jueves, 13 de septiembre de 2012

"Delusional" de PRIDE OF LIONS.


El veterano músico Jim Peterik (Survivor) vuelve a la carga con su proyecto Pride of lions junto al cantante Toby Hitchcock. El nuevo álbum se titula Immortal y se presenta con este single dedicado a todos aquellos que tienen un sueño.



viernes, 3 de agosto de 2012

Las mejores películas de todos los tiempos, según el Britsh Film Institute





Cada diez años el British Fim Institute, a través de la revista Sight & Sound,  realiza la famosa lista de las mejores películas de todos los tiempos, en la que Ciudadano Kane aparece insustuiblemente como la número uno. 

En esta ocasión han cambiado las cosas, y su puesto ha sido ahora para otra obra maestra: Vertigo.

La lista se realiza con las votaciones de 846 críticos de todo el planeta.

1.- Vertigo (Alfred Hitchcock, 1958)


2.- Ciudadano Kane (Orson Welles, 1941)
3.- Los cuentos de Tokyo (Yasuhiro Ozu, 1953)
4.- La regla del juego (Jean Renoir, 1939)
5.- Amanecer (FW Murnau, 1927)
6.- 2001: Una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968)
7.- Centauros del desierto (John Ford, 1956)
8.- El hombre de la cámara (Dziga Vertov, 1929)
9.- La pasión de Juana de Arco (C. T. Dreyer, 1927)
10.- 8 1/2 (F. Fellini, 1963)

El resto de la lista, así como las mejores películas según directores de cine como W. Allen, Coppola, Scorsese, Tarantino, etc, están en el siguiente enlace:






domingo, 8 de julio de 2012

"Longitudes de verano", por Antonio MUÑOZ MOLINA



Llegan los calores de julio y por una especie de reflejo condicionado se me despierta la apetencia por las ficciones de mucho calado y larga duración. Durante el resto del año, la gula lectora está más influida por las obligaciones, aunque nunca hasta el extremo de forzarme a terminar un libro que no me guste mucho. Hay muchos más libros buenos de los que uno tendrá ocasión de leer en su vida, de modo que no queda tiempo para leer libros malos. Pero como los libros pueden ser muy buenos de muchas maneras diferentes, no hay obligación de leer ninguno que no resulte apasionante. Cualquier lector con afición y cierta experiencia está capacitado para leer cualquier novela. Pero uno va cambiando mucho a lo largo de la vida, y lo que le gustó mucho en una época puede dejarlo indiferente o incluso volvérsele detestable, del mismo modo que la gran novela que lo venció de aburrimiento o simplemente no despertó la llama de la curiosidad puede abrírsele como por sorpresa y ya para siempre en una futura tentativa. Sobre gustos no hay nada escrito: el sentido de la expresión creo que es que en ese ámbito tan privado del gusto no manda nadie, o no lo afecta ninguna legislación exterior. Reivindico, por cierto, el verbo gustar, con su connotación sensorial y caprichosa, por encima de ese otro que circula entre la gente más o menos conectada con la literatura, “interesar”, que suena como a un juicio más experto, elaborado con el desapego de una evaluación técnica, como si quien lo usa no descendiera a la vulgaridad primaria del disfrute. Como si al tomarse uno una cerveza fresca dijera:

—Me ha interesado mucho esta cerveza.

A lo largo del año me atraen y me gustan o me disgustan o me aburren o me entusiasman libros muy distintos, no principalmente de ficción, libros de historia o de divulgación científica o de música o de puro chisme biográfico. Pero es llegar el verano y esa promiscuidad lectora deja paso al alimento casi único de la novela: la novela larga y complicada, la novela que le exige a uno que se quede a vivir en ella, la que es como una casa de hondas habitaciones retiradas y como un viaje, como una de aquellas travesías antiguas que duraban semanas, como los viajes definitivos de los que precisamente tratan algunas de esas mismas novelas: el tránsito hacia la India de E. M. Forster, el viaje del Pequod, los siete años de retiro del joven Hans Castorp en La montaña mágica, el eterno viaje en tren a Siberia en medio del caos de los primeros tiempos de la revolución que es la espina dorsal de Doctor Zhivago, el del desdichado Lord Jim hasta los límites de la ignominia y la redención.

