barones cantaban “Señor inspector” o “Pico de oro”. Aquí están “Rosas y gaviotas” o “¿Cuánto vales tú?” (de ritmos circenses alegres combinados con sabores agrios). Las melodías embaucadoras que hacen cantar incluso a la víctima de la canción están presentes en el álbum. La voz de Ángel Belinchón en algunos momentos también recuerda a Sherpa, en “Bajo control” y algunos otros momentos del disco. Y si además Barón Rojo eran unos maestros, éstos también lo son. Hay que estar muy seguro de lo que se hace para montar canciones como “Casto”.

Estos músicos se atreven a lo que nadie en este país: alto nivel interpretativo, coros trabajadísimos, composiciones complejas, y resultar ser directos, incluso comerciales. (¿A alguien le suenan Muse?) Esa complejidad (varias canciones que pasan de los seis minutos, cambios de ritmo, inclusión de secciones de viento, swing…) no es nada afectada, al contrario, todo suena natural y, sobre todo, espontáneo, lo que no consiguen sino lo grandes. Aunque lo que de verdad importa no es lo virtuosos que sean instrumentalmente, lo inspirado de sus composiciones o lo trabajado de sus letras, sino que todo ello está al servicio de la emoción. No una emoción romántica de canciones “bonitas” y sentimentales; es una emoción que nace del gozo que produce la belleza de la música, el disfrute incomparable que se experimenta al escuchar una canción que  estira, pellizca y retuerce el alma, encantada por poder disfrutar de algo exclusivamente humano: el arte. A ese escalón no acceden muchos, y por ello uno siente ese inexplicable orgullo de encontrarse con algo de estas características cantado en español. Eso es algo que no me gustaría que se perdiese de vista, aunque no voy a hacer el tradicional lamento de acomplejado; al contrario.

Esta nota de prensa, al contrario que muchas, resulta útil. Define el trabajo como “un disco complejísimo en cuanto a creaciones, pero sencillísimo de escuchar”. Perfecta definición de la música de Dry River. Aunque se queda corto por humildad: es magistral, adictivo, emocionante, intenso, sorprendente, inteligente, profundo… Es tan bueno que no necesita que venga nadie a decirlo, pues ellos seguro que saben que son buenos y además ya se lo habrán dicho muchas veces.

Dry River son hijos de cuarenta o cincuenta años de música. Ocho años haciendo versiones, como las grandes bandas clásicas, les llevó a grabar en 2012 El circo de la Tierra, disco que afortunadamente no he escuchado; placer que me guardo para cuando haya sido capaz de desengancharme de la magia de su nueva obra.

Es como si tomara la música que llevo escuchando casi desde mi infancia y me la devolvieran combinada, revuelta, mezclada y sabiamente convertida en otra cosa que sabe excepcionalmente bien. La experiencia de escuchar un disco como éste produce una sensación muy cercana a la felicidad.

Las influencias no quedan en las citadas más arriba: habría que añadir a Toto, a Asfalto  en la pieza “Informe T-24”, en la que cantan con Julio Castejón después de que, como las vainas de La invasión de los ladrones de cuerpos, hayan absorbido su esencia para transformarse en los propios Asfalto; a Kansas, a Yes, a A.C.T. más recientemente. Incluso los recordados Alcaudón o Alcatrazz.

Invaden las pistas de baile con “Irresistible”, con ritmos de discoteca ochenteros y un estribillo por el que muchos venderían su alma.

Osan tratar un tema tan grave como el Alzheimer en la épica y conmovedora “Frascos vacíos” con una delicadeza, inteligencia y sensibilidad envidiables, al tiempo que hablan de cuestiones cotidianas con brillantez y talento en “El lado bueno de las cosas malas”. Y la pieza mayor (más de once minutos arrasados en un suspiro) “Rosas y gaviotas”: genial letra, asombrosa interpretación con dos puntos de vista, divertida, amarga… demoledora.


El álbum es tan apabullante que uno no puede asimilar todo lo que  tan generosamente ofrece. Tras varias escuchas empieza a descubrir que hay más canciones brillantes. Me quedo con la hermosísima “Caída libre”, de una delicadeza admirable, con una intensidad contenida durante gran parte del tema que alcanza momentos de enorme emoción en el fantástico solo de guitarra y explota en su parte final, con un feliz equilibrio de letra y música que la convierte en una pieza maestra. Y como son tan buenos, una de las canciones relevantes del disco es la que, como introducción lo abrió y ahora lo cierra, la canción que han presentado como single y de la que han rodado un divertidísimo vídeo; una canción a la que como Harry el sucio le pides que te alegre el día: “Traspasa mi piel”. Y lo consigue. 







sábado, 22 de noviembre de 2014

HAREM SCAREM - Thirteen (2014)




Hace años que los discos de Harem Scarem los entiendo como el resultado de la tensión que se produce entre lo que ellos quieren hacer y lo que les exigen sus fans, y con “sus fans” me refiero a aquellos que los recuerdan, o incluso los siguen, por sus dos primeras obras, consideradas por muchos como títulos de referencia dentro del rock melódico.