El calor y las novelas. La vagancia y las novelas. La lectura de novelas como la perfección de la vagancia. La literatura de evasión de máxima categoría. De un modo u otro, el tiempo se apacigua en verano, y aunque haya que trabajar parece que las obligaciones son menos agobiantes. En ese estado de espíritu, la gran novela despliega sus atractivos más seductores, y solo a través de la seducción ejerce sus efectos la literatura: la posibilidad de habitar temporalmente, conjeturalmente, en un mundo paralelo al de la realidad cotidiana, y de experimentar en él otras vidas que son ajenas a la nuestra pero que en su peculiar extrañeza se nos vuelven familiares. Se trata de un ejercicio intelectual de una sofisticación extraordinaria, y sin embargo está al alcance de cualquiera, y es tan propio de nuestra condición que los mayores expertos en él son los niños: jugar plenamente a algo, o a ser alguien, y hacerlo con toda convicción y a la vez sabiendo que se trata de un juego; saber que Jay Gatsby o Don Quijote o Yuri Zhivago o el Jim de Conrad no existen ni han existido nunca, y a la vez sentir una pena inmensa al leer sobre su muerte. Ahora parece —al menos así lo creen los directivos de los periódicos españoles, más todavía en verano— que la capacidad de atención es muy limitada, muy fragmentaria: las novelas proponen el desafío y la recompensa de una atención que se mantiene alerta a lo largo del tiempo, de un placer que es más profundo precisamente porque no se agota en la fruición instantánea. Y para otra epidemia contemporánea, la hipertrofia del yo, las novelas contienen el remedio magnífico de la inmersión en otras vidas, y por tanto un alivio temporal de la obsesión por uno mismo, por el registro de cada ínfima apetencia o rechazo, de cada uno de los me gusta y no me gusta que parece obligatorio estar anunciando en público a cada momento.

El tiempo que las novelas exigen lo devuelven colmado: en unas horas de lectura, el tiempo se dilata abarcando años, vidas enteras. También exigen soledad, y también la devuelven, fortalecida y habitada. Sin soledad no hay lectura verdadera: sin una confrontación con las palabras escritas en la que no cabe nadie más, ni la opinión de otros lectores, ni los juicios de la crítica, ni el deseo de parecerse a otros o distinguirse de otros. Estar tranquilamente “a solas, sin testigo” (Fray Luis de León) con una cierta frecuencia es un lujo de primera necesidad que, sin embargo, se vuelve cada vez más raro. Por eso irritan tanto esos subrayados del Kindle que le informan a uno del número de lectores que han destacado una cierta frase en un texto electrónico. No quiero saber a cuántas personas les gusta o les disgusta la misma frase que a mí. No me hace ninguna falta transmitir instantáneamente mi reacción afirmativa o negativa a la opinión de un novelista o a las peripecias de un personaje. No quiero ser parte del grupo de los que tienen en común una cierta novela. “Vivir quiero conmigo”, dice también Fray Luis. Quiero leer la novela yo solo. Quiero vivir en ella como en una isla o en una casa, ni siquiera eso, como en una habitación en la que mientras me apetezca no quiero que entre nadie más.

Porque muchas de ellas son de dominio público, los fabricantes de lectores electrónicos regalan esas novelas: pero cualquier texto, más aún si es clásico, ha de ser editado y fijado, y los que están escritos en otra lengua se deben traducir de nuevo cada cierto tiempo, y desde luego del idioma original, no de otra traducción, como hasta hace no mucho ha sido normal en España, por ejemplo, con la literatura rusa. Si hay que vivir en una novela, que sea en las mejores condiciones. El verano pasado, nada más empezar el calor, busqué refugio en Doctor Zhivago, tan bellamente traducido por Marta Rebón. Como estoy leyendo una biografía de Joyce, me tienta mucho este verano regresar a Ulysses. Pero por lo pronto llevo conmigo, casi intacta, recién comenzada, una edición de bolsillo de La cartuja de Parma: una promesa de felicidad, por decirlo con las palabras del propio Stendhal.

Publicado en Babelia. El País. (8 de julio de 2012)

http://cultura.elpais.com/cultura/2012/07/04/actualidad/1341410299_856383.html


domingo, 24 de junio de 2012

"Alegremente maniatados", por Javier MARÍAS


Tíldenme de ignorante, de anticuado y de bruto, pero cuanto más contacto voy teniendo con las nuevas tecno­logías -qué remedio-, más convencido estoy de que son utilísimas para algunas cosas, pero también de que supo­nen un tremendo engorro y una constante pérdida de tiempo, de que son un ídolo con pies de barro que a menudo nos deja impotentes y sin recursos y, por supuesto, un peligrosísimo ins­trumento de control y dominación de la gente. Esto último se me hizo patente hace un par de semanas. Viajaba por carretera de Amsterdam a Bruselas, con mi "telefonillo de viajes". Cuando me preguntan mi móvil, siempre digo que no uso, y no falto en­teramente a la verdad. Compré uno hará siete años, a instancias de mis hermanos, cuando mi padre estaba ya muy enfermo. Me dijeron: "Procúrate uno, para avisarte si ocurre algo en mitad de la noche o cuando andes por ahí". Me pareció razonable. Al mo­rir mi padre, mi impulso fue tirarlo, ya que no abrigaba intención de utilizarlo: nada me resultaría más odio­so y esclavizador que estar localizable siem­pre, ni veo motivo por el que lo deba estar para nadie, ni siquiera para mis próximos, menuda tabarra. Pero ya que el hoy ante­diluviano móvil obraba en mi poder, se me ocurrió que podría rendirme servicio en los viajes, dado que cada vez es más difícil en­contrar un teléfono público en el mundo.

Pues bien, en un momento determina­do de ese trayecto Amsterdam-Bruselas, sin que se hubiera producido parada, ni el más mínimo control policial o aduanero, el chófer me comunicó que acabábamos de entrar en Bélgica. Acto seguido, mi prehis­tórico celular empezó a emitir pitidos, y en su pantallita apare­cieron mensajes de texto, en los que se me daba la bienvenida a Bélgica y se me proponían tarifas para llamar desde allí. "Lo sa­ben al instante", pensé, "que he cruzado una frontera, aunque esa frontera sea ya inexistente como tal y no haya debido cumplimentar ningún trámite para pasarla, ni nadie haya registrado mi ingreso en un nuevo país. Nadie debería estar al tanto, y sin em­bargo esa compañía telefónica controla mis movimientos con tanta eficacia como si llevara en el tobillo una de esas pulseras, vistas en las películas, mediante las cuales la policía sabe en el acto si alguien en arresto domiciliario ha traspasado el umbral de su casa y ha puesto pie en el exterior. Si fuera un fugitivo" (y pienso a menudo que cualquier día podría serlo; tal como se es­tán poniendo las cosas en todas partes), "lo primero que habría de hacer sería arrojar a la cuneta este maldito móvil delator". Por otra parte, ¿quién nos asegura que las compañías no informan al instante de los pasos de cualquier ciudadano a la policía? ¿Quién nos puede jurar que ésta no está enterada no ya de cuándo atravesamos una frontera, sino de dónde nos encontramos en cada momento, aunque no nos movamos de nuestra ciudad?

Unos días antes de eso, aún en Madrid, había ido a unos gran­des almacenes a cambiar un DVD cuya carátula mentía, como es bastante habitual. Elegí otro y fui a caja. Un poco más caro, había de abonar 1,50 euros. Esta operación, que antes de las nuevas tecnologías habría sido de una sencillez y rapidez pasmosas, se con­virtió en un largo, alambicado y tedioso proceso que nos hizo per­der (a las dependientas y a mí) media hora de reloj. Había que registrar primero que se trataba de una devolución, con su corres­pondiente papelito y mi firma electrónica. El "sistema" era se­minuevo y no acababa de funcionar, hubo que reiniciarlo varias veces. Luego -no me hagan caso, no seguí el galimatías con aten­ción-, había que modificar el recibo de mi primera compra, lo cual llevó también no poco rato. A continuación tocaba emitir otro con la segunda, cruzar los dos, hacer una complicada resta que yo ha­bía efectuado mentalmente en un santia­mén hacía siglos, archivar uno de los dos recibos, cerrar la caja registradora en plena operación porque así lo ordenaba ésta, reco­menzar entonces todo el procedimiento desde cero, volver a firmar con mi irrecono­cible firma sobre una pantalla, volver a las sumas y restas. Al cabo de treinta minutos, ya digo, me comunicaron lo que bien sabía. "Tiene usted que abonar 1,50 euros". "Ah, nunca lo hubiera imaginado", contesté a la amable dependienta, tan víctima como yo.