Los canadienses siempre han sido una banda inquieta y ambiciosa. Su técnica prodigiosa, su capacidad creativa les ha llevado a buscar el reconocimiento fuera de las estrechas fronteras del rock de género, algo que resulta absolutamente razonable y respetable. Lo que ocurre es que esas fronteras además de estrechas están electrificadas, y el que intenta escapar o se queda frito en el intento o queda marcado para siempre. Esos estigmas de haber sido una banda de prestigio hacen difícil conseguir serlo en otro estilo, porque habitualmente ni se satisface a los seguidores primeros (que suelen interpretar ese acto como una traición, e imperdonable) ni se consigue seducir a los nuevos, que parecen oler las marcas. Sin embargo, creo que el objetivo de Harry Hess y Pete Lesperance no se reduce sólo a la justificable búsqueda del éxito, sino a una auténtica inquietud musical y a un rechazo irrenunciable a encasillarse y repetirse, para lo cual amplían sus límites hasta que desaparecen;  por tanto resulta difícil clasificar su música como otra cosa que no sea rock.

Y eso es porque ellos son su propia marca. No hay mayor prueba que la que dan en los primeros segundos de Thirteen, ya que son necesarios sólo los tres primeros segundos de música de “Garden of Eden” para reconocer el sonido Harem Scarem. No pueden ser otros, y eso no hay muchos grupos que lo puedan hacer.

¿Y qué es Thirteen? Aunque  para algunos seguramente sea otra decepcionante muestra de la terquedad de los Harem Scarem  de querer hacer lo que no les corresponde, y en su derecho están de pensarlo, me parece sobre todo un excelente ejemplo de la idea de que una de las cosas que de verdad nos hace disfrutar del arte son los detalles. Ellos son unos maestros en la ejecución, en tomar como base lo más sencillo para llenarlo de salpicaduras de genio, de deslumbrantes chispazos de intensidad, de huellas personales. Eso en este álbum está elevado al máximo. A pesar de que su calidad técnica les permite interpretar lo imposible, su objetivo siempre ha estado puesto en la inmediatez, en la comercialidad, en las melodías pegadizas. Podemos tomar su nuevo trabajo, rascar un poco y encontrar a la muñequita despeluchada de su primer álbum debajo.

La mezcla de sencillez estructural y  depuración interpretativa es el rasgo fundamental de Thirteen. No se me ocurre una canción más sencilla, incluso simple, en su construcción que “All I need”, y sin embargo es imposible resistirse a su estribillo contagioso y sus coros, su ritmo entrecortado y a la ejecución de la canción que está lejos de ser algo sencillo. ¿Es “Whatever It takes” una balada revolucionaria? No, pero no hay a quien no le tiemblen las piernas cuando escucha entrar la voz a pelo de Harry Hess cantando la línea When you and I were young… Ni el estribillo es que sea algo que no se haya escuchado jamás, no obstante sólo ellos pueden hacerlo así.

Desde ahí, elevan la categoría de las canciones hasta donde quieren, permaneciendo en un nivel medio cuando les apetece o transformándolas en grandes temas. En los treinta y nueve minutos que dura el disco hay de los dos tipos. En mi opinión la chicha está en varias canciones: la magnífica “Early warning signs” de irresistible ritmo cambiante y delicioso estribillo, con unos coros que hacen sonreír de satisfacción, y con el brillante (perdón por la redundancia) solo de Lesperance.

El medio tiempo “The midnight hours” es una de las canciones más redondas del disco: el cambio de ritmo en el estribillo desarma al más preparado. Fantásticos coros con armonías muy trabajadas y con muchísima intención. Lo de Lesperance no me molesto en comentarlo.

Otro temazo es “Troubled times”: enorme buen gusto y uno de los mejores estribillos del disco. ¿De verdad que hay tanta diferencia entre esto y “Distant memory” o “With a little love”?

La pieza maestra es, a mi juicio, “Stardust”. Una canción que revela la enorme categoría de los músicos que componen esta banda, que crece compás a compás, compleja y sencilla a la vez, con unas líneas melódicas magistrales que se retuercen hasta lo imposible y remueven las emociones.


Ponerle etiquetas a esto es casi cruel. Lo que importa son los detalles.