Añadan a este mínimo episodio las ingentes cantidades de tiempo que se pierden cada vez que uno llama a una empresa o a un organismo: hay que pasarse larguísimo rato pulsando botones y aguantando musiquillas antes de lograr hablar con alguien "real", que por lo general es un latinoamericano no inmigrante, sino que está, de hecho, en Ecuador o en el Perú y que no tiene ni idea de lo que pasa aquí, o acaso un marroquí que se encuentra en Rabat y que también lo ignora todo de España. Añadan las numerosas ocasiones en que" se nos ha caído el sistema" y nada se puede hacer hasta que "vuelva", como si todo el mundo fuera cie­go, sordo y manco y ya no existieran bolígrafos ni papel, no diga­mos iniciativa o espontaneidad. No me caben más ejemplos, pero hay decenas y ustedes los han padecido. Vivimos maniatados por las nuevas tecnologías, en todos los sentidos de la palabra "ma­niatado". Aun a riesgo de parecer un ignorante, un anticuado y un bruto, el mundo me resulta más lento, ineficaz y pesado -y mu­cho menos libre- que cuando no dependíamos de ellas. No me extraña, a veces, que suframos esta crisis descomunal, cuando parte de la humanidad se ha condenado alegremente a sí misma a perder el tiempo y a la más desesperante improductividad.

JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 24 de junio de 2012

lunes, 4 de junio de 2012

EUROPE - Bag of bones. (2012)





Casi se siente uno obligado (y tentado, hay que admitirlo) a aprovechar este espacio para hacer de él un púlpito desde el que iluminar a todos aquellos que, encantados por las pegadizas melodías de teclados de hace ya algunos años, han quedado desorientados, sin posibilidad de reaccionar positivamente ante una nueva obra de esta panda de traidores a su sonido más popular. Se les podría intentar invitar a dejarse llevar por las virtudes innumerables que atesoran estos álbumes, en particular este último, y que vayan, como la niña de Poltergeist, hacia la luz. Pero como escribió Cervantes en el prólogo a la segunda parte del Quijote,  quien espere eso que se olvide. No es mi intención mirar a nadie por encima del hombro desde este púlpito, pues no es una cuestión de superioridades.

Lo que sí resulta inevitable en cada nueva entrega de Europe es hacer referencia a sus trabajos de los ochenta, en especial a partir del tercero y archipopular. Se produce entonces una paradoja, pues el álbum que les dio la popularidad y la libertad para hacer lo que ahora hacen es el que les ha condenado Dios sabe hasta cuando. Conscientes de ello, en Bag of bones hay múltiples líneas autobiográficas, empezando desde “Riches to rags”, clara y valiente en sus planteamientos, no solo en la letra sino en lo musical, aunque estos comienzos crudos son ya marca de la casa. Lo mismo ocurre con el primer single “Not supossed to sing the blues”.

Bag of bones es posiblemente lo mejor que ha grabado Europe desde su vuelta, y eso que Secret society, álbum por el que siento especial debilidad, son palabras mayores. De él podemos encontrar alguna referencia en “Mercy you, mercy me”.

Son varios los pasos que ha dado la banda hasta encontrarse a sí misma en este Bag of bones, desde la oscuridad clara de Start from the dark, pasando por la dureza y contundencia de Secret society, hasta el antecedente más evidente, una especie de borrador de este nuevo álbum, que es Last look at Eden. Así, podríamos asegurar que estos son Europe en esencia. Y eso no implica que su anterior etapa sea despreciable. Lo que parece complicado es unir ambas estapas; lo que me parece más complicado aún es no darse cuenta de que lo que cambia es la apariencia, pero no la esencia. De hecho, su álbum más popular es el menos personal, el más recargado y lleno de impurezas que hayan grabado. Por ello decía que su mayor pecado es haber sido populares.

En esta nueva obra de los suecos encontramos una emoción que mana directamente de la fuente del arte musical, cuyas raíces se encuentran en los clásicos de los 70 (el espíritu de Led Zeppelin se aparece de vez en cuando a lo largo del disco, como en “Drink and a smile” por poner un ejemplo). Las canciones se desarrollan con una intensidad desgarradora en muchos momentos (“My woman, my friend”, “Bag of bones”), los teclados de Mic Michaeli tienen una presencia espiritual, tan clásica como inquietante, llenando de matices unas canciones ya de por sí riquísimas. Por otro lado los coros hacen presencia en el momento perfecto no para adornar, sino para elevarnos al séptimo cielo del éxtasis de una música plagada de momentos de enorme nivel artístico. En esa labor, Joey Tempest se deja la voz, teniendo en cuenta que su registro no es el más agradecido para cantar unos temas empapados de rock clásico y blues, y consigue que se convierta en una de las señas de identidad más reconocibles de la banda.

John Norum ha encontrado el sabio término medio entre la gravedad oscura del comienzo y la contundencia, dando como resultado un trabajo espectacular, pleno de sabiduría musical, fuerza, gracia y elegancia. Y la base rítmica de John Leven e Ian Haughland vale su precio en oro. A nadie debe extrañarle que se los hayan rifado durante tantos años.

Y ahora llega la carambola final, una paradoja más, de unos músicos de rock que se llevaron la popularidad y ahora se ganan un puesto en el olimpo del rock: nos encontramos con una banda en plenitud de facultades, bastante joven aún, un currículo envidiable, un nombre reconocible, unas ganas que asustan, una clase que muy pocos músicos alcanzan y la capacidad para hacer lo que quieran en lo que promete ser una de las carreras más excitantes de los próximos años. Quizás exagere, pero Europe tiene, porque se lo ha ganado, la posibilidad de ser la próxima gran banda de rock de la década, si no lo es ya.

Creo que esto no se puede conseguir si no es con una humildad conmovedora y una ilusión de la que deberían contagiarse tantos músicos, jóvenes y no tanto.

Este saco de huesos está lleno de carne y alma. Qué paradoja.


domingo, 13 de mayo de 2012

Tan fuerte, tan cerca. JONATHAN SAFRAN FOER


Hace relativamente poco que se estrenó la adaptación cinematográfica de esta novela publicada unos años después de la aclamada Todo está iluminado, también llevada a la pantalla.

Esta es una historia protagonizada por Oskar Schell, un niño de 9 años muy especial, con unos conocimientos nada habituales para su edad y una sensibilidad conmovedora. Su padre murió el 11 de septiembre de 2001, en los atentados que conmocionaron a todo el planeta.

Entre las pertenencias de su padre encuentra un sobre con una palabra escrita: "Black", y una llave dentro de él. Obsesionado por el último día de vida de su padre, Oskar cree que la clave de todo ello está en ese sobre, en esa palabra y en lo que pueda abrir esa llave.

Al mismo tiempo vamos conociendo los orígenes de la familia de Oskar, la historia de sus abuelos, llena de personajes extraordinarios. 

Tan fuerte, tan cerca es una novela original, llena de registros diferentes, conmovedora en muchos momentos, muy lograda en lo que respecta a la voz de Oskar, con personajes muy atractivos, situaciones sorprendentes, y enriquecida con fotografías, dibujos, "documentos"... 

No creo que sea redonda, pues por momentos parece perder fuelle, pero cuando uno llega al final se siente satisfecho y contento por haber pasado un tiempo con Oskar, acompañándolo en su búsqueda personal y disfrutando de sus razonamientos, que ya querrían muchos.

martes, 8 de mayo de 2012

Comentario de una canción.

Esta vez, en lugar de hacer un comentario de un texto lo vamos a hacer de una canción. Es fácil decir si nos gusta o no, pero no lo es tanto expresar lo que nos transmite, nos conmueve o no, lo que nos atrae o lo que nos causa rechazo o indiferencia.

He elegido para ello, y a petición popular, dos canciones: una cantada en inglés y una en español. La primera es de la banda Manic Street Preachers, y su título es "The everlasting". No voy a dar mi opinión para no condicionaros. Y la canción española es de Tahúres zurdos, con Aurora Beltrán al frente. A ver qué tal se os da.